jueves, 15 de septiembre de 2011


DEL NUEVO LIBRO DE ORLANDO GUILLEN

EL ANSIA DE LA PANDORGA





ORLANDO GUILLEN

Surden al primer albur de albor. Noctívagas vagonas repletas

De miedo de las güestes celestiales

Caminan jadeantes como bestias bien arreadas cargas de leña

De vacío.

Como de Lo Luz Lo Oscuro. De Lo Sustancia Lo Flor. Como de

Horca las racimas esenciales

De Lo Forma. Noctívagas sudorosas descargando sobre ya muy meado río

De Nada y de corazón mamá. Meaos y a muy meaos. Meaos fermentaos

De Persona

Que no Será Ser entre las patas de estas bestias de carga terrenales

En los Altos de Santa Marta de Soteapan y San Martín de Acayucan

Meaos y Fermentaos y

Ovalaos de Persona,

Fandango de velorio, pespunte al jaraneo. Mortorio de las inmortales.

Chachacan chacan

Chachacanchá

Caamaño me gusta

Pa trabajar

Chachacan Chacan

Chachacanchá

Caamaño me encanta

Pa trabajar

Ay una duenda

Y un duende

Poemaban duendejadas

Diciendo la duenda

Al duende:

“Si por la rueda de Oriente

Se ven venir las cascadas

Es que al Sol está caliente

Y está cogiendo a vaciadas

Con la noche que se queda

Muerta de tantas culeadas”

Y el duende le contestó:

“Échate éste y vamonós”

Y el duende le contestaba:

“Échate éste y vamonós”

Chachacan chacan

Chachacanchá

Caamaño me gusta

Pa trabajar


Chachacan chacan

Chachacanchá

Caamaño me gusta

Caamaño me gusta

Pa trabajar
 
Chachacan chacan

Chachacanchá
Caamaño me encanta

Caamañ me encanta
Pa trabajar

Un poeta nunca muere




Javier Pulido Biosca

Ya ni recuerdo cómo conocí a Carlos Alemán, sí tengo en la memoria la primera conversación con ese joven que se interesaba en serio por las letras y al decir en serio quiero decir que leía y no simplemente barruntaba textos nacidos de una inspiración en la que no creo.

Intercambiamos opiniones varias veces y coincidimos en algunos puntos de vista sobre el anodino acontecer cultural de Coatzacoalcos. Supe que se interesaba por leer a Malarmé, a Valèry, a Baudelaire y sugerí leer a algunos otros para sacar en claro de que sí los conocía. De esas pláticas me enteré que le gustaban formas clásicas, como el soneto y me interrogó sobre mi postura ante los versos rimados y medidos.

Como no soy poeta ni aspiro a serlo, pude decirle lo que en realidad pienso de esas formas como un verdadero reto a la creación, siempre y cuando no se quede el escritor en la rigidez de la forma, que le impida la expresión. Ese es el verdadero reto.

Un día de esos que no se esperan, me visitó en casa y me presentó, con una mueca de vergüenza y orgullo, un paquete de hojas llenas con sonetos, más de 130 sonetos completos. Tardé en leerlos varias semanas, hasta que un día, presionado por el autor, insistiendo en que se los devolviera, cosa que hice con presteza y un poco ofendido ante la insinuación velada de plagio, acción despreciable y sólo digna del incapaz de crear.

Tal vez el joven Alemán tenía sus razones para temer ser plagiado, y las disipé dándole mi dura opinión. “No sé, Carlos, la técnica es correcta, muy bien medida y rimada, pero con la honestidad que te mereces, debo decirte que son huecos, no dicen nada, no transmiten y me parecen como un ejercicio y nada más”.

Las opiniones sinceras son más útiles que las alabanzas, pero duelen, eso lo sé y por eso evito participar en talleres y círculos de creación que se forman de vez en cuando por personas que no leen y pretenden escribir. Pero Alemán sí leía, así que supe que de algo le debía servir mi rudeza.

Y fueron varios meses que nos dejamos de frecuentar. Eso les pasa mucho a los poetas, hasta que un buen día me enteré que había recibido un premio en algún concurso local, lo que dio gusto, aún cuando se que esos clubes son demasiado concesivos. Después tuve ocasión de leer el texto ganador. No eran sonetos, sino verso libre lleno de metáforas y me dio más gusto saber que el joven lector ya escribía poesía.

Fui a decírselo y le hice una sugerencia “Carlos, con el premio no te engolosines, estudia, las letras son muy exigentes y requieren formación profesional. No te quedes así, inscríbete a la Universidad, que en artes, antropología y literatura es de amplio prestigio”.

Me miraba con ojos tristes para contestar “no es tan fácil”. Supe que tenía que acreditar una materia en su preparatoria y le insistí en que la sacara. Pero no le era fácil.

Más adelante lo incorporé al equipo de trabajo de la revista Raíces, en la que disfrutó presentando comentarios musicales de autores clásicos. Disentíamos en algunos puntos de vista, pero eso enriquecía el pensamiento de ambos y un buen día me presentó otro paquete de sonetos.

Con temor de ofenderlo, los leí en poco tiempo para nuevamente hacer mi comentario, duro, aunque sin ánimo de lastimar, sino de retar al talento. “Carlos, están mejor que los primeros, pero no transmiten vida. La poesía debe darte un trozo de vida. Usa la técnica para que exprese lo vivo, de lo contrario no hay poesía; ¡vive, ama, goza, llora, olvídate de la poesía que no es nada sin vida!”.

Me distancié por diversas razones de trabajo y un accidente del que salí adelante gracias a muchos amigos que, como ángeles guardianes, me auxiliaron en su momento, lo que agradezco siempre.

El último comunicado de él, a través de un apreciado intermediario fue sobre un asunto de suscripciones de Raíces, al que respondí que no se preocupara, que no había problema alguno, después de casi un año de inactividad, el ritmo de Raíces cambió y agradecí los esfuerzos y la honestidad de Carlos.

Poco después supe de su deceso, y lamenté ver truncada la posibilidad de que un joven llegara a producir poesía, con la altura que merecía su esfuerzo e interés.

Y fue hasta el pasado lunes que recibí de parte de un colega, que también es poeta, Samuel Pérez, quien editó unos sonetos de Carlos Alemán, de un tercer paquete que ahora me toca ver ya impreso, prologado por el poeta Rubén de Leo y el cuentista Luis Chávez Fócil.

Los sonetos son excelentes, colocan a Carlos Alemán en la categoría del poeta que domina la forma para expresar vida, por lo que, rememorando a Jean Cocteau, podemos decir que “los poetas nunca mueren”, y dejar ese trozo de inmortalidad que será presentada, como libro en la Casa de Cultura de Coatzacoalcos el próximo lunes 19 de septiembre a las 20:00 horas, 8:00 de la noche.

Por lo pronto dos muestras de lo que los asistentes encontrarán el libro que se presentará:

ME DUELEN LAS MURALLAS QUE CELEBRAS

Jamás supiste nada, niña tonta

Sin rumbo fijo siempre solo vago

Mis carnes hierro muerden, nubes monta

Descubre cuántas propias tumbas hago;



La sed que sus venenos los afronta

Los hilos adelgazas de mi pago

En los relojes donde se remonta

Amarga de volcanes en su trago;



Me partes, juegas con mis altas hebras

Tus signos corren, huyes sin acuerdo

Me duelen las murallas que celebras;



Por el modo grave con que pierdo

Lluéveme tu nombre si me quiebras

La piel que se diluye en tu recuerdo.



EN TU ALMA CLARA CON AMOR YO ENTRO

De voces diferentes de poesía

Con las gratuitas arpas del aroma

Del alfabeto joven todavía

Tu diaria primavera mundos toma;



De bruma con pausada calma fría

De noche vasta que con sol asoma

Con mármol de constante paz de día

Paciente lluvia tienes por idioma;



Liberas lo que sobre vientos lanzo

Tus danzas giran en su propio centro

Exactas, intocables del remanso;



Te haces fragmento en el encuentro

Y en las orillas de tu piel descanso

Y en tu alma clara con amor yo entro.



miércoles, 14 de septiembre de 2011

nuevo libro de Antonio Salinas Bautista


Serial, del pasmo a la poesía



Jeremías Marquines  



La frase de Heidegger: para qué poesía en tiempos de penuria o en tiempos sombríos, cobra en la actualidad su dimensión más amplia. Algunos dirán que la poesía en tiempos de penuria trae esperanza, pero no es así, la poesía no nos da nada que no tengamos ya adentro de nosotros, si lo que deseamos es esperanza, tendremos esperanza, pero si lo que bulle en nuestro interior son otros sentimientos como la angustia, el desencanto, el odio y la impotencia castradora, eso mismo obtendremos de la poesía.

Hasta hace una década, la violencia producida por los conflictos entre bandas rivales de narcotraficantes era un tema marginal del que se ocupaban sólo las páginas de notas rojas de los periódicos regionales y, a veces, alguno que otro cuentista, sobre todo de los estados del norte donde por generaciones vivieron los grandes barones de la droga pero para la poesía estos asuntos nunca tuvieron importancia.

Para muchos mexicanos la violencia del narcotráfico sólo existía en la imaginación de los narradores y corridistas norteños, y en la canción de Camelia la Tejana y Emilio Varela que, paradójicamente, la misma sociedad que hoy se duele de la narcoviolencia ayudó a difundir y cantó en fiestas y bautizos desde 1973, año en que la abuela de los narcocorridos se grabó por primera vez.

Hace poco tiempo era impensable y hasta de mal gusto que los poetas hicieran eco de tiroteos y matazones entre narcos y policías. Si uno revisa los libros de los más destacados poetas mexicanos de los últimos diez años, según un artículo publicado por El Universal, se dará cuenta que estos asuntos no existen para esos maestros de las letras nacionales. Como es común en nuestro país, los poetas viejos y jóvenes estaban ocupados como siempre en analizar las pelusas de su ombligo; observar las grietas en la pared; seguirle las huellas a un tigre rengo, y buscar abstracciones estéticas en la guía de enfermedades hospitalarias. Para estos poetas, mirar la realidad alrededor de sí, era y sigue siendo cosa sucia. Los únicos que en ese entonces se atrevieron a tocar el tema fueron algunos narradores mexicanos como Mario Trejo González y Elmer Mendoza. El primero con la novela El cadáver errante, publicada como la primera narconovela en 1993 por la editorial Posada, y el segundo, con Un asesino solitario publicada por Tusquets en 1999, donde el crimen de Colosio le sirve de pretexto a Mendoza para marcar en el mapa del país un territorio que desde siempre se han disputado narcotraficantes y policías judiciales; luego de esto, la narcoviolencia se hizo moda literaria que las editoriales han explotado hasta la trivialidad, casi de la misma manera en que lo hicieron en su tiempo con la llamada literatura de la onda o con el realismo mágico.

Pese a que la violencia criminal, desgraciadamente forma parte desde hace algunos años de la vida cotidiana de millones de mexicanos, hasta hace algunos meses, en el mundo de los poetas nacionales, aún se pensaba que era posible vivir en los márgenes de esta inercia de la brutalidad. Sin embargo, el despertar a la realidad ha sido súbito y terrorífico. Cada vez son más los casos de escritores que han sido tocados por las balas de lo amargo; el caso más dramático, como todos saben, lo representa el poeta Javier Sicilia. Luego le siguió Efraín Bartolomé, el más insolidario de los poetas mexicanos, quien quiso sacar jugo publicitario de un simple allanamiento a “su hermosa casa”, cuando en el país todos los días la gente vive casos verdaderamente graves de terror.

Para los que vivimos en Acapulco, un lugar que durante más de medio siglo representó La Meca del turismo nacional y extranjero; el paraíso de palmeras y sol donde cientos de artistas y faranduleros diversos encontraron alivio a su mundanidad, tiene ahora otro significado. Vivir en Acapulco significa dormir y despertar con miedo. Aquí, como dice uno de los poemas de Antonio Salinas: “La casa ya no es lugar seguro: las paredes son blandas,  hieden a pólvora los rincones”. Vivir ya no es opción entre las balas cotidianas. La incertidumbre alimenta los días violentos donde sobrevivir lo más discretamente posible, se ha constituido en parte de un ritual que cada quien practica a su modo, ya muy ajeno a la ensoñación edénica.

Si el despertar es abrupto, la literatura que se hace en Acapulco es del mismo modo: casi de la noche a la mañana se pasó de la fiesta perpetua al luto cotidiano. Un día Antonio Salinas se encontró en la disyuntiva entre seguir cantando al mar, las mujeres y las playas de Acapulco como venían haciendo los versificadores y boleristas de este puerto desde hacía más de medio siglo, o volverse sobre el ejercicio de hacer una reflexión llena de intuiciones y alumbramientos sobre la realidad violenta que le tocó vivir.

Antonio Salinas (Acapulco, 1977), es parte de una nueva y quizá la primera generación de escritores que desde Acapulco -un lugar que hace menos de una década no figuraba en ningún mapa literario nacional-, construyen una poesía integrada por partes de la realidad más inmediata y esencias intangibles que laten bajo la piel. Una poesía que se alimenta de la nausea y del caos, ilegitimo e intolerante donde nace.

Serial es una cifra, un código alfanumérico único asignado para identificar un objeto en particular entre una gran cantidad. Así tituló Antonio Salinas Bautista su primer libro de poemas que recién acaba de publicar el Fondo  Editorial Tierra Adentro, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Con este título, el poeta nos anuncia una poesía de pasmo donde el valor de la vida se traslada al número de serie con el que se identifica a cada individuo en los largos empadronamientos de muertos que deja la violencia criminal que azota al país.

Una poesía de pasmo dije porque así está la sociedad y el tiempo que vivimos. Un tiempo donde la poesía ha sido rebasada por la intensidad de la violencia y que Antonio Salinas expresa bien al decir: Me siento el centro de una balacera,/ víctima del silencio amordazado […] Me concentro frente a la hoja en blanco./ Trato de escribir una sola palabra y no puedo;/ el papel se arruga en mis manos,/ ¿o son mis manos las que se arrugan?, ¿o es mi voz la que no alcanza el vuelo como cualquier pájaro?

Nadie se mueve, nadie habla, nadie vio, ni escuchó nada. “De ahí que mi voz sea una fruta amarga, sonido que no se oye”, escribe Salinas. Hay una vida ahogada dentro del caos que producen las balas y los ajusticiamientos cotidianos. En cada esquina la vida se paraliza por el miedo. “Hay amor, ya no podremos caminar igual por esa cuadra, ni vivir entre los muros y la casa por otra larga temporada”. Nadie está a salvo, ni entre la multitud de un estadio de futbol, mucho menos en la banqueta de la avenida Costera de Acapulco en la que bestias sin rostro dejan regueros de restos humanos. “Nos debemos al festín de los encapuchados”, dice el poeta.

Serial es un libro que tiene el acierto de regresarnos de los exilios interiores donde por tanto tiempo nos hemos evadido. Nos trae de regreso de ese tiempo homogéneo y vacío de la memoria, del recuerdo y los días felices, al tiempo actual, el del presente que es lleno, llano y sin memoria pero es nuestro tiempo. En este tiempo, al igual que todo lo demás, a la violencia también la han desprendido de toda justificación ideológica, pues se matan disputando misceláneas, piélagos y cocinas, reclama el poeta. Se matan porque alguien se parecía a algún otro que cruzó la acera. Ajena a todo margen preestablecido, la violencia del narcotráfico ha creado su propia tercera orilla, su propia justificación, la del terror in situ, de la que se alimenta. “Ellos se adueñaron del tímido respiro de los peatones”, se lamenta el poeta.

El poeta Antonio Salinas ha creado un libro de pasmo, reflejo de una sociedad amordazada por el miedo. Un libro de admiración y asombro extremados por la violencia, que dejan como en suspenso la razón y el discurso. ¿Cómo decir con mis propias palabras que aquí toda roca se ablanda? Por más que escribo notas veo una grieta que no cierra con nada…, dice el poeta.

Serial es una alusión a una sociedad impotente, pasmada por el miedo: “Salgo de la casa con el miedo en los bolsillos. Cualquier ladrido me espanta cuando me gana el sueño”. Pero además, como dice uno de los poemas de Salinas: “No hay tribuna/ que se incendie de coraje/. Y “Como quien no quiere la cosa/ levanto mi voz pero nadie me hace segunda”.  Pero al final, todo se reduce al temor de hablar, a la mordaza que impone el terror y por eso, parafraseando un versículo bíblico, el poeta reclama: Quien no ha hurgado en el miedo/ que tire la primera piedra y no se esconda.

Los poemas de Antonio Salinas son un recuento lírico de los días aciagos que nos ha tocado vivir; un testimonio de que la violencia y el terror del crimen organizado no sólo matan el cuerpo físico, sino que también, lentamente matan la memoria, la pasman porque se vive al día, al filo de la navaja, a salto de mata: Se vuelven los recuerdos en mi contra/ así que está por demás disimularNo sé si los años me han enseñado o sólo me quitaron algo que no servía.

Pero aún entre las balas y el terror, la poesía canta, y canta a su objeto más preciado, canta al amor. En medio del humo, los matones, los autos polarizados, la sensación de sospecha, los restos humanos y las decapitaciones, el poeta se permite una pausa en el infierno para decirnos: si este amor llegó tarde en tiempos sombríos/ que mejor tarde, amor, que amordazados.



Serial

Antonio Salinas Bautista

Fondo Editorial Tierra Adentro, 2011.

miércoles, 17 de agosto de 2011


Jack Derrida nos expone aquí sobre la imposibilidad de la autobiografía, por la dificultad de encontrar un yo. Tradicionalmente la autobiografía implica tener conciencia de algo que se ha sido, pero Derrida señala que eso resulta imposible, por lo menos, a él, no le ha sido posible conocer a su propio yo.
Nos expone también que la escritura, toda escritura es de por sí finita y excluyente. Desde el momento en que decido escribir hago un recorte, pienso en lo que voy a decir, y en lo que voy a callar. La escritura del yo, entonces, es artificial, y está en dependencia de lo que quiero decir y silenciar. Antes de esto, se pensaba que yo era libre para escribir lo que quisiera y como lo quisiera, y que eso que decía era absolutamente cierto. Pero Derrida dice que no. Lo que escribo no es garantía de que así sea. De ahí se deriva también que no hay un solo sentido o significado en la obra, sino muchos que se pueeden interpretar. El canon tradicional habla de un sentido para la obra literaria, y que lo que importa es buscar ese sentido, como si ya estuviera dado por encima de cualquier circunstancia, y que sólo bastaría el empeño para encontrarlo. Derrida habla de una multiplicidad de sentidos y no de uno solo.

viernes, 12 de agosto de 2011

¿De verdad estamos tan solos?

El poeta Efráin Bartolomé, quien forma parte del grupo por la paz que lidera Javier Sicilia, el once de agosto 2011, fue violentado en la tranquilidad de su casa, por la irrupción de policías federales. No solamente la suya, sino la de otros vecinos. Buscaban a un capo, que lógicamente no encontraron en el lugar, en tanto, y frente a la agresión, se llamó a la policía, y como destino o por magia, la policía que debía auxiliarlos nunca apareció. Lean la crónica, escrita por el propio poeta y la respuesta, un testaferro del régimen, pretende opacar la cronica con la simpleza que la policía ya no usa las siglas ni el uniforme negro.

 

Efraín Bartolomé

¿DE VERDAD ESTAMOS TAN SOLOS?

Son las 4:43 de la mañana del día 11 de agosto de 2011.

Hace aproximadamente dos horas un grupo de hombres armados irrumpieron en mi casa ubicada en Conkal 266 (esq. Becal), Col. Torres de Padierna, 14200, México, D. F.

Comenzamos a escuchar golpes violentos como contra una puerta metálica y me extrañó porque se escuchaba demasiado cerca y no hay ninguna puerta así en la casa.

Prendí la luz.

Los golpes arreciaban ahora como contra nuestras puertas de madera.

Quité la tranca que protege la puerta de nuestra recámara y me asomé al pasillo: hacia el comedor veía luces (¿verdosas? ¿azulosas? ¿intermitentes?) acompañando los golpes violentos contra el cristal que da al sur.

Mi mujer me gritó que me metiera.

Así lo hice apresuradamente y alcancé a poner la tranca de nuevo.

Oí cristales rompiéndose y pasos violentos hacia nuestra recámara: rápidos y fuertes.

“¡Abran la puerta!” era el grito que se repetía antes de que empezaran a golpear con violencia mayor nuestra puerta con tranca.

Nos encerramos en el baño y busqué a tientas un silbato que cuelga de un muro sin repellar: comencé a soplarlo con desesperación, unas diez veces, quizá.

Mi mujer está llamando a la policía.

Les dice que están entrando a la casa, que vengan pronto por favor, que nos auxilien.

Yo sigo soplando el silbato con desesperación.

En la oscuridad, mi mujer se ubicó tras de mí mientras oíamos que la tranca de la puerta se quebraba y los hombres entraban.

¿Tres, cuatro, cinco?

Quise cerrar la puerta del baño pero ya no alcancé a hacerlo.

Empujé unas cajas hacia dicha puerta y en algo estorbó los empujones.

“¡Abran la puerta! ¡Abran la puerta, hijos de la chingada...!” gritaban mientras empujaban y metían sus rifles negros hacia el interior.

Quise detener la puerta con mis manos pero no tenía sentido: vencieron mi mínima resistencia y entraron.

Policías vestidos de negro, con pasamontañas y lo que supongo que serían “rifles de alto poder”.

“¡Al suelo! ¡Al suelo! ¡Al suelo, hijos de la chingada! ¡Al suelo y no se muevan!”

Uno de los hombres me da un manazo en la cabeza y me tira los lentes.

Alcanzo a pescarlos antes de que toquen el suelo.

Me quita el silbato.

−¡No golpee a mi esposo! –grita mi mujer.

−¡El teléfono! ¡Déme el teléfono! –le responde y pregunta si no tenemos otro teléfono o un celular.

Ella y yo nos arrodillamos primero y después nos medio sentamos en el suelo de cemento de este baño sin terminar.

Policías jorobados y nocturnos, como en el romance de García Lorca.

Quién lo diría: aquí, en nuestra amada casa donde cultivamos y enseñamos la armonía.

Aquí...

Justo aquí estos hombres de negro, con pasamontañas, con guantes, con rifles de asalto, con chalecos o chamaras que tienen inscritas las siglas blancas PFP, nos apuntan con sus armas a la cabeza.

Uno de ellos, siempre amenazante, nos interroga.

Dos más permanecen en la puerta.

− ¡Las armas! ¡Dónde están las armas!

− Aquí no hay armas, señor, somos gente de trabajo.

− ¡A qué se dedica!”

−Soy psicoterapeuta y escribo libros.

−¿Desde cuándo vive aquí?

− Desde hace treinta años...

−Cómo se llama.

−Efraín Bartolomé.

−Cuántos años tiene.

−60.

−A qué se dedica.

−Ya se lo dije, señor, soy psicólogo y escribo libros.

−Usted cómo se llama... –se dirige a mi mujer.

−Guadalupe Belmontes de Bartolomé.

−A qué se dedica.

−Soy arqueóloga y ama de casa.

−Cuántos años tiene.

−54.

−Tranquilos. Respiren profundo... Voy a verificar los datos.

El hombre sale.

Oigo ruidos en toda la casa.

Están vaciando cajones, abriendo puertas, pisando fuerte sobre la duela de madera.

Oigo ruidos afuera, en el cuarto de huéspedes, en la torre, en el estudio de abajo.

Nos cambiamos de posición.

Mi mujer pone algo sobre el frío piso de cemento.

Cinco o siete minutos después regresa el hombre y repite su interrogatorio.

Si recibimos gente en la casa, con qué frecuencia, cada cuánto salimos de viaje, quién cuida entonces.

Respondemos a todo brevemente.

Dice nuevamente que va a verificar los datos y que volverá a decirnos porqué están aquí.

El tiempo pasa.

Oímos que abren nuestro carro en el garage.

Voces ininteligibles en el patio del norte.

Más tiempo.

Varios minutos después se oyen motores que se prenden y carros que arrancan.

Mi mujer y yo seguimos en la oscuridad.

Comenzamos a movernos.

Sólo silencio.

Nos incorporamos con cierto temor.

Salimos del baño hacia la recámara iluminada.

Desorden.

Cajones abiertos.

Cosas volcadas en el buró.

La chapa de la puerta en el suelo.

Restos de la tranca destrozada.

La puerta de tambor machacada y rota, pandeada en su parte media.

Salimos al pasillo: un cuadro en el suelo y abiertas las puertas de lo que fueron las recámaras de mis hijos.

Desorden en el interior: maletas y cajas abiertas, cajones vaciados.

Vamos hacia el comedor: uno de los vidrios roto en su ángulo inferior izquierdo, muchos cristales en el piso.

La puerta de la sala está rota de la misma forma en que rompieron la de nuestra recámara: la chapa en el suelo y fragmentos de duela en el piso.

Está abierta la puerta de la torre y prendidas las luces del cuarto de huéspedes.

Salimos por la puerta de la sala y nos asomamos con cierto temor.

Nada.

Mi mujer llama por segunda vez a la policía.

Es en vano: piden los datos una vez más.

Dicen que ya enviaron una unidad.

Llego a la barda y me asomo: no hay carros.

El portón del garage está intacto.

Bajamos las escaleras hasta la puerta de acceso: rota igual que las de adentro.

El estudio de abajo está con las luces prendidas.

De por sí desordenado, ahora lo está más.

Vamos hacia la torre y entramos al cuarto de huéspedes: cajones volcados, revistas en el suelo, cosas sobre la mesa, puertas del clóset colgando, zafadas de su riel inferior.

Subo al tercer piso: una esculturita de alambre volcada pero no se nota demasiado desorden.

Subo a los pisos superiores: no hay daño en la salita de arte.

En el último piso dejaron abierta la puerta a la terraza.

Volvemos al interior: queremos tomar fotos pero no está la cámara de mi mujer que estaba sobre el buró.

“¡Tampoco está la memoria de mi computadora!”, grita.

También se la llevaron

Quiero ver la hora y voy al buró por mi reloj: ha desaparecido mi querido Omega Speedmaster Professional que me acompañó por casi cuarenta años.

Tiene mi nombre grabado en la parte posterior: Efraín Bartolomé.

Oímos que un auto se estaciona y nos asomamos.

Mi mujer llama una vez más a la policía: lo mismo.

Ya tienen los datos pero nunca enviaron apoyo.

Indefensión.

Del auto blanco baja un joven y avanza hacia la esquina.

Se asoma y regresa.

Lo saludo y responde.

Le preguntamos qué pasa y responde que viene en atención a una llamada de su amiga que vive a la vuelta y a cuya casa también se metieron.

Mi mujer pregunta de qué familia se trata, cómo se apellida.

Magaña, responde el joven.

¡Es Paty!, dice mi mujer.

Salimos a la calle y voy hacia allá.

Encontramos a Patricia Magaña, bióloga, investigadora universitaria, acompañada de su papá, en la calle.

Entraron a ambas casas la de ella y la de sus padres, con la misma violencia que a la nuestra.

Patricia y su hija estaban solas.

Sus padres octogenarios también estaban solos.

Volvemos a nuestra casa vejada y con la puerta rota.

Atranco la destruida puerta de la calle.

Con todo, mantenemos una sorprendente calma.

“Pudieron habernos matado”, dice mi mujer.

Yo imagino por unos segundos nuestros cuerpos ensangrentados en el baño en desorden.

¿Sabe el presidente Calderón esto que pasa en las casas de la ciudad?

¿Lo sabe Marcelo Ebrard?

¿Lo sabe el procurador Mancera?

¿Ordenan Maricela Morales o Genaro García Luna estos operativos?

¿Sabrán quién fue el encargado de este acto en contra de inocentes?

Antenoche volvimos a casa levitando, en la felicidad más plena, tras la amorosa y conmovedora recepción del público ante nuestro libro presentado en Bellas Artes.

Un día después, en la atroz madrugada, la PFP irrumpe violentamente en nuestra casa, quiebra nuestras puertas, destruye los cristales, hurga sin respeto en nuestra más íntima propiedad, nos amenaza con armas poderosas a mi bella mujer y a mí, a la edad que tenemos...

Y pensar que también son humanos los que hacen esto contra su prójimo.

Subo al estudio a escribir esto.

Allá, abajo, la ciudad parece embellecida por la calma.

Arriba la impasible Luna de agosto, casi llena.

Son ya las 6:35 de la mañana.

La luz de oriente comienza a colorear y a inflamar el horizonte.

La policía nunca llegó.

¿De verdad estamos tan solos?


12 comentarios:


RogerR dijo...
Buena historia, evidentemente inventada. La Policia Federal no usa las letras PFP ni el color negro hace algunos años. Retiraron TODOS los uniformes Asi que queda claro que que es imaginacion pagada. Que pena da
Ivanhoe Abraham dijo...
Mi solidaridad y mi amor para ustedes, debemos denunciar esta guerra que preparan contra el pueblo, recordemos que lo primero que intenta destruir el fascismo es la belleza y a los que la crean, es hora de para el holocausto mexicano que preparan. Abraham García
Ana María dijo...
El escritor Efraín Bartolomé denuncia: http://www.eluniversal.com.mx/notas/785280.html Inventado el desarrollo del país, inventada la mejoría de los sueldos de los mexicanos y que se pueda vivir dignamente de ellos, inventada la justicia que se imparte, inventada la educación para todos, inventado el empleo en aumento, inventada la guerra contra el narco, inventada la transparencia de las instituciones, inventada la integridad de las fuerzas armadas, inventada la democracia... cretino! más infinitamente más pena das tú.

jueves, 11 de agosto de 2011

Soy un ser, mitada pájaro, mitad mujer




Soy un ser, mitad pájaro, mitad mujer
Concepción Curiel.

Soy un ser, mitad pájaro, mitad mujer.
Soy feliz, mitad por mi vida, mitad por tí.
Vivo al viento, dejando atrás lloro y lamento.

Soy mujer, mitad hiel y mitad miel.
Soy caricia que latente voy a la deriva.
Soy pecado, que en cualquier pecho viviré guardado.
Soy otro nombre, que no dirás por ser el de tu amante.
Soy otro cuerpo, que en tu cuerpo y mente estoy viviendo.

Vine al mundo con defectos muchos,
sentí perder mi juventud, mi mundo,
y desperté en mí a la mujer dormida
que en mi cuerpo necesita caricias.

Vivo al viento, dejando atrás lloro y lamento.
Soy un ser, mitad pájaro, mitad mujer.
Soy lo que soy y lo que quiero ser.
Soy en la vida con orgullo toda una mujer.


Concepción Curiel © México DF