martes, 16 de febrero de 2010



SILVIA

Samuel Pérez García.



No hay otra forma de recordarte
Que escribiendo la historia de lo que fuimos.


De cómo fue mi relación con Silvia es lo que les voy a contar.
Ella era una mujer otoñal en un puerto de mar limpio y tranquilo; playero y arenoso como ninguno; chiquito y redondo, donde los viejos habitantes sacaban su sillón de mimbre, y se sentaban a la puerta de sus casas a refrescarse con la brisa de la tarde.
Cuando me enamoré de ella, yo era un muchacho de cabello largo y alocado por la música de rock, de Fratelos y bule bule, pero con una experiencia rudimentaria en lides de amor; en cambio Silvia, a sus años, sabía el temblor que su andar en los hombres provocaba.
La conocí en una calle aireada y silente como eran antes las calles del puerto, no como ahora, llenas de trompetas y de carros echando humo por cualquier lado. –Guapa la señora, -fue la expresión de un amigo cuando ella nos rebasó. Desde esa tarde, Silvia entró a mi vida y la abrió de par en par para dejarme su aroma de flores olorosas. Después supe que vivía en la calle Zamora, pero nunca más volví a verla sola por avenida alguna, salvo la última vez en que rechazó dialogar conmigo por eso que con ella me ocurría.
Desde esa lejana tarde, Silvia me atrajo por su manera de mover las nalgas, que era como una señal para apretarla con las manos; de igual modo sucedía con los jugosos pechos que exhibía ante mirones impunes. Para acá y para allá bamboleaba su cuerpo, y ella sabía que así vibraban las fibras escondidas de quien la viera.
Y a mí, precoz como había sido, me gustaban las mujeres de frente amplio y trasero grande, pues al verlas me provocaban la imaginación y mi hombría crecía sin remilgo alguno. Con el tiempo esa capacidad de imaginar fue decayendo, porque la práctica de tocar un cuerpo me llevó al hastío y encontré que todo es un mecanismo psicológico, que se va acabando del mismo modo como va muriendo el amor por la mujer que alguna vez se quiere. En aquellos tiempos mi experiencia era con las putas, y esas lo único que dejaban eran represiones, pues tampoco permitían lo que quisieras; ellas eran de “apúrate, que la casa pierde”. Así que con mirar a Silvia florecían esas ansias guardadas día tras día.
Ella se me fue metiendo a fuerza de verla por los entreclaros del portón de fierro de su casa; la observaba cuando andaba regando las flores del jardín en las tardes calurosas del puerto, en aquella vieja calle de Zamora, por donde hubo una escuela primaria, a donde íbamos por las niñas de sexto año. Sí, la misma donde Obdulia, después de tanto resistirse a que le llevara los libros, una tarde, sin más preámbulos dijo que sí, y yo contentísimo por su aceptación, había olvidado que la tarde anterior había fajado con una del mismo salón. Al enterarse Obdulia de lo que había hecho me negó la oportunidad de ser su novio, y adiós aceptación. Dejó de hablarme y ni siquiera el saludo contestaba. Fue cuando Silvia apareció.
Ella me gustaba de un modo diferente a las niñas de la escuela. Con éstas era el aprendizaje de Juan juvenil. Con la señora había una sensación distinta, cierta ansiedad oculta, cierto peligro que nacía porque Silvia era casada con un viejo ricachón, mucho más grande que ella, y según el decir de los amigos de aquellos tiempos, ya no paraguas con la carabina. Versión que la propia Silvia desmintió después. Con ella no, pero con la querida sí.
El mecanismo para empezar mi relación con Silvia fueron los preparativos de la fiesta de cumpleaños de una de sus hijas. Ella quería chambelanes para su quinceañera y los reclutó de mis amigos de la calle Zamora, eso me permitió entrar a la casa a mirar los ensayos. Pero no fue fácil establecer con ella un diálogo. Sus ojos no miraban a ningún lado, salvo a los muchachos que ensayaban los pasos de baile. Entonces pensé en buscar un puente entre la señora y yo. Ese puente fue Pilar, su sirvienta. A Pilar le caí bien y pronto entramos en confianza, lo cual me permitió preguntar algunos datos sobre Silvia: qué cuántos años tenía, qué cuándo era su cumpleaños, qué canciones le gustaba y todo aquello que me orientara por dónde abrirle el corazón, cerrado para mí pero abierto para otros de mi edad, según me enteré cuando mi relación con ella se había truncado.
– ¿Te gusta la seño? –me preguntó Pilar una tarde que platicamos sentados junto al portón de la casa. Y yo que ni tanto, que era un simple decir. Pilar era como de treinta años, muy abierta en su trato, con menos recato que la señora. En cada frase suya se mostraba un tono vulgar pero sincero, sin ocultamiento, sin ese doble sentido que a veces tienen las mujeres. Las pláticas con Pilar terminaban siempre con el nombre de Silvia en la boca, al grado que ella se iba con la sonrisa pícara de lo que me pasaba. Ese era mi juego, que ella sirviera de correo pero sin que yo se lo pidiera. Y me funcionó. Una tarde, sin aviso previo y sin haberle dicho que me consiguiera cita, Pilar me informó que la señora me esperaba a las nueve de la noche junto al portón de la casa.
– ¿Qué deseas saber de mí, Milingo? – me preguntó Silvia frente al enrejado. Vestía una bata roja, que adrede o sin querer, dejaba traslucir las ubres por las que yo sufría. Con una mano en la cintura y con la otra sosteniendo un cigarro que fumaba, Silvia me mantenía la mirada fija. En la penumbra, porque en aquellos tiempos, era escasa la luz en las calles, distinguía la blancura de su piel y el brillo de sus ojos negros. Miraba sus labios gruesos e imaginaba la sabrosura de sus besos. Cuando bajaba la vista me encontraba con sus pechos, y la suponía feliz cuando los hombres se los chuleaban.
–Lo que quieras saber de mí, pregúntamelo, Milingo –acotó con naturalidad, como si me abriera su puerta interior para fisgonear lo que había adentro. Esa forma suya de tratarme, me dio ánimos para una charla, que no llegaba fácil por la timidez que hoy todavía exhibo cuando estoy frente a una mujer bonita.
La calle estaba solitaria, calurosa. En aquella época Roberto Carlos era el cantor de moda y tenía una canción que se titulaba “Señora”, y que a mí personalmente me gustaba. De repente la canción se dejó oír de algún radio cercano y me sirvió mucho para la charla.
Sí, usted bien sabe/Que aquí es su lugar/Que sin usted consigo apenas entender/Que su ausencia hace a la noche prolongar/Si, hay tantas cosas que le tengo que contar /Cuando se calme el deseo y la pasión/Preciso de Usted para vivir…
– ¿Le gusta? –pregunté para salir de la presión que imponía su mirada.
–Es bonita –dijo- y soltó una bocanada de humo, haciendo alarde de una seguridad que la transfiguraba, y a mí me impedía articular algún pretexto sobre el acercamiento propuesto: entrar a su corazón y arrasarlo para ser solamente su único muchacho.
–Lo es… más usted –me atreví en un lance tan natural que pasado los años vuelve a sorprenderme cada vez que lo recuerdo. Porque en esa relación yo no fui el conquistador sino el conquistado. Pues aún no sabía que en este tipo de relación humana, es la mujer quien profiere la última palabra, y la dice cuándo ha decidido: esto es lo que quiero, entonces los hombres caemos en la cuenta de doblegarlas, sin embargo son ellas quienes imponen su criterio, hasta en la relación sexual: los que se hincan son los hombres, mientras que las mujeres nos esperan de frente y acostadas. Si bien después cambian los papeles, al inicio son ellas las de la voz cantante.
En respuesta Silvia me clavó la mirada. Pensé lo peor, pero no fue así. En lugar de eso, su voz se volvió dulce cuando dijo:
– ¿Gustas un trago? –fue lo que me preguntó en aquella noche de agigantada soledad, porteña y calurosa como ninguna. Recuerdo que musité un bueno, de tan leve que pareció un susurro de viento; nervioso frente a su boca de labios carnosos y rojos, brillando en la pálida luz de un foco. Enseguida dio la media vuelta, y fue cuando mis ojos se solazaron con su andar provocativo y las curvas que dejaba traslucir sobre la bata. Si algo sabía Silvia, era mover su cuerpo al gusto de quien lo mirara, porque ni para negarlo, conocía cuáles eran sus mejores atributos.
–Sígueme, -ordenó.
Atrás de la casa había un cuartito donde ingresamos. Había una cama y una silla colocada junto a la pared. Silvia se sentó en el borde de la cama, mientras que yo me coloque en la silla, ubicado frente a ella. Luego llamó a Pilar y le ordenó servir dos tragos. La plática –improvisada- versó sobre mis ocupaciones de estudiante en el tercero de preparatoria; nada importante como esos pechos que me absorbían la atención y la memoria. Ahora sus ojos no me interesaban, sino ese busto prisionero que reclamaba salir de su cárcel de tela. Estaban tan a la mano que no sabía qué hacer. Pero era más mi timidez que el arrojo, lo que me embargaba. Y Sudaba. Y mientras la mujer parecía sonreír en sus adentros por haber pescado bueno, a mí me daba la sensación de aparecer y desaparecer siempre en el mismo lugar, girando en vueltas incesantes como un tiovivo imparable. El silencio era el único reino posible ante la parálisis de la lengua y el corazón. Sus ojos sobre mí, sus labios brillantes en la tenue luz de ese cuarto de una sola cama. No sé cuando, pero estiré una mano, que en lugar de avanzar hacia sus pechos se desvío hacia una mejilla. Temblaba y sentía que el corazón me palpitaba atrabancado. Al contacto, sentí la tersura de su piel. No hubo pregunta alguna, ni queja; era como si me diera ánimo para atreverme a más que esa tímida caricia, aprendida en los bailes de la terraza de la ganadera de la calle Juárez y Carranza, cuando lo regenteaba el viejo chino Siu, quien alternaba su vida con restaurantes y periodismo. Los muchachos de aquellos años setenta, íbamos todos los sábados a la tocada o a bailar con la rocola y cuando no, volteábamos al Club de Leones hasta que todo se derrumbó con el paso de los años y nos fuimos haciendo hombres y separándonos para hacer vida aparte, cada uno en su pedazo personal y sin más nexo que lo reunido en una crónica ya difusa del viejo Puerto México.
Sucedió entonces que ella detuvo mi mano y se la llevó a uno de sus pechos. La metió entre la bata. Y me sonrió como para decirme, “No tengas miedo, Milingo”. Fue cuando la besé y conocí la frescura de su boca. Dueño de la situación sentí la redondez de los senos enormes al salirse del sostén. Eran dos melones blancos, rosados y tibios, rendidos ante mis dedos nerviosos y ante mi boca con lumbre. En eso estaba cuando Pilar tocó la puerta para ofrecernos los tragos preparados. Y se retiró.
Tomamos la bebida, mirándonos solamente. Intercalando a veces retazos de historias de cada quien. También un beso aquí y otro allá. Al terminar la primera copa, pidió otra para cada quien. Tal vez haya sido el licor o la confianza que me dio, que empecé a sentirme bien, dispuesto a meterme no solamente en su cuerpo sino en su corazón, porque Silvia, aparte de las putas que a veces frecuentaba, se convertía a partir de esa noche en mi primera victoria amorosa, crónica que fue anotada en la libreta de mis conquistas que después se acumularon, pero es esta, ahora cuando los años ya pasaron, la que todavía recuerdo con todos sus detalles.
–Espera –me dijo al retirarme las manos. Y se fue dejándome en el cuarto. En tanto Pilar regresó con las copas y me miraba pícaramente como si ya supiera desde mucho antes lo que seguía. Cuando Silvia regresó me condujo a su recamara. Entonces regresamos al abrazo y a la respiración profunda y agitada. Esa noche estrené a Silvia en la única posición que apenas conocía: la horizontal, y para comprobar eso que otros me habían contado saboreé sus otros labios, que me supieron a camarón mareño con dos o tres pelos pegados a mi lengua, mientras ella, acalorada, suspiraba tal vez por ese marido que se le había ido con la sirvienta, o quizá buscaba ese amor perdido en mis ojos encendidos de muchacho. Gallo como era en aquellos tiempos, Silvia me hizo repetir dos veces el mismo papel de amante nocturno en esa noche y otras que resultaron inolvidables. Después de la primera vino el conocimiento de su historia personal. Fue cuando supe lo que pasó entre ella y el marido. Ahora guardaban las apariencias de un matrimonio bien avenido. Entrar a su intimidad me hizo creer que entre ella y yo había algo más que la pasión natural de una mujer otoñal y un muchacho de dieciocho años. Imaginé una relación amorosa en cuyo centro estábamos los dos. Así fue como la señora se me fue metiendo por el cuerpo y en todo el pensamiento. Enamorado como estaba, no pude guardar la discreción que ella reclamaba. Ahora le hablaba por teléfono e iba más asiduamente a su casa, y cuando no la podía ver, me conformaba con mirar la luz prendida de su cuarto. Pero si no había nada de eso, entonces la desesperación me crecía con tal fuerza, y no me calmaba hasta no verla. Fue cuando esa canción de Roberto Carlos se convirtió en parte de mi vida.
El frío entro en el cuarto que fue suyo y mío/ por la ventana abierta donde yo miré/ en la espera inútil más usted no apareció/ usted ya me olvidó / y yo no veo como hacerle a usted hoy recordar/ las tantas veces que le oí decir/ que yo era todo para usted…
Un día le dije:
–Te voy a traer serenata y te voy a cantar la canción de Roberto Carlos.
–No te atrevas –me detuvo terminante. Pero no estaba ya en condiciones de oír sus quejas ni de parar mi corazón desbocado, y una noche, después de unas cervezas, fui con dos amigos que sabían tocar y cantar y llevé la serenata. Le cantaron /Usted es la culpable/ de todos mis quebrantos/ de todas mis angustias/ Usted llenó mi vida/ de dulces inquietudes/ de los “Tres diamantes” y “Señora”, la canción de Roberto Carlos, pero para despistar, a las hijas también le cantaron esa de Joan Manuel Serrat que decía Ese con quien sueña su hija/ ese ladrón que os desvalija de su amor /soy yo señora. Por eso al otro día las hijas pregonaron que la serenata había sido para ellas, aunque no sabían a quien en especial ni quién había sido el autor. Pero aunque Silvia sí lo sabía, su reacción fue desconcertante, pues comenzó a manifestar indiferencia ante mis reclamos. Cuando llegaba a los ensayos acompañando a mis amigos, me eludía observando los pasos de baile de los chambelanes con sus parejas. Cuando mis ojos la encontraban, ella volteaba a ver para otro lado. Usaba el teléfono, pero Pilar respondía con la consigna de que la señora no estaba. Entonces comencé a desesperarme, a mirar aridez donde había vergel, a sentir en la carne una herida profunda de amor temprano que no sabía cómo resolver. En aquellos tiempos sentía que ese sufrimiento amoroso era muy mío y era tan único que nadie me podía ayudar, salvo que Silvia abriera las puertas cerradas de su corazón. Pero lo cerró a ladrillo y cemento, que ya nunca volví a platicar con ella, pese a mis esperas furtivas desde la esquina de la casa. Cuando la divisaba en el portón, iba a su encuentro, pero cuando ella se daba cuenta se metía. Me esquivaba a propósito. Así había sido hasta que una tarde la encontré sola fisgoneando en un aparador del centro.
– ¿Puedo hablar contigo? –le dije con una voz apenas audible, débil, nerviosa. Ella se chupó los labios. Me miró.
– ¿Dónde?
Enfrente de donde la había encontrado estaba El Volare. Un restaurante de la tercera calle de Juárez, ubicado en la segunda planta de un edificio. Así que subimos a tomarnos un café. Ahí en la terraza del restaurant, frente a una taza de capuchino supe la verdad, que en ese entonces la sentí como un filoso puñal abriéndome en canal.
– ¡Sábelo, Milingo, no te quiero, nunca te quise!
Fue lo que me dijo, después de mi declaración de amor. Sentí tan duras sus palabras que hasta un sabor amargo en la boca me causó. De pronto me sentí habitante de un inhóspito paraje. Solo, triste y abandonado. Recuerdo que esa vez Clayderman tocaba Balada para Adelina, cuando ella –sin importar cuán herido me sentía por su desprecio-, se paró y me dejó con la mirada puesta en los paseantes y mirones de aparadores, que esa tarde llenaban las aceras de la calle. Ahí me quedé mucho rato tratando de entender qué era lo que había pasado entre Silvia y yo. Cuando ella cruzaba la calle miré el río de gente que con pasos rápidos o lentos iba y venía, también imaginé que en las caras amorfas de esos transeúntes se pintaba todo el color de mi tristeza.
Metido en esa crisis amorosa un día me encontré a Pilar que iba al cine, y se me ocurrió acompañarla. Entramos al cine Puerto. Sin saber lo que sobrevendría, nos sentamos en una fila de la segunda planta, bastante atrás. Lógicamente –herido como andaba y solitario- no vi la película teniéndola tan a la mano. Pero ahí no había más gusto que el matar la soledad a palos y no un aposento de la delicia y el remanso que Silvia era capaz de darme. Tan destruido andaba que no veía quien me la hizo sino quien me la pagaba. La sorpresa vino en el intermedio. Silvia estaba en la fila de adelante acompañada de un muchacho desconocido. Hubiera querido hacerme invisible, pero mi ruego no funcionó. Ella volteó y nos encontramos frente a frente. Cuando Silvia nos vio clavó en ambos una mirada fulminante, que luego pasó a la indiferencia: se rió con su acompañante y lo abrazó más.
Al salir del cine no hubo más que concluir lo que durante la película habíamos empezado. Y nos fuimos a un hotelito de la calle Malpica. Ahí, tristón y desganado, le hice el amor a Pilar, pero fue una acción más por salirle al paso que por deseo. Ni ella ni yo imaginamos la verdadera reacción que devino al siguiente día. Cuando Pilar se presentó a trabajar, Silvia la corrió sin más concesión que el tiempo justo para guardar su ropa y salir de la casa. Eso me contó ella al siguiente domingo que nos encontramos en el parque de aquella ciudad pequeña, redonda y arenosa que era Puerto México.
También me dijo algo que me marcó para siempre en ese andar con las mujeres:
–Quien sabe qué número fuiste en su lista personal, Milingo –comentó esa noche cuando el amor se me develó frustrante, porque sin saber sufría lo que antes le había hecho a otras muchachas que me habían considerado el amor de su vida, y yo, creído, les había negado la oportunidad. Silvia se acostaba con el muchacho que le gustara, ese era su vicio desde que el marido la había abandonado por una sirvienta. Esta historia del gusto personal de Silvia se corría en aquella vieja camada de amigos de la Zamora, pero no lo creía porque cuando lo supe ya estaba prendido por su corazón, y como se sabe, “corazón enamorado, pendejo corazón”.
–Es el gusto de ella, dice que así se venga del marido. –me contaba Pilar y a mí en cada palabra suya algo se me iba rompiendo en pedacitos, sin posibilidad alguna de recomponerse algún día.
– ¿A poco creíste que tú eras el único?
Cada palabra, cada frase llevaba el dardo afilado que laceraba con la cruda realidad, que en aquellos años no avizoraba porque no tenía experiencia ni malicia. Lo que me llegaba parecía limpio, bueno, sincero a morir, pero no era así. Entonces el modo como sucede va cambiando el pensar y el sentimiento, lo va moldeando para pagar después con la misma moneda, pero no a la que nos hiere sino a la que vendrá. Era cruel lo escuchado que no acertaba a decir nada. Simplemente pensaba en la herida fresca por el arañazo de ese amor primero con una señora otoñal y la cifra que fui en sus noches de soledad: el tercero, el noveno, el enésimo, el número nunca supe cuál fue. Ni tampoco si fue su cuerpo o el amor de su corazón lo que más me gustó. Eso no lo supe nunca, pero de lo que sí me enteré después es que mi relación con ella había sido tan fuerte que nunca se me fue de la memoria, y cuando recuerdo esos hechos tengo la impresión de haber ocurrido ayer y no cuando tenía dieciocho eneros cumplidos y era un muchacho de cabello largo y Puerto México tenía unas cuantas calles, dos cines, un parque con su quiosco, una Iglesia y una escuela secundaria y preparatoria, no como ahora tan lleno de carros y gente desconocida, asaltos y muertes horrendas que ya no sé cuál es la vida que me espera.
Después de ese mal episodio de mi vida me fui a Jalapa a continuar mis estudios. Pasados los años regresé de nuevo. Puerto México ya era una ciudad moderna y la calle Zamora estaba pavimentada. La casa seguía en el mismo lugar pero Silvia ya no estaba. Fue una amiga mía, que sin querer resultó pariente de ella, la que me contó otra parte de la historia personal de Silvia: Había muerto de cáncer de pecho y se había distinguido por ese gusto exclusivo por los muchachos.
–Hubo uno que por haberse enamorado de él, hasta en su muerte lo recordó –dijo mi amiga. Le pregunté el nombre, pero no pronunció el mío. Otro había ocupado el lugar al cual aspiré. Sin embargo, oír eso de Silvia me abrió las puertas del recuerdo y me motivó a escribir la historia de mi amor por ella, cuando apenas era un muchacho imberbe, cabello largo y reventonero, enamorado de mujeres como Silvia, ahí en la esquina de Zamora y Bravo en aquel lejano Puerto México, redondo y playero, lleno de dunas y nopales, chiquito y querendón como ahora, pero mejor, tal vez ahora otras Silvias ya nacieron y otros muchachos mejores repitan esta mis ma historia.



jueves, 31 de diciembre de 2009


DE DUENDES Y CHANEQUES EN ACAYUCAN

Germán Rodríguez Filigrana.
(1933-2009)

En 1890 era un niño, pero ya cuando adulto, fue muy conocido don Jacinto Fonseca, quien nos contaba que en su época infantil, jugaba con Pánfilo Vergara y otros vecinos suyos en lo que hoy es la calle cinco de mayo, en esa parte donde dicha calle formaba esquina con Moctezuma.
En ese lugar jugaban al encantado. Eran varios amiguitos que corrían a lo largo y ancho de las calles, ya que había muy pocas casas. Esto era normal todos los días. Como a las siete de la noche llegaban dos niños desnudos que pedían jugar, y desde luego, eran aceptados de inmediato. Así transcurrían las horas, lo raro es que los conocidos por más que corriéramos no se dejaban agarrar, a “esos niños desnudos jamás podíamos agarrarlos”, decía don Jacinto. Y aún más: “cuando ya íbamos a terminar el juego, bien entrada la noche, casi se dejaban agarrar, pero a punto de hacerlo, los niños desaparecían como por encanto.
Esto lo platicó varias veces don Jacinto a su sobrino don Eligio Fonseca Vázquez – y mi tío decía que estos niños eran chaneques – me contó.
Don Eligio me seguía platicando, que cuando estuvo en la escuela “Guadalupe Victoria”, en la época cuando Acayucan todavía era cantonal, por el año de 1915, se corrió el rumor en todo el pueblo de que en el legendario Temoyo, tradicional lugares de manantiales dentro de lo que hoy es la ciudad de Acayucan, aparecían chaneques y chanecas.
–Así se decía y se afirmaba con insistencia. Hasta que un día invité a varios niños a ver si veíamos o oíamos algo, y nos fuimos a Temoyo. Ahí había una casita abandonada, era un jacal en donde nos dijeron que estos misteriosos personajes aparecían; en el camino de la escuela a ese sitio de leyendas, el grupo de niños íbamos echando relajo, pero ya cuando estábamos frente a la casita encantada, todos guardamos silencio, las niñas de otra escuela que se nos unieron para esta aventura, no querían entrar, pero todos armándonos de valor penetramos lenta y sigilosamente, eran como a las dos de la tarde de ese día. Ahí estábamos todos en silencio; habían pasado como cinco minutos por lo que yo pensé que todo era mentira lo que se decía de la casa, pero de pronto –Zas, Zas, Zas, nos empezaron a llover los “molcatazos”, que provenían de arriba de un tapanco que había en el jacalito. Y todos dijimos “patas pa cuando son”, salimos huyendo despavoridos, jurando no volver a Temoyo a desafiar a los chaneques.
Así me lo contó don Eligio, y por si usted no lo sabe, mi estimado lector, un molcatazo es un golpe dado con un molcate o sea, con una pequeña mazorca, según el lenguaje de la región.
Los Chaneques son personajes de la mitología olmeca y se creía que eran seres muy pequeños, protectores de las milpas y otros sembradíos. Al parecer son los mismos que el pueblo en los últimos años ha llamado duendes.
En Acayucan se ha hablado mucho de los chaneques en su versión femenina o sea de las chanecas que cuidan los montes y “encantaban” sobre todo a los hombres a quienes hacían perder los caminos rumbo a las milpas o en su retorno al pueblo.
Volviendo con los míticos chaneques en nuestra ciudad también se ha hablado mucho de los duendes desde la década de los veinte para acá, como seres pequeños que cuidan las casas abandonadas donde habitan y juegan en los patios de las mismas. Algunas personas dicen que hasta en las casas donde hay familias han escuchado extraños ruidos, risas infantiles y se los atribuyen los duendes.
Así platicando en estos días de diciembre de 1996 con el popular Raúl Matus me dijo lo siguiente:
“Cuando yo era niño jugaba mucho en el patio de la casa de doña Rudecinda Salomón, que estaba ubicada donde hoy está la casa de huéspedes San José, en la calle Guerrero, ahí entraba yo a robarme las frutas, ya que había muchas naranjas, guayas, limón dulce y jicacos, chicozapotes y otras. Un día penetré hasta el fondo del patio y me dirigí hasta donde estaba el palo de mango chongolongo, pero de pronto vi a unos niños desnudos que andaban jugando debajo del árbol y uno de ellos estaba saboreando un mango bien maduro, yo me escondí detrás de unas matas de plátano pa’que no me vieran, pero como demoraban mucho, dije chinguen a su madre, aunque estén ahí yo voy a comer mangos maduros, y pa’su mecha, cuando llegué debajo del palo de mango chongolongo, no había nadie, pensé que los chingaos chamacos se habían encaramado al árbol, me fijé arriba de todas las ramas y brazos del mango y nada, no estaban y “huye conejo” vine a parar a mi casa y mi mamá me roció un buche de agua pa’que se me quitara el susto. Y me dijo: ¡ya ves, eso te pasa por andar robando mangos¡ Te asustaron los duendes, así finalizó su relato del famoso “manos de oro”, Raúl Matus Cordero.
Algunas personas dicen que los chaneques o duendes son pequeños, alegres y risueños, que inclusive, se confunden con los niños cuando juegan sobre todo en comunidades rurales. En la ciudad se ha dicho que habitan en casas abandonadas



EN MEMORIA DE GERMAN RODRIGUEZ FILIGRANA.


Samuel Pérez García.

La muerte llega tan imprevistamente que a todos coge con las manos en la masa. El 29 de diciembre de este año llegó al domicilio de Germán Rodríguez Filigrana y se lo llevó entre cuentos, decires, poemas y rescate cultural de la Historia de Acayucan.
Don Germán Rodríguez fue un activo promotor de la cultura, de la escritura literaria y del rescate de la memoria histórica de la ciudad de Acayucan. Fundó un grupo denominado Historia, Conciencia y Movimiento, cuyo propósito, entre otros, era rescatar la historia de su pueblo, y eso lo condujo a fundar en el papel y en los hechos, la Casa de Cultura de Acayucan, que, durante muchos años trabajó en la Casa del Comisariado Ejidal, aunque también realizaba sus actos en la segunda planta del Palacio Municipal.
Cuando todavía no existían oficialmente Casas de Cultura en el Estado de Veracruz, Acayucan contaba con la suya, aunque no físicamente, sino un movimiento de promoción de la cultura mediante el cual, la ciudadanía sabía de bailables, crónica histórica, huapango y encuentros poéticos memorables, como aquellos que Germán Rodríguez y otros entusiastas llevaron a cabo en 1987 y 1991, así como otros menores realizado a favor de la poesía.
La anécdota que sale a colación en esta perseverancia de don Germán es que cuando había que apoyar con la cena o los refrescos a los visitantes que venían a actuar o iba el ballet de la Casa de la Cultura de Acayucan a alguna ciudad de la región, era él quien sufragaba de su bolsillo lo necesario para que el evento se llevara a cabo. Lo daba todo por la cultura, aun cuando los políticos del ayuntamiento le negaran su apoyo. Así se movía Germán, tocaba aquí y allá, recibía lo que podía, y cuando no le daban lo que faltaba, sacaba la cartera y sufragaba el gasto necesario.
Durante muchos años las oficinas de la casa de cultura estuvo ubicada en su consultorio de Radiología, ubicado en la calle Guerrero casi esquina con Moctezuma. Ahí lo conocí en 1985, cuando impartí unas clases de poesía en esa Casa a un grupo de aspirantes a poetas, que luego se autonombró SOMBRAS DE LUZ, y en el cual participaron entusiastamente Rubén de Leo Martínez, Francisco García Hernández, María Elena Baruch, Alberto Velazco, Pedro Suriano y otros que ya no recuerdo. Los tres primeros, a su manera, han conseguido algunos reconocimientos por su dedicación al ejercicio de la escritura literaria. Lo lograron por un factor que es necesario destacar: en primer lugar, que haya habido un centro y un hombre que se diera a la tarea de difundir la creación literaria, y ese centro y ese hombre fue Germán Rodríguez Filigrana, quien le ponía empeño a su tarea como si en ello se le fuera la vida. Sin ese eje aglutinador que en materia de cultura expresó en sus buenos tiempos Germán Rodríguez Filigrana, ellos no hubieran nacido literariamente, o por lo menos, hubieran tardado mucho más de lo que imaginaban. El edificio de la Casa de Cultura que hoy existe en Acayucan esconde una historia que debía rescatarse y que ahora señalo: sin la labor de Germán, y otros que lo acompañaron, a veces de frente, a veces de soslayo, no existiría en Acayucan ninguna Casa de Cultura. Germán la representaba y la promovía sin buscar más allá que colocar al frente dos palabras: Cultura y Acayucan.
Y es que una ciudad sin cultura, es una ciudad en harapos. Y en aquellos tiempos de la década de los setenta y todo lo que va de los ochenta y noventa, todo lo que tenía que ver con la cultura lo expresaba Germán Rodríguez Filigrana. Justo sería reconocer también las ideas de Eva Ochoa, Romeo Bejar, Eva Vela, Modesto Peña Jara, Artemio Cruz y otros tantos que, de algún modo, hicieron su parte por amor a la cultura de su tierra natal, cultura que todavía no se vende ni se compra, se sigue mendigando frente al poder político, cuya forma de mirar el mundo es estrecha, de soslayo y hasta de fuchi. Sea hombre o mujer, pariente lejano o consanguíneo, en esos que llegan al palacio la cultura no les entra ni con calzador, por esa razón mantuvieron en los últimos años en el olvido a don Germán, hasta que la muerte acudió en su auxilio para su eterno descanso, y ahora los gobiernos municipales podrán pelearse la titularidad de la cultura sin la sombra del radiólogo.
Quisiera recordar esta anécdota que viví con él cuando se publicó mi libro Oluta: Memoria y Recuerdo. Después de la presentación de la obra, que se había dado el 23 de junio de 1989 en Oluta, Germán nos invitó a cenar a mí y a Francisco García, el minipoeta como le decíamos en ese entonces, cenamos unos tacos en La Parrilla que hubo donde hoy es el Hotel del Parque. De ahí lógicamente, continuamos la velada literaria en el famoso tugurio de La Quinta. Cuando llegamos, como era día de entresemana, no había clientela. Pedimos una botella de Don Pedro, pero al calor de las copas y la soledad que nos embargaba, incité a que llamáramos a un güera que estaba sentada en la barra. La mujer vino en el acto y la senté a mi lado. Pero no era una prostituta cualquiera: para empezar era de cabellos rubios, piel blanca, alta, y cara agradable. Cuando llegó a la mesa lo primero que dijo es que me conocía. Supuse que a lo mejor me había visto en alguna cantina de esas que hubo en el barrio uno de Oluta, pero no. Se puso a recordar y me dijo que había visto mi cara en un libro que vendían en un expendio de revista que había en la calle Victoria, por el palacio municipal. En efecto, se trataba del libro que acabábamos de presentar esa noche, que ella había hojeado y que luego dio muestras de tener un conocimiento literario sin igual que nos llevó a terminar recordando a Mario Benedetti, también recientemente fallecido. Por poseer esas cualidades culturales, toda vez que se dijo antropóloga y chihuahueña a quien se le había acabado el dinero y era la razón por la cual estaba ahí, a mí se me olvidó que el propósito de haberla traído a la mesa no era para charlar de literatura, sino para otros menesteres propios del lugar. Pero por meternos al rollo literario, el avieso motivo quedó relegado y las horas se pasaron hablando más de literatura que de la corporeidad y sus pasiones. Al concluir la botella decidimos emigrar de La Quinta y prometí volver y no darle tantas vueltas al asunto. Pero en la siguiente semana me llegó la notificación de mi amigo Mario Romero, quien me ofrecía un trabajo hasta Lázaro Cárdenas, en Michoacán, y allá tuve que irme dejando sólo a Ivonne Blachete, que así dijo llamarse la güera de La Quinta. Regresé a los seis meses y al llegar mi primera visita fue ir al tugurio, pero ahí mi informante, me dijo que la güera que buscaba, un ranchero se la había llevado a vivir con él.
Ahora, después de muchos años, es bueno recordar las historias que se construyen con los amigos. Y esta es una parte de la que viví con Germán Rodríguez Filigrana, cuando él era Radiólogo y promotor cultural en una ciudad donde solamente había yermo y arena; soledad e incomprensión; habladurías y política rascuache, propia de un pueblo ranchero y caciquil como ha sido Acayucan, adonde a Germán le tocó la suerte de vivir y porfiar por la cultura. Los que aún quedamos en esa tarea lo despedimos con el honor y el respeto que se merece un hombre perseverante y claridoso, como él lo fue. Descanse en paz.

jueves, 26 de noviembre de 2009

A PROPOSITO DE ERAMOS MUCHACHOS




“NO PUEDE OCURRIR NADA, SALVO LA ANÉCDOTA DEL OTRO DIA”
Daniela Meléndez Fuentes




Respondo a la invitación de Samuel Pérez García, presentando en esta mesa la opinión femenina que amablemente solicitó vía telefónica. Y me resulta agradable y hasta sencillo mostrarla, sobre un texto que refleja una época, donde la rebeldía del contexto social, no es la ruptura de esquemas de experimentación sobre la sexualidad en los hombres, mas bien hay una clara reproducción de patrones de conducta que hacen ver a la mujer como algo misterioso, al que se puede acceder poco a poco a través las experiencias de otros, y donde el hombre y la mujer son genitales que vibran y sienten placer.

Imposible pedirle a una mujer que busque otra lectura de este libro de cuentos, pues la primera impresión, y la segunda, y la tercera giran en la misma idea pero haciendo un esfuerzo, busco empatía con Nen, el personaje principal que “Vivió como él quiso, entre las putas y la cantina” y que “imaginaba que tenía 18 años y que había acudido a un burdel a la búsqueda de su primera experiencia sexual”.


Bety, su inolvidable novia con la que no quiso hacer mucho más de la cuenta, pues “otras cosas” en lo sexual sólo lo hacen las putas; Mayra, Lucía, Mariela, Pery y hasta Lucky son momentos distintos del aprendizaje de la sexualidad en la vida de Nen y a veces, estas mujeres son la oportunidad de poner en práctica las teorías que El Charrascas cuenta con los amigos, entre bromas y carcajadas.

Otras mujeres son un refrendo de que la sexualidad es sólo un momento: curvas que sólo llevan aun camino: la vagina, la que se renta, la que se rola entre los cuates, la que se disfrutan porque como se aplica en estos casos ninguna mujer es fea “de la cintura pa abajo y de las rodillas pa arriba”, y que últimamente “en tiempo de guerra cualquier hoyo es trinchera”.

Las historias la viven las mujeres de este libro: Bety, “la güera” de la junta de negocios, Mayra la que no había nacido para el estudio y debía ganar dinero aunque fuera de puta, y bajo esa posición fue abusada por su padrastro y vendida por su propia madre por una pulsera, un corte de tela y unos aretes; Lucía, obligada a huir de su vecindario por naturales juegos eróticos entre niños, cuya ignorancia señala como imperdonables. El destino de esta mujer es terrible: su padrastro la ahorcó y hasta salió en el periódico, y Nen la recuerda pero no sabe si por su muerte violenta o por esos juegos en que ella era la esposa del camisón y el perfume y él, su marido que llegaba y la acostaba sobre la cama.

Hago el esfuerzo y no puedo, es difícil buscar empatía con Nen, cuando la suerte de casi todas las mujeres de la historia es vivir como una vagina que termina en la muerte de sus dueñas, si no cumplen la entendida función de hoyo: “aunque sea de puta Nen, aunque sea de puta”

Putas que recogen cualquier saliva, catadoras de penes, “si no protesta, sigue, sigue chaval”; Estela, amor, novia del hotel en Xalapa que disfrutó no solo como un cuerpo, sino como a una persona, mujer que después de años cuenta la mala experiencia con su marido inválido y alcohólico.

La Luky y el premio de caldo de pescado... “la salación tiene su cura…”

Pery y el furor revolucionario que no se concluyó de ninguna manera, mujer dueña de su cuerpo y examen de hombrías, que es fácil, con quien ella escoge. Y a Nen le toca la prueba justo en el momento en que estaba convencido de sus ideales y de que quería cambiar al mundo.

Y dentro de estas mujeres hubo una esposa que se llevó a una hija… ¿Cuál fue la historia de esa mujer? Nada se habla de alguna oscuridad enmarañada donde el calor transmite las pasiones inolvidables.

Y la mujer de negro que conocía los poemas, tan sospechosa sentada en un parque…de belleza imponente… ¿qué oportunidad buscaba Nen al acercársele con el fragmento de un verso de Neruda?

Las mujeres y los hombre hemos sido educados por caminos diferentes, los hombres a la cazaría y las mujeres a cuidar una membrana llamada Himen, una idea mal entendida de la virginidad.

Este libro, Éramos muchachos, es un asomo a la forma en un hombre que va a tientas en el largo proceso de descubrir el sentido de su sexualidad; sin embargo “no puede ocurrir nada, salvo la anécdota del otro día”


martes, 24 de noviembre de 2009


DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS
Samuel Pérez García


En esta novela Gabriel García Márquez narra la historia de amor entre el sacerdote Cayetano Delaura y Sierva María, hija del Marqués de Casalduero, quien fue mordida por un perro rabioso, y depositada por su padre en el Convento de Santa Clara, para efecto de ser exorcizada del demonio que se había introducido en su alma a causa de la mordedura, según era la creencia religiosa en aquellos tiempos medioevales.
Para ese trabajo de exorcismo se había asignado el padre Cayetano Delaura, hombre de confianza del Obispo de la Diócesis de esa región, don Toribio de Cáceres y Virtudes, de quien se decía que tenía a Delaura a su lado por ser hijo suyo, o por lo menos amante.
Cayetano Delaura antes de ir a su encomienda tiene un sueño que fue como una premonición de lo que iba a ocurrirle a sus treinta seis años: una niña “estaba sentada frente a la ventana de un campo nevado, arrancando y comiéndose una por una las uvas de un racimo que tenía en el regazo. Cada uva que arrancaba retoñaba en seguida en el racimo. En el sueño era evidente que la niña llevaba muchos años frente a aquella ventana infinita tratando de terminar el racimo, y que no tenía prisa, porque sabía que en la última uva estaba la muerte.”
Un sueño similar le sucedió a Sierva María cuando Delaura ya había ganado su confianza. Cuando se lo contó, el sacerdote sintió que su relación tenía signos imprevisibles y que como un remolino lo conducía a las profundidades.
Sabedor que su amor por ella era un pecado, Delaura se autoinflinge un severo castigo bajo el pretexto de que el propio demonio de la niña se le había metido a su cuerpo. Pero al obispo no pudo mentirle y le contó la verdad de su pena. Por esa razón, aquel lo separa de la encomienda y le asigna la curación de los leprosos en otro hospital. En pláticas con los enfermos, el párroco enamorado se entera de un túnel por el cual se puede entrar al convento donde está la niña. Una noche vence los obstáculos para llegar hasta ella y mediante la argucia de llevarle dulces, gana su aceptación. Regresa todas las noches hasta que una de ellas le declara su amor. La niña no le cree. Pero para probar que le decía la verdad, le hace comer una cucaracha viva.
Lo interesante de esta novela es que el amor que refleja Delaura por la niña no es un amor estridente y carnal, sino uno que refleja distintos niveles y grados. Para esto, Gabriel García Márquez, le pide auxilio a Garcilazo de la Vega, y mediante Los poemas del español, Delaura enseña a leer y a querer a la niña producto de su amor. No hay en el texto una imagen que demuestre la furia sensual de una niña y un hombre maduro, sino apenas los atisbos de besos y abrazos, que aparecen como señal de que entre ambos otros sentimientos florecían. Este amor, como aquel de Memoria de mis putas tristes, esta envuelto en un halo de pureza, aunque también exhibe las profundidades ignotas del espíritu humano, sea hombre común o sacerdote como Delaura. Así, La niña, que antes había opuesto todas las resistencias posibles ante el asedio, primero por exorcidio y luego de amor, sucumbe ante el cariño demostrado por el párroco. Una noche de esas ella reclama huir con su enamorado de la prisión e irse a una comunidad de esclavos negros para vivir la plenitud de la dicha que los poseía. Pero el ánimo de Delaura no estaba para esos trotes y desiste de la idea. El creía más bien que ella saliera con bien, y al salir permiso a la Iglesia para regresar a la vida civil y luego casarse con el permiso del padre de la niña.
Por eso cuando Sierva María propuso la huída él se negó, sin saber que sería la última vez que se verían, pues esa misma noche, una presa contigua al de la niña, huyó del convento por el mismo túnel que Delaura usaba para sus visitas furtivas. Ane el suceso Sierva María fue acusada de cómplice, investigaron por donde había sucedido la fuga y encontraron abierta la puerta del túnel, la cual tapiaron, con la consecuencia de que el proceso de exorcidio se aceleró: el propio obispo de la diócesis retomó la tarea, pues al que había nombrado para sustituir a Delaura, días antes había fenecido de manera súbita.
Sin saber lo que había ocurrido, el sacerdote enamorado quiere entrar a la siguiente noche, pero ya no pudo. Al otro día entró al convento por la puerta de acceso, confiado de que no lo verían por el poder de la oración. Pero no pudo ver a Sierva María porque a esta la habían cambiado de celda. Buscándola estaba cuando fue sorprendido por las monjas y sometido a la autoridad del santo oficio, donde fue acusado de herejía, no si antes causar disturbios y controversias al interior de la Iglesia. Fue regresado al hospital de leprosos y ahí vivió su condena, sin contraer la lepra y sin saber lo que le había pasado a Sierva María desde esa última vez en que aquella le había propuesto huir para compartir el amor que ambos se habían declarado auxiliándose de los poemas de Garcilaso de la Vega.
Sierva María, en cambio, se había cansado de esperarlo. A los tres días de haberla cambiado de celda dejó de comer en una explosión de rebeldía que agravó los indicios de la supuesta posesión endemoniada. Debido a eso y por lo hechos que había ocurrido en su vida, fue sometido a los ejercicios de tortura con más energía. A sierva María le había rapado la larga cabellera y su estado se volvió tan crítico, que hubo reclamos para que los exorcismos se aplacaran. Pero el obispo ni así se compadeció.
La niña nunca supo porqué Cayetano Delaura nunca regresó con su cesto de dulces y ese amor que le prodigaba; en medio de esa nostalgia y el sufrimiento ante los ataques físicos que sufría su cuerpo, un día de mayo volvió a soñar con la ventana de un campo nevado, donde Cayetano Delaura no estaba ni volvería a estar nunca. Comía las uvas con más ganas y rapidez para que estas no le ganaran. Por eso, “la guardiana que entró para prepararla para la próxima sesión de exorcismo, la encontró muerta de amor en la cama con los ojos radiantes y la piel de recién nacida.”
Esta es otra novela donde el autor colombiano muestra la agilidad de su pluma, aunque también una constante que no lo abandona, incluso en su última obra: memoria de mis putas tristes, cuyo tema también es el amor entre un anciano de noventa años con una niña de catorce. Esta última obra, como ya afirmamos en otra entrega, iba a ser filmada en la ciudad de Puebla, pero fue prohibida por el gobernador de ese Estado, dado las quejas de que el libro y la película promovían la pederastia. Desde esta perspectiva similar, si alguien quisiera convertir en película Del amor y otros demonios, tendría un mismo destino: negarse a ser difundida mediante el cine por ser una apología a la pederastia, y más todavía: un infundio sin razón contra la investidura sacerdotal, pues ¿cómo está eso de que un sacerdote intelectual, amante de la poesía, fiel seguidor de Cristo pueda sentir amor carnal por una niña como Sierva María?
Pero la historia así esta contada. Un amor que resulta imposible (¿?) en la realidad, es posible en la literatura. O al revés. Pero esto se logra porque quien lo cuenta es diestro en ese menester. Y aunque se diga que esto atenta a las buenas costumbres, lo que queda es leer la obra y disfrutarla, antes que mirar en ella un atentado a la moral o a las costumbres sociales.

domingo, 11 de octubre de 2009


MINICUENTOS DE LUIS CHAVEZ FOCIL


Escritor tabasqueño, avecidado en Minattilán y retornado al lugar de origen: Frontera, Tabasco. No acepta entrevistas, ni pagadas. Está a gusto con la fama conseguida por la vida: quedarse solo con la literatura. Porque las mujeres ni en cuenta, salvo por necesidad urgente.

Los cuentos que aquí presentamos se encuentran en el libro Deletreando Sirenas, 2002.



REMINISCENCIAS.



La prostituta aquella gustaba de mostrarse por las playas en un ir y venir cadencioso. Se ofrecía a precio alto, haciendo el cuento de en otras vidas ella fue sirena. Debía ser así, porque del ombligo para abajo, todo le olía a pescado.



LOS AVISPADOS


Y cuando la pequeña Lulú contrajo una gonorrea, sumió a Tobi en el más profundo de los caos. Entonces todos los niños del mundo preguntaron: Papá, ¿qué cosa es caos?






LOS QUE TUVIERON ALAS


Había una vez un ángel que tenía una amante, y entonces Dios le dijo:

-¡Eh ! ¿Qué haces? ¿Por qué tienes un amante? Y el ángel contestó:

-Señor, estoy muy solo; a esa mujer la encontré en el Paraíso, igualmente sola, de manera que pensé...

-¡Insensato! -respondio, el Creador. ¡Ninguna mujer puede ser amante de mis ángeles, aunque se encuentren muy solos!

-Pero Señor...

Y Dios se fijó en la mujer. Era bellísima, alta, distinguida, de cabellos dorados y ondulados; tendría unos diecisiete años de edad. El Señor pensó: "Es hermosa", pero acto seguido los expulsó del cielo.

Desde esa vez, el ángel y la mujer andan juntos: ella, convertida en "María"vende pepitas en la calle y él es trompetista ambulante.

miércoles, 7 de octubre de 2009


División de la literatura según Ernesto San Epifanio:




En Los detectives salvajes Roberto Bolaño pone en boca de uno de sus personajes, Ernesto San Epifanio, una clasificación de la literatura y los literatos en México. Según el diario de Juan García Madero, para Ernesto San Epifanio la literatura quedaba dividida en heterosexual, homosexual y bisexual. “…Las novelas generalmente eran heterosexuales, la poesía, en cambio, era absolutamente homosexual, los cuentos, deduzco, eran bisexuales, aunque esto no lo dijo”.
Y continuó contándole a Juan García Madero:
“Dentro del inmenso océano de la poesía distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Witman, por ejemplo, eran un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake eran maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas.
–En nuestra lengua, claro está –aclaró-; en el mundo ancho y ajeno el paradigma sigue siendo Verlaine el Generoso.
Una loca, según San Epifanio, estaba más cerca del manicomio florido y de las alucinaciones en carne viva mientras que los maricones y los maricas vagaban sincopadamente de la Ética a la Estética y viceversa. Cernuda, el querido Cernuda, era un ninfo y en ocasiones de gran amargura un poeta maricón, mientras que Guillén, Alexandre y Alberti podían ser considerados mariquita, bujarrón y marica, respectivamente. Los poetas tipo Carlos Pellicer eran, por regla general, bujarrones, mientras que poetas como Tablada, Novo, Renato Leduc eran mariquitas. De hecho, la poesía mexicana carecía de poetas maricones, aunque algún optimista pudiera pensar que allí estaba López Velarde o Efraín Huerta. Maricas, en cambio, abundaban, desde el matón (aunque por un segundo yo escuché mafioso) Díaz Mirón hasta el conspicuo Homero Aridjis. Debíamos remontarnos a Amado Nervo (silbidos) para hallar a un poeta de verdad, es decir a un poeta maricón, y no a un fileno como el ahora y famoso y reivindicado potosino Manuel José Othón, un pesado donde los haya. Y hablando de pesados: mariposa era Manuel Acuña y ninfo de los bosques de Grecia José Joaquín Pesado, perennes padrotes de cierta lírica mexicana.
– ¿Y Efrén Rebolledo? –pregunté yo
–Un marica menorcísimo. Su única virtud es la de ser ni no el único, el primer poeta mexicano que publicó un libro en Tokio, Rimas japonesas, 1909. Era diplomático, por supuesto.
El panorama poético, después de todo, era básicamente la lucha (subterránea), el resultado de la pugna entre poetas maricones y poetas maricas por hacerse de la palabra. Los mariquistas, según San Epifanio, eran poetas maricones en su sangre que por debilidad o comodidad convivían y acataban –aunque no siempre- los parámetros estéticos y vitales de los maricas. En España, en Francia y en Italia los poetas maricas han sido legión, decía, al contrario de lo que podría pensar un lector no excesivamente atento. Lo que sucedía era que un poeta maricón como Leopardi, por ejemplo, reconstruye de alguna manera a los maricas como Ungaretti, Montale y Quasimodo, el trío de la muerte.a
A –De hecho –prosiguió imperturbable San Epifanio-, Muerte sin fin es, junto con la poesía de Paz, La Marsellesa de los nerviosísimos y sedentarios poetas mexicanos maricas. Más nombres: Gelman, ninfo, Benedetti, marica, Nicanor Parra, mariquita, Girondo, mariposa, Rubén Bonifaz Nuño, bujarrón amariposado, Sbines, bujarrón abujarronado, nuestro querido e intocable Josemilio Pe, loca. Y volvamos a España, volvamos a los orígenes –silbidos-: Góngora y Quevedo, maricas; San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, maricones. Ya está todo dicho. Y ahora, algunas diferencias entre maricas y maricones. Los primeros piden hasta en sueños una verga de treinta centímetros que los abra y fecunde, pero a la hora de la verdad les cuesta Dios y ayuda encamarse con su padrote del alma. Los maricones, en cambio, pareciera que vivan permanentemente con una estaca removiéndoles las entrañas y cuando se miran en un espejo (acto que aman y odian con toda su alma) descubren en sus propios ojos hundidos la identidad del Chulo de la Muerte. El chulo, para los maricones y maricas, es la palabra que atraviesa ilesa los dominios de la nada (o del silencio o de la otredad). Por lo demás, y con buena voluntad, nada impide que los maricas y maricones sean buenos amigos, se plagien con finura, se critiquen o se alaben, se publiquen o se oculten mutuamente en el furibundo y moribundo país de las letras.”
A –Y Cesárea Tinajero, es un poeta maricona o marica? –preguntó alguien. No reconocí la voz.
A –Ah , Cesárea Tinajero es el horror –dijo San Epifanio.
(Roberto Bolaño. Los detectives salvajes. Barcelona, Anagrama, 2009 pp. 83-85)