lunes, 13 de mayo de 2013
miércoles, 1 de mayo de 2013
UN DISPARO A LA MEMORIA
Es un libro de crónica, pero enfocado autobiográficamente. Es un retrato bastante subjetivo de lo que a mí me pareció la ciudad pequeña llamada Puerto México en los años sesenta, cuando mi madre me trajo para acá, creyendo encontrar su tierra prometida.
Es un libro personalísimo, amable, que quiso usar a la literatura como vía de transmisión, desechando las normas de la investigación histórica. No porque esta sea exigente y no conozca los criterios para escribirla, sino porque simplemente, escribir un libro de Historia social, cultural y política del puerto, llevaría varios años y se usarían muchos recursos y estrategias de investigación, no disponibles siempre.
¿Pero entonces la literatura es sencilla? Tampoco. Sólo que los guerreros combaten ahí donde es posible salir airoso, y no donde estén en desventaja. Por eso escribí este libro de crónica literaria sobre lo que era la ciudad de mi infancia: los años sesenta, setenta y parte de los ochenta del siglo XX. La literatura es mi modo habitual de comunicación, y por eso apelo a ella cuando comunicarme quiero.
En la primera parte expongo desde mi perspectiva muy personal lo que fui descubriendo de la ciudad de arenero candente, amplias avenidas y ventiscas inesperadas. Los juegos a las escondidas en la calle Lerdo, las ilusiones amorosas en la escuela primara Vicente Guerrero, historias de aquel pinar que estaba por el derruido estadio Miguel Hidalgo, las anécdotas que como chavales vivimos cuando de conocer mujeres se trataba. De la playa vieja y sus enramadas, de las casas comerciales que había en el centro. Puerto México era una ciudad apacible, multicultural y bilingüe pero monolítica si de política se trataba.
Era una ciudad donde todo se podía conseguir, menos la silla de la presidencia municipal. Esa estaba reservada para el grupo de Amadeo González Caballero. Personero político tras el poder, como hoy alguien quiere ser desde las altas esferas del poder estatal.
Parte de mi niñez la crecí en la colonia Esfuerzo de los Hermanos del Trabajo, en el callejón Z-1, lugar desde donde veía el tren que llegaba y partía. A mis seis años, el tren era una especie de caballo negro que belfeaba y silbaba y dejó su recuerdo en mi memoria. También los árboles frondosos y el olor a azufre o de otros aromas por las aguas cenagosas que abundaban.
Después me regresaron a mi pueblo natal La Blanca. Un pueblito rústico, desolado, con poca gente, pero con un frío que helaba cuando el viento que bajaba de la sierra Chimalapas, se hacía presente. Para 1963 llego de nuevo al puerto y ya desarrollada la conciencia, voy asimilando todo lo que en mi rededor va sucediendo. De eso escribo, de lo que en mí acontecía y lo que el paisaje urbano me ofrecía. Uso a la memoria para ello, pero también el auxilio de otros informantes que me dieron un dato, una idea, un sentir. A ellos les agradezco su contribución para la realización de esta crónica.
En la segunda parte, describo a personajes que van y vienen, que pasaron junto a mí, pero en aquella época no les di importancia. Sin embargo, cuando el propósito de un libro de esta naturaleza me quedó claro: regresé el casete de la memoria y ésta, perezosa a veces, iluminada otras, me condujo a retratar a esos personajes que conocí en las calles de vieja ciudad de Puerto México. Son personajes sencillos, que ni siquiera imaginaron que un día, alguien los rescataría del olvido e imprimiría su nombre en un libro:
Triángulo, Caballo blanco, Cucaracho, Carola, Yukumba, El Ruso, Mano Negra, Aleleluya, el Padre Panchito, el restaurant Kon Tiki, las edecanes marineras, y hasta las gitanas que con su lectura de la mano incautaban el dinero a quien se dejara. De estos personajes que fueron constituyendo el paisaje urbano que me tocó vivir en los años sesenta y setenta es de lo que hablo en este libro.
La tercera parte son historias de amor furtivas que tienen como escenario al viejo Puerto México. Y no es necesario contar aquí. Ya ustedes tendrán tiempo de leerlo y ponerse a pensar, de qué modo van a contar las propias, porque es seguro que también estén llenos de esas historias que aquí recreo
En la cuarta parte del libro toco a otros tipos de personajes: les llamo personajes no sublimes como para decir que fueron sencillos como un anillo o como un saludo. A varios no los traté, pero lo vi andar y reandar las viejas calles del Puerto. Los incluyo aquí con el ánimo de dar a entender que la vida de un ciudadano, por más simple que sea, vale mucho, según dijera José Ortega y Gasset, pero también porque ellos tenían el destino de que al morir, sin saberlo, alguien recuperaría parte de su historia personal y lo pondría al mundo como una ofrenda para decir, que el significado de vivir, no se descubre al morir, sino cuando alguien es capaz de comprender el papel de la existencia misma, y en honor a esa interpretación, se pone a recuperar lo que se fue y la plasma en un libro. Como dice Samuel Arriarán: La memoria no abarca solo a los vivos, sino también a los muertos. Existe necesidad de no olvidar a quienes murieron. Eso es lo que hice. Recuperar a los que se fueron para que sigan existiendo.
Así fue como escribo algo de la historia de muchos de los que aquí existieron: Javier Juárez Vázquez, Ramón Figuerola, Desiderio Cadena, Samuel Ibarra, Humberto Burguete, Francisco Morosini, Roberto Bencomo, Milko Galarza, Abelardo Figueroa, Rodolfo Castro Arana, Carlos Alemán, Armando de la Maza, Mario Andrés Flores, Mario Ledesma, Rafael Berzunza, María Fernanda y Juan Pamucé. Cada uno de ellos contribuyó en algo a la ciudad de antaño: un poema, un libro, o simplemente una muerte violenta y repentina que quedó en la memoria de muchos, que también ya murieron y por eso la necesidad de darlos a conocer a la nueva generación que viene empujando duro. Los llamé personajes no sublimes, porque la gran mayoría de la gente piensa que solo valen los que alcanzan la celebridad y no quienes andan en el trajín de ir y venir todos los días. Que solo valen aquellos que pudieron estar en la lista de Forbes como dueño de muchos millones. En mi personal parecer y acudiendo en apoyo José Ortega Y Gasset repito que no hay vidas despreciables o sublimes, pues para cada quien la suya es más admirable.
De esto es lo que trata el libro. Un regreso hacia el pasado. Un caminar por las calle4s arenosas y candentes de la ciudad, el Puerto México antiguo donde pasé una parte de mi infancia.
domingo, 17 de febrero de 2013
SOLA - DIANA NAVARRO
UNA CANCIÓN PARA ESCUCHAR A MEDIA LUZ, JUNTO A CALOR TIBIO DE LOS PECHOS DE ELLA.
domingo, 16 de septiembre de 2012
ENTRE LA DESCONCENTRACIÓN Y LA AUTONOMIA DE LA UPN. RESPUESTA A DON MIGUEL IZQUIERDO.
Samuel Pérez García
UPN 305 Veracruz.
El maestro Miguel Izquierdo, asesor de alguna Unidad de UPN ha propuesto sus ideas en torno al camino que deben seguir las Unidades UPN en el país. El argumenta a favor de la desconcentración de las unidades, antes que volver al centralismo burocrático que se vive en la Unidad Ajusco, y contra la aspiración AUTONÓMICA de la UPN ajusco y de las Unidades, propuesta que surge de un grupo de académicos.
Con el fin de entrar al análisis y vislumbrar cuál es el camino que nos toca recorrer en este periodo, subo a la palestra para exponer mi punto de vista.
El profesor Izquierdo toca varios puntos, pero voy a concentrarme en aquellos que me han llamado la atención no por lo que dice, que es respetable su idea, sino por el modo cómo lo dice, y que en ese sentido, creo que lleva bastante carga emotiva, más que racional.
Dice el profesor que ya no se trata de regresar al centralismo ni sentir nostalgia por el líquido amniótico, que el cordón umbilical está roto desde hace mucho y que ahora las unidades ya son adultas. Textualmente:
“No comparto la propuesta del regreso al útero, ya somos mayores de edad en muchas Unidades, si no es que en todas, aunque las condiciones son particulares y cada una dirá su parecer sin pretensiones de representar a las demás. El útero es UNA INSTITUCION CENTRALIZADA, autónoma o desconcentrada o descentralizada. El cordón umbilical está roto, si bien podemos identificarnos –si queremos, si trabajamos por ello- como Unidades hermanas, como colegas”.
Nadie ha dicho –don Miguel-que se quiera regresar al útero ni continuar con el mismo cordón umbilical.
Desde mi perspectiva plantearse la autonomía universitaria es apelar a otra perspectiva muy distinta a los modos de vida que las Unidades y la Unidad central ha planteado desde su nacimiento, en 1978. No vislumbro un regreso al centralismo autoritario, tal y como hoy está dando cuenta en su mejor perfil, la actual rectora Silvia Ortega. Ella textualmente ha dicho –según me han contado- en reunión de directores: “no le comuniquen a los profesores de esta medida desconcentradora”. Y muchos directores asumieron la consigna y han mantenido en “secreto” el desarrollo de la medida. Contra ese tipo de decisiones autoritarias estamos los que planteamos el crecimiento de esta Universidad y si bien, como cualquier organismo, el desarrollo está marcado por diversas fases y obstáculos, el de la UPN a nivel nacional pasa hoy, de nueva cuenta, por otro dolor, producto de esa añeja enfermedad que proviene de haber nacido no de un consenso de las partes que hoy lo integran, ni de un requerimiento social, sino de la decisión unigénita de José López Portillo. Exigir ahora la autonomía no es apelar al regreso al útero materno, sino resituarnos en las condiciones actuales para replantear la existencia universitaria desde otra mirada, la de los de abajo, no la de los directores ni coordinadores y rectores, no la de los teóricos de aquellos años de la federalización de 1992. En las Unidades también pensamos y lo que deseamos es conjugar esfuerzos, porque la medida de la desconcentración no es la mejor, sino la línea directa del Secretario de Educación Pública, que tampoco es la propia, sino la del Felipismo actual.
El cordón umbilical todavía no está roto completamente, sigue ahí – a través de Silvia Ortega- queriendo decirnos a todos los maestros y administrativos, que el único modo de seguir existiendo es al modo que el patrón quiera: es decir, desconcentrándonos y sin participación activa de los trabajadores. Frente a esta medida, es lógico y sensato que reclamemos ser escuchados y que juntos delineemos el camino que nos toca recorrer, y si dentro de este camino, algunos miramos encaminarnos a la autonomía, ¿qué hay de malo con luchar por ello, en lugar de obedecer ciegamente la desconcentración unilateral de Silvia Ortega?
Y usted continúa ilustrándonos la razón de su negativa:
“Ahí están claros ejemplos de la lenta aprobación en el centro de los programas educativos propuestos desde la periferia, o su franca negativa de aprobación. Por favor no se diga que eso se resolverá con volver al centralismo, o con la autonomía, ahí está la UNAM con lo más acabado de lentitud o prohibiciones para que surjan nuevos programas educativos, con sus cotos de poder, impasables algunos”.
Esto es muy cierto, don Miguel, el férreo centralismo que ha predominado en la Unidad Ajusco, no permitió el desarrollo de las unidades. Donde papá mandaba, los hijos no podían decidir, salvo enviando a algunos consejeros para alzar la mano en las reuniones de Consejo Académico o pedir favores a las autoridades. Pero de este error y otros más que se recuerden, no deviene como conclusión negar el reclamo de exigir Autonomía General, de la Unidad Central con todas las 76 unidades que le dan cuerpo. El gran problema que enfrentamos es la lejanía y los intereses arraigados en cada Unidad, por ejemplo, el caso Veracruz, donde las cinco unidades están viviendo un proceso de parálisis completa, donde sólo parece que mandan los directores, el coordinador general, porque la gran mayoría de los académicos, viejos y desahuciados de la política, se niegan a participar en ese viejo sueño de luchar por permanecer trabajando bajo un Proyecto Universitario Democrático, desde las bases, tratando de atisbar en medio de estas medidas autoritarias, una luz que nos conduzca a un mejor puerto, diferente al anterior, pero convocados por la chispa que genera el actuar bajo un proyecto que globalice las demandas de todas y cada una de las unidades. Creo, que frente a la desconcentración autoritaria, la contrapropuesta es la autonomía universitaria de la UPN Ajusco y sus 76 unidades en el país. ¿Cómo lograrlo? Es lo que tenemos que reflexionar conjuntamente, porque los cambios verdaderos no son de una sola persona, como Silvia Ortega pregona en sus reuniones, sino de toda la colectividad. Y créame, la desconcentración no es realmente un cambio, ni una oportunidad de crecimiento, más bien es la formalización de lo que en hecho está, y puede como usted afirma, el último estertor de vida de las unidades, aunque también, como lo afirma, pudiera ser el primer escalón “para luchar por la autonomía”, aunque lo dudo demasiado. Pero no lo quito el sueño, como tampoco nos lo puede usted quitar.
Usted, a sus años, se mira desencantado. Cree que en las condiciones actuales, la autonomía, tras veinte años de horrores, no es posible pensar en su arribo. Dice:
“Algunos vemos muy lejos, dadas las condiciones actuales, el paso a una autonomía, y tras veinte años de horrores, no nos esperamos a su arribo”.
Es cierto, don Miguel, no estamos en 1992 ni en otro año distinto, sino en uno, cuyo gobierno ha rediseñado los planes y programas, desde la educación básica hasta el nivel medio superior, con el fin de convertir a los estudiantes, no en reflexivos y críticos, sino en dóciles y obedientes con los patrones y las entidades de gobierno, se trata del gobierno panista que, en mala hora, se enquistó a partir del año 2000, y que en aras de volver a la sociedad monolítica y robotizada, ha replanteado una reforma en Educación básica basada en competencias, haciendo creer que el problema de la educación en México, consiste en sabernos insertar en la globalización a través de un proceso formativo, cuyo eje rector es la eficacia y su corolario: los resultados. Piensan los teóricos de la educación federal, que hemos perdido mucho tiempo en discernir si existe un mundo mejor o como debe formarse el hombre para cumplir su destino; en lugar de eso, nos recetan el aprendizaje para la vida a través del desarrollo de las competencias, donde todos deben mirar lo racional como es estar preparado para enfrentar los desafíos personales y sociales, y conseguir, en ese enfrentamiento, el éxito monetario y cultural, limitado éste a posiciones mecanicistas y acríticas. Pero este enfoque educativo –mi estimado profesor- tiene un trasfondo ideológico: cuando los teóricos de la educación del Estado leen competencia y hablan de eficacia, no están concibiendo un ser racional y cuestionador de las medidas que suceden en la sociedad, en las empresas y en los hogares. Competir para ellos tiene un sentido utilitario, de rendimiento y resultados, y si de actitud se trata, miran al hombre competente, como dispuesto a obedecer lo que la cúpula empresarial o gobernante decida. Un hombre competente para ellos es aquel que se resitúa en los nuevos contextos de la globalización, que es el de ser hombres máquinas, no hombre morales, hombres eficaces, no hombres reflexivos ni críticos; emplear la mano de obra y la inteligencia no al servicio de la sociedad para cambiarla, sino para saber adecuarse a los autoritarismos presentes y por venir. Así, pensar en la autonomía para ellos, o quienes desde ese enfoque lo analizan, es soñar despierto y quienes así lo hacen, dicen ellos que éstos viven todavía el influjo de una vieja filosofía que aspiró a la igualdad social, al respeto del otro, a la justicia para todos. Frente a esto, usted considera que hay que apelar la desconcentración sin más, en aras del resultado, y una vez que se dé la desconcentración hay que pedir la autonomía. Creo, sin embargo, ver ilusión tanto del lado de la autonomía como de la desconcentración. Estos últimos creen que el Estado tiene alma y conciencia, cuerpo y razón. El Estado o el gobierno como lo quieran ver, no tiene otra finalidad que la de mantener el orden a costa de lo que sea y medianamente ofrecer educación para que los hombres sigan teniendo ciertas habilidades manuales y racionales, pero no más allá de la necesaria, a tal grado de promover la subversión. El Estado se cuida de que esto no ocurra, ni en la sociedad ni en los contenidos de los programas de estudio. Por eso es que ha decidido coartar los programas educativos e implementar una reforma que convierta a la próxima generación de niños y jóvenes, en seres acríticos, obedientes y sumisos ante el poder político. Su consigna, abiertamente no es acabar con la educación, pero si moldearla a su imagen y semejanza. La Universidad Pedagógica nacional y su “pedacería”, las unidades -como usted llama a las unidades irónicamente- sufren ese embate hoy a través de la desconcentración, pero nos han endulzado la píldora: están haciendo soñar a los directores de que así podrán tomar decisiones autónomas. Si viera usted el caso de las cinco Unidades de Veracruz, nos daría la razón, que desde aquí, entre la autonomía y la desconcentración, la peor medida es esta última. Aquí contamos con un organismo sindical obediente al cacique, con cuerpos directivos chitones y académicos desahuciados políticamente, desencantados como usted, y que les vale lo que venga, con otra Universidad Pedagógica, fiel al régimen de gobierno, lo que definitivamente muestra un panorama hostil a cualquier movimiento de liberación. Y sin embargo, me inclino por el sueño de la autonomía y de replantear esta bajo una distinta percepción, para que no se repitan los “20 años de horrores que usted ha dicho”. Usted sueña bastante con su desconcentración. Yo y otros lo hacemos desde la autonomía.
Nos dice más adelante que la realidad ya cambió. Que la rectoría nacional ya no perdura. Que ese rectorado no es válido para los casos de Durango y Chihuahua, Sonora, y Edo de México, porque éstas, bien que mal, han transitado su propio camino.
Correcto, don Miguel. Esto muestra que la realidad nacional en cuanto a las unidades es polimorfa no sólo en cuanto al desarrollo educativo, sino también en el despliegue ideológico y político de sus bases. Unos han conseguido mucho, otros han conseguido poco, y otros han estado en letargo, a la espera de lo que Ajusco les ofrezca. Es, precisamente, esta variedad de desarrollo, lo que nos lleva a discrepar en las medidas a tomar frente a la realidad nacional. Los que se han desarrollado aspiran a la desconcentración con justa razón, pero los que no, ¿a qué aspiramos? La desconcentración no nos ofrece más que la muerte natural de la UPN, pues tal es el caso Veracruz, estamos en franca dependencia de los programas educativos del centro. Pero sobre todo, enfrentamos a otra Universidad Pedagógica Estatal que es la preferida por el Estado, lo que nos quita toda ilusión frente a la desconcentración. A nosotros no nos conviene esa desconcentración al modo como se está promoviendo: desde la cúpula y sin el consenso de los trabajadores. Desde mi perspectiva personal y de otros que piensan como yo, preferiría la autonomía de la UPN y sus 76 Unidades.
Después usted nos ilustra que como organismo surgido por decreto, descentralizado o desconcentrado estamos sujetos a la sufrir la liquidación por parte de quien manda en el país o en el Estado. Tal lo indican las leyes. Lo sabemos, no es necesario acudir con algún jurisconsulto. Somos entidades surgidas por decreto de un dedo sabio. Y este mismo dedo, puede, en cualquier momento, en lugar de alzarse victorioso, obrar en sentido contrario, para exigir la muerte del próximo a morir, según dice usted.
Y sin embargo, don Miguel, entre pelear por la desconcentración “que está más próximo a la autonomía” o pelear por la autonomía,-que está muy lejos- nos quedamos con este último sueño. Pero no, como ya dije, para mantener ese mismo cordón umbilical autoritario y burocrático, sino para obtener una reforma profunda de la UPN como universidad de excelencia del magisterio nacional, según debió ser y que no se ha podido. Pero no porque no se haya querido, sino porque las condiciones nos han rebasado. Creo que al interior de la Universidad Pedagógica Nacional existen todavía profesores pensantes que obran de buena fe, y que no están cortados con la tijera del autoritarismo que encabeza Silvia Ortega. Con ellos estoy y con los que desde otras Unidades piensen en la autonomía como un sueño por el cual se debe luchar.
Qué bueno, don Miguel, que se decidió por escribir esa replica al manifiesto de las asambleas de Unidades, y aunque estamos en trincheras contrarias, sea bienvenida su forma de pensar.
Por lo pronto, yo le digo a los profesores que piensan en la autonomía que algunos maestros de Veracruz tenemos ese mismo sueño.
OCTUBRE 24 DE 2011
miércoles, 6 de junio de 2012
DESEO
Alicia Silva castro
Ven junto a mí
Aprovecha este amor que aún vive en
mi universo. Surquemos el espacio hacia tus sueños
Y detengámonos ahí,
Donde la vida abrió sus brazos
Y me arropó con tu cálida presencia,
Déjame invocar tu boca
Desvelando a su paso los recuerdos
Y ante esta luna creciente te
prometo,
Que antes que amanezca
Estarás en
tu cuerpo y en el mío.
Aprovechemos que la noche nos complace
Aprovechemos que la noche nos complace
Impidiéndole al Sol que se levante
Invítame a mirarme en tu pupila
Pues reflejarme en tus ojos es mi
anhelo
Y déjame probar la savia de tus
besos
Mientras mis dedos se pierden en tu
cuerpo.
Regálame
en suspiros el aroma que se pierde entre las sombras
Para seguir asomándome a tus sueños.
Anhelemos, pues, que se detenga este momento…
Anhelemos, pues, que se detenga este momento…
Hasta
convertir en realidad esta noche llena de locura
Donde
plena me regalé a tus besos…
Y
no me dejes despertar
Hasta
buscar salvamento entre tus brazos. Midori
¡Uys! Ha
ocurrido un error mientras se enviaba este mensaje.
lunes, 19 de marzo de 2012
Para levantar el vuelo ó la poesía de Samuel Pérez García.
Rubén De Leo Martínez.
A cada uno de nosotros llega el recuento de la vida. Al poeta filósofo Samuel Pérez García fue tempranísimo en La Sal de la Vida, poemario de reminiscencias amorosas, del enfrentamiento a la muerte, pero de enorme revelación de vuelo.
Editado bajo el sello Temoayán, en recuerdo de nuestro mítico lugar llamado Temoyo, aquí en Acayucan, La Sal de la Vida viene a darle sabor a la poesía de la región del sur veracruzano, sotaveño e istmeño también.
En este libro de poemas seleccionados –escritos en distintos momentos- el vértigo tempo no da cabida a la vaciedad; por el contrario, hay una especie de saciedad temática que el propio autor descubre a lo largo de su trayectoria poética. En ese devenir degusta el sabor marino como condimento a su existencia humana, pero también a su condición bárdica.
“¿Qué querrá decir?”, me fustigará en este momento con su mirada. Quiero expresarle a Samuel que ha dado el paso que todo poeta maduro da en un momento de redescubrimiento: abandona su vieja vestidura para revestirse de la verdadera esencia poética: el vuelo. Lo terrenal por tiempo es su impulso, no mero pretexto, si no que, en su intuición poética –avasallada por el razonamiento filosófico y su desbocamiento por la vida- transciende a lo etéreo no como mística ni metafísica, sino como poeta de altos vuelos. El inicio del poemario es contundente esta tesis: una luna sombría en otras bocas, es el viaje confrontado, al que todos emprenderemos un día.
De no tener vuelo el poeta, no habría palabra, señala María Zambrano en su famoso ensayo Filosofía y Poesía.
De este modo, es la enunciación y anunciación de la palabra la que marca su andar poético en ese devenir muchas veces errante y otras, en la zozobra del naufragio, como pasar estrechos con los riesgos del encalle. La imagen de la sal no es gratuita, su evocación marina la enuncia, muchas veces implícitas en versos de contundencia órfica, presente también en el apartado La sal de la Vida y propiamente en Mal de amor. En Carta para Liyena, es contundente: oteo el mundo antes de levantar el vuelo.
Sabedor de su oficio campea en las batallas que pierde la filosofía con la poesía, viejas discordias en la que la segunda es confinada a ser errante, y es ahí, en esa condenación platónica, en la que se sitia el poeta, muchas veces para padecer el síndrome de Sísifo, y otras, la enfermedad de Ícaro.
Para todo vuelo es preciso reptar, como las aves que evolucionaron del reptil. Es en la tierra donde el poeta se prepara para el aire y es ahí el escenario de sus padecimientos. Como ser terrenal goza de ese espacio porque fue dado a su andar diario para su propia humanidad que deberá trascender en cierta momento de lucidez, de, iluminación, como lo hicieron Petrarca, Milton, Rimbaud, Alghiere o el propio Huidobro. Poetas que antes del vuelo condescendieron.
En esa esfera trascendida es donde el poeta trastoca su propia esencia humana para emprender vuelos altísimos en la que poesía se manifiesta en estados lumínicos revelados por cierta gracia de divinidad, no olvidemos a Vicente Huidobro en sus planteamientos del creacionismo literario. O Goethe,en Poesía y Verdad.
Si en La República Platón condena a la poesía, la también filósofa Zambrano la contempla infierno. Para un cierto estado de gracia, de salvación en el desdoblamiento, en la recreación del yo interior poético, el poeta debe descender antes del vuelo y después de él. Artaud Rimbaud es un vivo ejemplo, vasta leer Iluminaciones.
En la poesía de Samuel Pérez García, aquí brevemente reunida, hay esa acción poética acicalada por la experiencia vital, recreada en la escritura y re inventada en el goce lector, como ustedes mismos descubrirán en cada una de estas páginas.
Emprender el vuelo es también irse en la búsqueda de la armonía, a través de la palabra cantada. No es gratuito pues esa intuición poética la del vate acompañarse por cuerdas, aquí tañidas por el músico
El poema Deamar es un claro ejemplo. Pero esperemos el turno del poeta para su lectura.
Para levantar vuelos, el poetas sabe tanto de alas como primero de piso, terreno, pues el impulso, de ahí sus antiquísimos poemas telúricos y muchos de agua en su doble significación poética por no sugerir el encarne para un ser terrenal.
¿Pero es el cuerpo femenino una plataforma para alzar el vuelo, en cierta forma amorosa, aunque después desamada? En esos viajes del cuerpo está la búsqueda poética de Samuel, tacita en estos versos:
Altísimo como soy
He bajado a mirar las estrellas,
Con las manos abiertas
A mirar las señales
Que en mi rostro
Los años dejaron,
A contarme las penas como un rosario.
Es la nostalgia del amor ido, del río de la vida que fluye y va a la mar a espesar la sal. Es el descender como la propia lluvia en su ciclo, muy propio también de la naturaleza humana, padecida múltiplemente por la condición poética.
Levísimo cuerpo de mujer
Que mira
En ningún ojo del mundo
La ternura.
Completamente terrenal es esa levedad del amor poseído, de la misma vida que se va, tan volátil.
Pero todo vuelo lleva temblor, sostiene su trasmundo, desciende para abrevar en prístinas aguas donde se apacigua la sed de amor y ternura, del saber amar y ser desamado, cruento. Todos los hombres tienen por naturaleza deseo de saber, dice Aristóteles al comienzo de su Metafísica. A través de la filosofía hay ciertos indicios de vuelos altos. Para ello, los giros al remontarse, como los nopos también para descender al festín.
Con Una luna sombría en otras bocas, inteligentemente estructurada al inicio del libro, Samuel Pérez García ha trazado su propio plan de vuelo: La Sal de la Vida es uno de ellos, con voz propia, madura de toda poesía. Gracias.
Acayucan, Veracruz, marzo del doce.
*Texto leído durante la presentación del libro La Sal de la Vida, de Samuel Pérez García.
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