lunes, 8 de noviembre de 2010

Te quiero (Mario Benedetti)(video casero)

La magia de Mario Benedetti está en el sentimiento que la letra del poema contiene. La música es solo el aderezo que le permite magnificar el amor que crece exponencialmente en este poema canción. Del autor uruguayo recomiendo estas obras: Primavera con una esquina rota, Andamios (ambas novelas) y Con o sin nostalgia (cuentos).

Victor Jara Poema 15

El poema XV de Pablo Neruda fue uno de los primeros poemas que me gustaron mucho. Si no hubiera experimentado las sensacione que me produjo escucharlo, a lo mejor todavía seguiría siendo hosco con los poemas, pero no con las poetas.

sábado, 16 de octubre de 2010

LOCURITA

Este cuento fue premiado en Argentina. Lo reproducimos con el permiso del autor, y desde aquí le mandamos una sincera felicitación a su premio merecido.

De Luis A. Chávez


Locurita era lo más mínimo del pueblo. Nadie sabía de dónde y cuándo había llegado; con un destartalado cuchillito se dedicaba a la talla de piedras pómez o pedacitos de madera con los que hacía excelentes figuras de animales o personas.
De mediana estatura, negroide y de cabeza al rape, acostumbraba arremangarse meticulosamente justo abajo de las rodillas los pantalones que le regalaba la gente. Hablaba solo e iba y venía por el pueblo sin rumbo fijo; dormía donde le agarraba la noche y no faltaban almas piadosas que de alguna forma estaban pendientes de él dándole de comer o de beber. A veces, cuando algún borracho le preguntaba algo Locurita se hacía el sordo, pero en otras contestaba de acuerdo a su humor. “Rezo yo para morirme –decía- mientras que ustedes como los demás, rezan para vivir, no saben lo que piden, no saben lo que piden, algo muy grande ya viene”. En torno a aquel pobre hombre que además no estaba tan viejo, se decían rumores, como el que había sido hijo de una anciana que lavaba ajeno; otros decían que Locurita era de Belice, por eso era negro y allá, en su tierra natal, sus padres eran inmensamente ricos pero él, enfermo del alma por el desamor de una joven, se echó a caminar.
Unos niños comenzaron a decir que Locurita por las tardes iba hasta un corral abandonado en un rancho en litigio en las afueras del pueblo, se arrodillaba bajo de una palma muy alta de coco y pasaba mucho tiempo rezando con la mirada al cielo y los brazos abiertos. El rumor, como en todos los pueblos sin qué hacer, corrió como reguero de pólvora y allá fue la gente a investigar si era cierto. En efecto, encontraron a Locurita en posición de gran éxtasis y los vecinos, al mirar a la palmera, repararon que en lo alto de aquella mata se podía distinguir un divino rostro. Todo mundo se puso de rodillas y las comadres iniciaron los rosarios, las romerías, el encendido de veladoras y velas, entonces Locurita habló.
-Hermanos y hermanas. Dios ha curado mi enfermedad, Él, por siempre tan altísimo; éste es el lugar que me ha pedido le cuide, benditos sean, pecadores, abran su corazón hacia el Altísimo, amén.
-Amén- dijeron todos e incluso muchas señoras y algunos hombres lloraron.
Locurita estuvo en el lugar unos siete años. Administró la construcción de una pequeña capilla, muy modesta, y cuando los habitantes del pueblo le confiaron todas las limosnas y colectas para levantar la iglesia, fue a la capital por el permiso y hasta el día de hoy lo están esperando.

Luis Alberto Chávez Fócil
Calle Mina 103 Col. Centro
Frontera, Centla, Tabasco
lacosta49@hotmail.com
Cel. 9 22 104 86 30

miércoles, 13 de octubre de 2010

AFUERA LLUEVE


Luis A. Chávez

Afuera llueve. Y en su casa, un hombre salvaje como nadie, mira la televisión a duros trances (su querida se fue, no tiene mucho) de manera que la soledad ha comenzado a roerle. De hecho tiene ya agujeros en algunas de sus camisetas, grises más de olvido que de mugre.
Y con la barba crecida, somnoliento, apura un vaso de leche, un trozo de pan duro como sus dudas últimas mientras mira la casa, para imaginar que ella estuvo allí hasta hace poco, convertida en flor, en ave, en agua.
Recordándola, se duerme.
De sus manos resbala el vaso y el pan porque la gravedad de la vida, si puede arrastrar a una mujer tan lejos, fácil es imaginar de qué es capaz.
En la mañana, cuando por fin se levanta del sillón donde se quedó dormido, a cualquiera le molestaría la espalda. A él no, dolido por no saberla más, por no escucharla. No sabe qué decir, a quién contarle que se encuentra solo, que a punto están, muchos como él, de cometer un crimen.
Decide hacerse el valiente, intenta sacarle a su furor otro legajo, otra vena.
Pero su cuerpo no es de él, es de la inercia, su voluntad requiere de jabón, de un baño urgente.
Y vuelve a la televisión que se quedó encendida, palmo de la mitad de una locura.
Creciéndole las fuerzas sobrehumanas, ya no echa sal en su lastimadura, insiste en vivir a toda costa y, por fin, acepta que perdió esa guerra, que la mujer no acata influencias cuando decide alejarse y, con temple, se va llorando por dentro. Pero les dura poco, salen de su propia tumba como si fueran crisálidas, son las maestras de la noche y día, de la penumbra y la luz.
No existe antídoto para curar de olvido ni para curar de amor (unos se ponen en la frente un crucifijo, hacen promesas vanas, ruegan mucho) Y la mujer que se fue, ya no regresa, se la traga el viento.
De manera que este hombre quiere de nuevo vivir, y se apresura.
Prepara su corazón y sus maletas, se va a cambiar de casa, de país, de oficio, está listo.
Abre la puerta pero afuera llueve.
Y con su premura idílica, con su confianza y su fe, el agua de alguna forma le recuerda a ella.
Y ya no sale más. Vuelve a la televisión para intentarlo (como otras veces) mañana.

lacosta59@hotmail.com

jueves, 16 de septiembre de 2010


Caminata por el siglo

Un disparo acorraló a la memoria
Que huía del pasado.
Hizo un alto en el tráfico jadeante,
Solo para ver como el presente
Se le iba desgastando.


Definición para el exilio

Íntimo soy de la soledad
Que me reparte.
La única patria prometida
Es una cárcel sombría
Donde los años
Qué importan.


Boletín de prensa

Se quitó la soledad
De todo un mes
Y la dejó colgada
En el perchero de la rutina.
Al otro día
Su nombre estaba escrito
Con la tinta de los diarios.


jueves, 2 de septiembre de 2010

DOS POEMAS


Cortejo

Cuando mi columna
No aguante su propio peso
Por tanto recuerdo acumulado
Mis poemas serán el cortejo
Que nunca olvide
Pese a no estar
Jamás entre los vivos.



Corazón en trizas

Nada que haga perder la calma.
Ningún cuchicheo inoportuno.
Lento
Suave como un siseo
Imperceptible.
Un tambor callado es esta noche
Que la lluvia embotella
Bajo los aleros de tu cuerpo.
Ninguna pausa de portón abierto
Ni sombra
Ni luz tristeando tus orillas
Nada.
Hay en este silencio
El grito inequívoco
De un corazón en trizas.
LOS VERSOS DE MARIA ESTHER.
Samuel Pérez García.

Sólo el poeta puede lograr con lo cotidiano un poema. Sólo el hombre dotado de una sensibilidad profunda puede dejar surcos en la conciencia, propiciar la reflexión, gozar con las imágenes y los otros sentidos que la poesía es capaz de propiciar. Digo esto a propósito del libro Fuera del mapa de María Esther Mandujano, quien es publicado por Cultura de Veracruz, editorial independiente que dirige el escritor Raúl Hernández Viveros.
La obra consta de 30 poemas distribuidos en tres partes con 83 folios. La primera se llama retratos de familia; la segunda, y es que el amor; y la tercera, fuera del mapa. En las dos primeras partes del libro es posible encontrar la filigrana musical, las imágenes deslumbrantes y la festividad de mirar crecer la sonrisa de los niños, de haber sido niña, pero también el dolor- no hay poema sin esta cualidad - que motiva el ejercicio de la poesía. Esto lo saben los poetas, aunque a veces, algunos nieguen esa relación entre dolor y poesía. No hay poeta que escriba sin dolor, no hay dolor que no obligue a la tarea de ensoñar la realidad.
Pero hay de dolor a dolor. El dolor físico se cura con un calmante recetado por el médico. El dolor del corazón obliga al poeta a la autocura escribiendo por ese dolor que no se calma nunca. Pues de ser así entonces el propio poeta dejaría de serlo, y se convertiría en un humano cualquiera. Los poetas son seres especiales, errabundos, libertarios, amables y altisonantes, inteligentes y bruscos, pedazos de ternura o hierro candente, escritores que se forman a fuerza del desagrado que propicia el desamor, el abandono, la frialdad del otro o de la otra, la soledad que avasalla, el silencio que corta todo ánimo, la amargura que se desprende de algún adiós o de los últimos instantes en la vida.
De esto y de todo encontramos en la poesía de María Esther. Una mujer que mira en lo cotidiano el recurso para escribir versos de alta alcurnia, de traje musical hecho a la medida, de imágenes que surgen y nos pican la inteligencia para que ésta las goce y las declare patrimonio por derecho propio. Dice María Esther en el poema dedicado a su hijo Juan Arturo:
“Un día descubrimos que todo lo sabía/ Un día abrió los ojos y tomó nuestras manos/ Nos enseñó a andar los laberintos/ del miedo y de la duda/ Puso la soledad en una esquina/ la tristeza las enterró en un borde del camino/ y con su luz dibujó un horizonte de gaviotas.
Pero María Esther no sólo se apropia del dolor y lo comparte. También vislumbra el acto festivo de haber encontrado una mirada, un afecto, una sonrisa en aquel pasado infantil que pervive en su conciencia como un don eterno. Dice en el poema dedicado a Daniel:
“La empanada más grande era la tuya/ el hot cakes con más miel/ mi miel de travesuras Daniel/ Y aquellas noches cuando corríamos/ a los brazos de la abuela porque podían venir/ los monstruos de la noche/
Pero también el amor. No podía faltar. Llenar ese vacío que la poeta mira y siente. Por eso canta, y con el quiere llenar el alma:
/No fueron las serenatas con blancas mariposas/ Acompañando el trino de su voz, los aleteos/ tampoco los poemas que decía a mi oído/ a medianoche cuando el amor en vela cabalgaba/ sobre los mágicos parajes de la luna/.
Y no conforme con esta declaración, como si quisiera reiterar que lo que siente es amor, le dice al sujeto de sus inclemencias:
Amé tus ojos aquella tarde/ los amé sin contar las hojas/ que cayeron en los otros otoños/ sin mirar a través del postigo/ las fotos del recuerdo/ Los amé sin memoria, sin vértigo/ sin soledad, sin miedo/.
Así, sin miedo, con entrega total, María Esther Mandujano se entrega a la poesía, que asimiló desde chica en aquellos umbrales del viejo Puerto México, donde creció y se hizo doncella, arquitecto, y luego, por destino, poeta de alcurnia, poeta del amor, poeta sencilla y a la vez lujosa, por tenerla aquí entre nosotros, oyéndola decir, por ejemplo:
No me preguntes por qué/ pero sin ti mis manos tienen alas/ No me preguntes por qué/ pero vuelvo a nacer mujer de sal y arena/ de sol y hierba/ mujer de barro y pan/ de verde selva.
Ya desde las entrada el libro nos deslumbra con estos versos que dicen: Inmortales somos/ como el canto de grillos en la selva/ como la luz que escarcha de oro lo que toca/ como el temblor del agua en los estanques/.
Para quienes conocemos a María Esther, nos da gusto contar con ella no sólo como mujer y amiga, sino como poeta que sabe lo que busca y toca. Entrega su corazón en los poemas, se hace presente y flirtea con la belleza que recoge en los sucesos menos inesperados: una mirada, unos ojos, la soledad que llega de improviso, y ella, lista, no le arredra esa visita, pero su cubre para decir:
Puso la soledad en una esquina/ la tristeza las enterró/ en un borde del camino/ y con su luz dibujó un horizonte de gaviotas/.
Y como todo poeta, imposible dejar de mirarse en su propio espejo, por eso escribe ¿Es posible que de la soledad/ emerjan los milagros? Y del dolor la dicha/ y del silencio oscuro de la noche/ las estrellas/ María/ quién te vistió de niña en las mañanas/ y peinó tu larga cabellera/ más fuerte que los vientos/,le pregunta María Esther a una homónima suya, que podemos interpretar como su hermana, la otra, la que siente y escribe, la María que se quita el nombre para quedarse con Esther, que es poeta, y mujer, y ama las cosas más triviales para hacer con ellas el oro que deslumbra por su brillo, pero al mismo tiempo, deja entreverar una herida que no puede ocultar y es la que quiere curar. Sin embargo, ella sabe que esa es su penitencia que no ha podido salvar, porque si pudiera, dejaría de ser poeta. Es la grave encrucijada que vive todo escritor: Si escribe se denuncia, nos enseña lo que le pasa; si no escribe no sale al día, no cruza las fronteras del anonimato, no sabemos quién es ni las cosas que le preocupan. Por eso escribir se convierte en un acto de purificación imperiosa, necesario para la vida de todo autor. Y María Esther quiso publicar su libro, el primero, pero creyéndose fuera del mapa literario, escribió el suyo con la timidez primeriza, buscando soltar amarras de lo que en su alma bullía, sin saber lo que vendría. Pues Fuera del mapa, en lugar de mantenerla distante de la geografía de los poetas, la ubicó adentro, en la primera fila de las mujeres veracruzanas (o tabasqueñas) que escriben poesía mayúscula, melódica, fresca y sugerente como estos últimos versos que cito: El amor brilla en los ojos/ revolotea en el pelo/ amor siente en cada célula/ el que de amor está preso/ Amor en manos tranquilas/ amor en los labios trémulos/ amor en cada
sonrisa/ y cada lágrima de fuego/.