jueves, 19 de agosto de 2010

¿LEGALIZAR LAS DROGAS?
Samuel Pérez García.
Ahora todo mundo se cree experto en asuntos que tienen que ver no sólo con el desarrollo de una sociedad sana, sino con aspectos científicos que requieren para la explicación un proceso de investigación. Soltar a botepronto la opinión que las drogas deben ser legalizadas para convertirla en mercancía ordinaria y con eso evitar los conflictos entre cárteles que viven de la producción y el mercadeo de esos productos, son desatinos que resultan imperdonables, cuando provienen de personajes que han jugado papeles relevantes en la política de México. Hablo en este caso del expresidente Vicente Fox, el gran equívoco de los mexicanos en el año 2000, cuyo recuerdo no es por la obra realizada sino por los dislates lingüísticos cometidos, lo que siempre hizo necesitar de un traductor, papel que jugó su director de comunicación social. El otro es Jorge Castañeda, quien fue Secretario de Relaciones Exteriores en el periodo de Fox, y quien sin más, dice que se debe legalizar la mariguana, y lo funda con el argumento de acabar el conflicto entre cárteles que comercializan el estupefaciente.
Ahora todo mundo cree que lo legal es sinónimo de racional, que lo legal puede terminar con el conflicto, al modo como por ejemplo, dos ciudadanos se pelean un terreno. Uno posesionado del mismo, pero sin escritura; y otro, con escritura pero sin posesión del bien. Para dirimir el conflicto, el juez del caso, determinará quién es el legítimo propietario, y por regla general, concluirá que lo es quien tiene en su poder las escrituras reglamentarias. Pero también hay un factor que a veces hace cambiar la trayectoria del resolutivo: el poco o mucho dinero que tengan los ciudadanos en conflicto, y lo mucho o poco del grado de corrupción de la justicia. Pues un caso es el de la justicia ideal, y otro el de la real.
En esa lógica, el narcotráfico es ilegal por carecer de una ordenanza que ampare esa industria, por lo cual, hay que dotarlo de esa cobertura, para que no haya más crímenes violentos cometidos por quienes están armados para defenderse de sus contrarios y del orden legal que representa el Estado.
Si vemos aisladamente el problema de las drogas, es lógico que lo que requieren los cárteles es un permiso para operar bajo la ley. Eso les permitiría moverse sin andar armados y sin parapetos de ninguna especie. Pues si todo es legal, qué caso tiene oponerse a otros que se dedican a lo mismo. Pero opinar así es olvidarse de la historia. Y voy al ejemplo de la primera guerra mundial del siglo XX para no irme tan lejos. La lucha por los mercados fue uno de los factores que condujeron a los países europeos en esa primera gran guerra, y aunque haya existido como aderezo y pretexto el asesinato de archiduque Francisco Fernando, heredero al trono de Austria, el reparto del mercado fue el detonante básico, acción que se ejecutó entre los países vencedores cuando el conflicto terminó.
Pero hay más. Si bien al carecer de cobertura legal, los cárteles de la droga viven una lucha armada sin cuartel por el control de esos mercados, y con ello se llevan entre las patas a la sociedad y al gobierno, por los crímenes, asaltos y secuestros cometidos, lo cierto es que también, aún cuando lo legal sucediese, la lucha no va a parar por otorgarles una ley. Lo que va pasar es que la lucha cambiará de forma. Seguirá siendo dura y soterrada, pues de lo que se trata es saber quien posee más mercado y lo que eso implica: el crecimiento de la fortuna gracias al aumento del consumo.
Pero también sucederá una reconfiguración de la clase política que hoy nos gobierna. Es decir, si hoy está penado usar el dinero del narcotráfico en las campañas políticas, con la promulgación de la ley que oficialice la producción y el consumo de drogas, apoyar a un determinado candidato podrá ser visto como un asunto común, porque el patrocinio provendrá de dinero limpio. Así, el narcotráfico a través de sus candidatos tendrá todas las posibilidades de ascender al poder. Y lo que hoy realizan de manera soterrada, podrán hacerlo abiertamente –por que la lucha contra las drogas no es solamente una cuestión de salud o de paz social, es también un asunto de seguridad nacional (léase político). Luego, entonces, los cárteles de la droga no son entidades que se dedican a la producción y venta de drogas sin más, son también soportes económicos de grupos, si no enquistados absolutamente, sí con relaciones en la cima del poder. Y por lo mismo, tienen un proyecto qué defender, mucho más cuando tengan a la ley en favor suyo. Por eso es que afirmo, aún cuando la droga se legalizara, el conflicto no concluiría, porque más allá de este modus operandi, la riña – que aparenta ser entre maleantes y policías- no es con los que se dedican a lo mismo, sino con los grupos de poder a los cuales pertenecen los mafiosos o se encuentran relacionados. Quisiera con esto adelantar una hipótesis: la vieja clase política, esa que se formó con la revolución mexicana y bajo la tutela gringa, ha dejado de ser operante, y hoy es desplazada por los que viven y disfrutan de las enormes ganancias que deja el mercado de la droga. Y si bien, hoy esos cárteles pelean el espacio político que les falta, no será así para cuando la droga se legalice. Pasarán a disputar el poder político a la vieja clase gobernante, que ya presenta un duro agotamiento en su proyecto de vivir de la conducción del país. Para el Estado, pues, la legalización no es simplemente un problema de salud o de legalidad, sino de evitar o aceptar a la clase emergente que se está formando con el dinero del narcotráfico. Dejemos aquí este punto para discutirlo después y vayamos a otra consecuencia de la posible legalización.
Otra consecuencia de legalizar las drogas es que existe un eslabón débil, al cual se debe defender porque expresa nuestro futuro en el país que queremos. Se trata de los jóvenes, quienes han sido el punto débil en esta lucha contra el narcotráfico. Los jóvenes, al vivir en un ambiente nocivo tanto familiar como social, al no poseer todavía un proceso racional maduro que les permita valorar la vida y sobrevellevarla en paz, son rehén de las drogas que pululan en el ambiente, y tarde o temprano, se ven tentados a engrosar las filas de consumidores.
Esta gente joven, mercado natural de las drogas, se desorientan desde la casa al vivir en hogares divididos y sin patrimonio propio. Para superar tales carencias, se escapan de esa realidad consumiendo drogas. La mayoría de ellos son de economía baja, marginados de la felicidad que proporciona un buen empleo y la educación familiar. Aunque a veces no pasa así. Un buen sector de consumidores es gente de bien, adinerada, que busca por curiosidad o por desorientación, las emociones fuertes, que les permitan congraciarse dentro de sus círculos sociales como atrevidos y libres. Con esa idea, la juventud -rica o pobre-se genera una imagen falsa que para ser libre y autónoma, hay que consumir drogas. Estar in, decíamos en la época del hipismo de los años 70. Si para consumirla antes, había que esconderse de la mirada pública, con la legalización, esos consumidores podrán estar tranquilos en los bares y cantinas, fumando su huatito o periqueando a la luz del día, bajo la sombra de un árbol o del lugar que mejor le plazca.
Nuestros hijos ya no podrán esconderse para ello, y en la fiesta de cumpleaños, no va a faltar alguien que cargue su dosis particular e invite a los ingenuos a dar una probadita, para sentirse mejor. O bien, si a alguno ya se pasó de borracho, con un pericazo pasaría a sentirse mejor y seguir la fiesta. Y por más educación que se les imparta en la casa o en la escuela, difícilmente podrán apartarse de la influencia social que reproduce el libre consumo de la droga.
Pero el problema vendrá después. Nuestra juventud, de por sí, poco reflexiva y crítica de lo que pasa en el entorno, no sólo con los problemas de la propia familia, sino con la que sucede en la ciudad o en país, se volverá más atolondrada y poco útil, porque es de simple observación: cuando la droga pasa a formar parte del hábito de una persona, ésta se vuelve más lerda, confunde sus propósitos de vida plena, y deja de pensar por sí misma, salvo que tenga en la sangre algo de la sustancia habitual para poder ejercer con plenitud sus funciones neuronales ( cuestión muy relativa y que no siempre es así, Chencho). Si ya con el alcohol se tiene bastante, qué no pasará con las drogas que se legalicen. Lo que éstas van creando en el consumidor es una fuerte dependencia, al grado tal que ya no puedes vivir sin ella. Y no permite ser libre, sino vivir atado al consumo, y a la larga, el drogadicto se puede ver envuelto en conflictos de sangre que lastimen la propia vida o las de otros. Las drogas a eso conllevan.
Si eso pasa ahora -cuando las drogas no están legalizadas- con un sector de jóvenes que han perdido la capacidad de pensar por sí mismo, a causa de la no vigilancia que ejercen sus padres o la influencia decisiva que causa el propio medio social y cultural en el cual están desarrollando su vida, qué sucederá cuando las drogas queden legalizadas. El panorama será desolador en todos los aspectos. Y si hoy proliferan los centros de alcohólicos anónimos, mañana será con los centros de atención al drogadicto. Cada práctica de consumo trae consigo un centro de atención social.
A este consumo va a contribuir en mucho la publicidad. Que una vez legalizada podrá con bastante creatividad y libertad seducir la mente de la juventud y de lo niños, con el fin de convertirlos en drogadictos conocidos, tal y como sucedió con el alcohol. Los alcohólicos anónimos como centros de atención deben su existencia precisamente a la legalización de este producto, que ha sido, el factor determinante en el finiquito de la paz familiar. El alcohol es causa principal de muchos accidentes automovilísticos, de desmembración familiar, de violencia juvenil y de muchos otros conflictos. Y por más esfuerzo que realiza la escuela para restar su perniciosa influencia, es poco lo que se ha logrado.
De igual modo pasará con la mariguana, al cual muchos lo ven como una droga benigna, lo que no es cierto. Cualquier sustancia, en consumo demasiado ocasiona trastornos al organismo, incluso hasta el agua daña al organismo consumirla en demasía. Uno de los problemas es el exceso en el consumo de cualquier droga. Mucho más cuando el consumidor, en busca de experiencias más fuertes, como dicen los jóvenes, se realiza un cruzamiento de sustancias, que le hace perder el principio de realidad y se convierte en factor para desestabilizar la tranquilidad hogareña. Mientras tanto, los consorcios productores y los mercaderes de la droga, seguirán acrecentando sus fortunas a cambio de la salud de nuestros jóvenes. Si eso pasara, no se está proponiendo el paraíso con la legalización de las drogas, acaso tal vez un infierno impermisible. Por eso, resulta necesario pensar muchas veces para opinar en torno a la legalización de la droga, porque en dicho tema no está implicado solamente la salud y la paz social, la economía o la libertad de comercializarla, sino que abarca muchas dimensiones que deben analizarse para resolver la pertinencia de que formen parte del consumo abierto.
Puedo seguir argumentando más, pero el espacio ya no da para tanto. Solamente quiero dejar una pregunta a mis escasos lectores: ¿Por qué el gobierno en lugar de perseguir y encarcelar a los intermediarios de las drogas no crea leyes que permitan atacar la base de la cual se nutren los cárteles, es decir, porque no ataca el aspecto financiero que les permite a esos organismos manejar grandes fortunas, mucha de las cuales sirven para corromper a los responsables de la justicia? Sencillo: muchos narcotraficantes están siendo soporte para la economía del país y eso hace que mantengan relación en el más alto nivel de la política de México. Por eso decía líneas arriba de que los cárteles de las drogas mantienen una relación soterrada con sectores que conducen el Estado mexicano, pues si no fuera así, hace mucho que los narcotraficantes fueran parte del archivo muerto. Pero no. Por lo tanto, opino que la lucha a favor o contra las drogas es una lucha por el poder político en México. No es una exclusiva cuestión de educación de salud, de legalidad o de economía, auque sean estas las formas básicas que presenta dicha lucha. Volveremos.

El correo que nunca tuvo respuesta.

31 de julio 2010.
Amigos:

Les mando esta reseña de LA NOVELA CAMARADAS DE RUBEN SALAZAR MALLEN (1905-1986) ESCRITOR NACIDO EN COATZACOALCOS. EN DICHA NOVELA ESTÁ UN RETRATO HABLADO DE LOS VIEJOS COMUNISTAS/COCEISTAS Y "ROBOLUCIONARIOS" PERREDISTAS DE AHORA. CONSIGANLA Y LEANLA CON SENTIDO CRITICO, PORQUE SI LA HUBIERAN LEIDO EN LOS AÑOS SETENTA Y OCHENTA DEL SIGLO PASADO, LO MAS SEGURO ES QUE HUBIERAN DICHO: "REACCIONARIA", "LAMEHUEVOS DEL CAPITALISMO", vayan ustedes a saber qué . En aquellos años o eras de izquierda (MARXISTA LENINISTA O TROSKISTA) o eras de derecha (TRIPLE A, MURO O SIMPLE PORRO DE LA UNIVERSIDAD). Ahora puedes ser panperroconfundido, perremaniaco, verdehalagotricolor, o simplemente PUP. (PARTIDARIO DEL PARTIDO UNICO DE PENDEJOS).
Me parece que Rubén Salazar Mallén, independiente de sus bandazos políticos, fue izquierdoso comunista, fascista arrepentido, y esto último le valió para que no alcanzara la fama internacional que tuvo Octavio Paz, que también fue militante de izquierda en sus años mozos, antifranquista, pero no nunca declarado fascista abiertamente. Error de Salazar Mallén, pero acierto para los ojos contemporáneos por haberse adelantado a lo que iba a pasar con muchas izquierdas del mundo: ser moderno es aprender a convivir con el enemigo, y si se puede, taparse con la misma sábana y dormir en la misma cama. Al fin y al cabo la bandera es sólo un trapo con un símbolo, que nada dice en esta época de la globalización paranoica.

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jueves, 27 de mayo de 2010

MAÑANA QUE NO ESTÉ




samuel Pérez García


Julio del año 2008



1



Junto al calor del sol
Bajo el almendro de tus ojos
En la misma punta del recuerdo
Estaré como si esperara
Tu abrazo quinceañero,
Tu querencia espolvoreada
En el hueco de mis manos
Estaré como si no estuviera
Mañana que no esté.




2


Andaré por tu memoria
Vestiré la misma camisa
Del último cumpleaños.
Con el alba de cada mes
Te hablaré con el silencio
Que tus ojos me enseñaron
Aquella mañana de siempre
Que nunca se me ha olvidado:
Estabas insomne y llorosa
Frente a la puerta esperando
Soñando que no soñabas
El dolor que te causaba
El hombre de tus reclamos.


3



Para quererte me bastan las ganas
De saberte conmigo amada
Te decía alguna vez
En alguna frase olvidada
Porque a pesar del reclamo
Mía tú te sabías
Bajo la luz de la luna
Sobre el portal de tus ojos
Y las ganas del alma mía.


4



En el último verano
La luna miramos ponerse
Aroma de muchas flores
Vestida de plata fina
Y un vestido tan largo
Para la noche sencilla,
Que se nos fue de las manos;
Por no atender los reclamos
Del amor que nos nacía
Hace muchísimos años.


5



Oiré música de piano
Leeré cartas de muchos años
Soñaré que tengo otro nombre
Caluroso como el verano
Y andaré las madrugadas
En busca de otro cuerpo
Que me reciba el cariño
Que otras me lo negaron.




6


Tal vez no encuentre nada
Ni una sonrisa ni abrazo
Acaso ni una mano
Se me extienda como antaño
Cuando mi novia eras
Y te llevaba de la mano
Por las calles de colgantes
Faroles que alumbraban
Los besos que tú me dabas
Febril y enamorada
Tu cara de quince años.


7


En mi corazón
Tú eres la espina
Que me sangra.
Me avasalla, me entristece
Me revuelca de dolor
O me llena de esperanza.



AFORISMOS DE AMOR

Para mis amores de Juchitán, Huetamo y Coatza.

1

Algún día la lluvia
Serán tus lágrimas
Y mi aliento el sol
Que te las seque.

2


Mientras la lluvia lava
Todos los recuerdos
El tuyo permanece.


3

Arriba de mí, la luna;
En mi pensamiento, tú.

4

Si la luna brilla,
Mi corazón también;
La luna lo hace por el sol;
Mi corazón por ti.



5

Si un día te vas
Serán largos los sauces
Verde la eternidad
De los caminos.

6

La lluvia es persistente; de igual modo tu recuerdo.


7

Sombría la edad
A los cincuenta y dos
Si tú no estás.


FICHA DE AUTOR:

Samuel Pérez García (1953) es el mismo Manuel Álvarez que un día le dio por regresar a su tierra original pero bajo otro nombre. Nació en La Blanca, municipio de Ingenio Santo Domingo, Oaxaca. Dícese poeta y escritor, enamorado de mujeres con enaguas largas y caderas pronunciadas. Soñador eterno y buscador de tesoros, que por regla general, concluyen a la puerta de un corpiño. Ha escrito libros que ya no vale la pena recordar ni premios que atestigüen nada. Pero hay dos que sí: Bandera en el corazón (2003), Una luna sombría en otras bocas (2002). Lo demás es historia como son los besos de las juchitecas que hoy también ya me olvidaron. Y no hay posibilidad de recuperación alguna, pese a las ganas.





miércoles, 24 de marzo de 2010



Relatos de Samuel Pérez García


María Esther Mandujano García.




De todas las mujeres (Ediciones Cultura de VeracruZ, 2010), me hizo recordar las grandes heroínas del amor romántico. Mujeres maravillosas que vivieron con intensidad la extraordinaria experiencia del amor. De distintas maneras, de acuerdo con su historia personal, con su contexto, con su libido y su temperamento, con el color de su pasión. Todas ellas entregadas al amor para purificar sus vidas, aún a costa de la vida, pagando los altos precios con que las sociedades misóginas han condenan la honestidad del alma, el valor de vivir en el alto precepto, de respetar las elecciones del alma.
Me hizo recordar a Madame Bovary, enamorada del amor que volátil nunca pudo tener entre las manos, me recordó a Ana Karenina lanzándose a los rieles de un tren, vestida de negro, enlutada por el gran amor que en una sociedad prejuiciosa e hipócrita, nunca se pudo realizar. Me recordó a Lara esperando en medio de la nieve, el frío y la soledad, el cálido abrazo de Zhivago, unos minutos quizá, unos instantes por los que vale la pena vivir una odisea de dolor y amargura; me recordó a la bella Tatiana rechazando el amor moribundo de Oneguin, en consecuencia del juramento que ella le hizo cuando él no la amaba todavía, de que jamás traicionaría su palabra de lealtad ni siquiera por amor. De Catherine de Cumbres borrascosas, de Marie Duplessis, La dama de las Camelias, de Clara Trueba de La casa de los espíritus, y de tantas mujeres extraordinarias que en su práctica del amor o en su búsqueda, son capaces de los hechos más bellos, poéticos y extraordinarios.
En una primera hojeada, De todas las mujeres pudiera pensarse que es un conjunto de historias breves sobre las conquistas amorosas de Milingo, el personaje central masculino, o más aun, habrá quien pudiese creer que De todas las mujeres es una compilación poéticas de las experiencias y recuerdos amorosos del autor. Pero no. Va mucho más allá.
Una pluma sensible y profundamente emotiva que excava en el alma de sus personajes; Una pluma que pretende deshojar los pétalos del alma femenina para encontrar su esencia. Lo que siente, lo que piensa, lo que hace vibrar su carne en el momento exacto del amor, cuando su alma y su piel tiemblan conectadas al cosmos y ya no hay pensamiento, ni sensatez, ni dolor ni alegría, simplemente la magia de existir, vibrantes con el poder de la creación, de lo eterno. No es en vano que sólo en este instante podamos multiplicarnos, duplicar nuestra fe. El amor nos redime, nos purifica, nos descubre.
Una pluma inteligente, que conoce el oficio de escribir, que es capaz de expresar lo que piensa. Llevarnos y traernos por las emociones mas insanas, como Virgilio en el infierno, que nos muestra sin miramientos, la pasión, el odio, los celos, la autocompasión, la codependencia, la depresión, la violencia, y nos la planta en frente sin misericordia, desnuda, horrorosa tal y como son esos sentimientos que nos acompañan, y que en un país como el nuestro, se multiplican, nos invaden por todos los costados y pretenden ser parte de nuestra cotidianidad, y lo son. El autor nos los muestra, escritor de su tiempo, para que no sigamos fingiendo la ceguera; y no dudo que al leer sus historias haya quien se diga así mismo, en acto puro de negación sicológica, que esas historias son las historias de los otros.
Una pluma culta, que conoce y ha leído a grandes escritores latinoamericanos y de otros continentes, que se ha nutrido y ha educado su sensibilidad poética en grandes maestros, que ha dirigido su vocación valiente hacia un oficio que no da de comer al cuerpo, que de sobra da al alma, a la conciencia de hombre, al compromiso de ser testigo de su tiempo, de dejar plasmada la historia común, en sus textos.
Nuestra realidad femenina no ha cambiado mucho desde mediados del XIX cuando Flaubert escribe Madame Bovary, o unos años más tarde Tolstoi escribe Ana Karenina, y aunque la violencia ha radicalizado su expresión, y en los países fallidos como el nuestro, se ha involucrado en todos los ámbitos de nuestras vidas, resulta decepcionante que las mujeres no hayamos logrado escalar en tantos años, suficientes peldaños para alcanzar la liberación de nuestro espíritu; que perduren sentimientos de frustración profesional, y en muchos casos no nos atrevamos a amar con valentía o a rechazar las relaciones que nos dañan. Desde el siglo XIX, hombres sensibles y generosos expusieron parte de nuestro dolor existencial.
De todas las mujeres, me atrapó desde su primera historia, Antonia; historia veloz, apasionada, breve. Describe un triángulo amoroso que desencadena en tragedia. El paisaje huracanado del puerto subraya la huracanada pasión de Milingo. La posibilidad de ver truncado el oasis de su amor…” Le gustaba oír su voz. Mirarse en los ojos negros, acariciarle el pelo negro y dormido que caía sobre los hombros desnudos…” (p.9), Milingo y su incapacidad de aceptar la decisión de Antonia de terminar su relación. Milingo egoísta, egocéntrico, de una inmadurez emocional que lo lleva a convertirse en un criminal, no le da oportunidad a Antonia de decidir que hacer con sus sentimientos, con su cuerpo, con su vida. Milingo, la toma al final, para aniquilarla. Y escuda su sentimiento de abandono “… - Así que me dejas “ (p.2) y justifica su incapacidad de amarla, porque sólo se ama a sí mismo y por eso no perdona que lo dejen, se justifica con un amor asesino. El texto termina poéticamente y con añoranza, añoranza que no tuvo Antonia oportunidad de sentir: ” …El viento y la lluvia tenían el color de la tristeza esa tarde, cuando se puso a contar lo que había pasado con su amor más importante, su Antonia de todos los días como siempre la llamó, la misma por quien escribe el diario interminable” (p.13) . Silvia, describe Samuel: “… Era una mujer Otoñal, en un puerto de mar limpio y tranquilo; playero y arenoso, chiquito y redondo, donde los viejos habitantes sacaban su sillón de mimbre, y se sentaban a las puertas de sus casas a refrescarse con la brisa de la tarde…” (p. 15). Aquí me detengo, para comentar uno de los aspectos más destacados de la prosa de Samuel. Además de poéticos y nostálgicos, sus textos son referencias históricas que nos describen en ocasiones a un Coatzacoalcos, que se fue, que no es el mismo y del que quienes lo vivimos y recordamos con nostalgia, guardamos el recuerdo. Nos describe calles, ambientes, paisajes, hitos, de tal modo, que nos revive un entorno del puerto arenoso y provinciano como marco perfecto a sus historias.
Silvia, voluptuosa, hermosa, femenina, erótica, despierta en Milingo adolescente la primera pasión, puramente carnal. El deseo sensual de tocarla, de perderse en sus carnes en el deseo de poseerla” …Desde esa lejana tarde Silvia me atrajo por su manera de mover la nalgas, que era como una señal para apretarlas con las manos, de igual modo sucedía con los jugosos pechos que exhibía entre mirones impunes. Para acá y para allá bamboleaba su cuerpo, y ella sabía que así vibraban las fibras escondidas de quien las viera…” (p. 16).
Sin embargo, además del deseo de Milingo expuesto en esta historia, Silvia, mujer, lleva a cuestas el enorme dolor de la traición y el inagotable deseo de la venganza “… Silvia se acostaba con el muchacho que le gustaba, ese era su vicio desde que el marido la había abandonado por una sirvienta…” “… -Es el gusto de ella que así se venga del marido.- me contaba Pilar y a mí en cada palabra suya algo se me iba rompiendo en pedacitos, sin posibilidad alguna de recomponerse algún día…” (p. 26). Silvia murió de cáncer en el pecho, paradójicamente, pechos que otrora exhibía orgullosa entre mirones impunes, murió pronunciando el nombre de un muchacho que entre muchos fue su amor furtivo. Oculto. Su Amor imposible.
La Lupe, Naranja dulce y la mala fortuna de su amor; Marysombra marcada por la tragedia, el dolor, la violencia. El amor y el dolor son una misma expresión para ella, van juntas, amalgamadas. Así creció, así fue llenando su disco duro hasta que como y tú y como yo, sólo actuamos por la programación de nuestra historia personal, de nuestra historia familiar, de nuestra historia social. Somos sólo eso, un reflejo, un holograma, una programación. Cuando decimos es mi vida y hago con ella lo que quiero. ¿Hasta dónde, incluso la rebeldía estaba programada? Marysombra duele, porque el dolor es parte de su programación, desde que aprendió a mirar, miró el deseo revuelto con la sangre, con el dolor, con los celos y hasta con el amor. No distingue. No sabe las fronteras entre los sentimientos. ¡Ay Mary sombra¡, cuántas veces te veo multiplicada en los rostros de cientos de mujeres, que creen que el sufrimiento es un predestino. El dolor las baña todos los días sin redimirlas; el maltrato, el olvido cada día las inmoviliza. Mary sombra. Orfilia y su destino de muerte prematura, Gabriela, gamberra, prostituta, meretriz, ramera. Rosaura del ángel y su amor prohibido. Yolanda y el tedio de su vida y de su amor, Mariel y por último Valeria y su triste historia de suripanta marcada por el abuso del padre desde niña. ”… De que otro modo, digo, Valeria, que la mejor puta fuiste tú…” (p. 91).
Doce historias de mujeres. No son los amoríos de Milingo, ni las tragedias de sus vidas, son los pedazos de historias que conforman la sociedad en que vivimos, los trocitos de vida que nos conforman como individuos, familias, y sociedad. No faltará quien se asuste, quien finja asombro, quien niegue que éste es el entorno real y palpable al que pertenecemos. El poeta, el escritor, nos pone el espejo ante los ojos, con una narrativa, vivaz, inteligente, bella, coloquial y poética, para que no finjamos demencia y como decía el amigo de un amigo cuando sacaba su retórica a dominguear: “No finjamos demencia y absoluta cretinez”. Estas historias son nuestras porque recrean nuestro amado Coatzacoalcos de una forma tan bella y tan poética; gracias por exponer la historia de tantas mujeres, de su dolor, su frustración y su tristeza a través de los amores de Milingo, como lo hicieron hombres sensibles y valientes desde el realismo del siglo XIX, H.D. Lawrence, León Tolstoi, Aleksandr Pushkin, Alejandro Dumas, y otros más. Libro excelente que refleja verdades de una sociedad que languidece en sus valores y me pregunto: ¿Qué esperamos para cambiar a la balanza de los buenos augurios, de la felicidad, del amor productivo, del respeto y de la realización? 􀀉

martes, 16 de febrero de 2010



SILVIA

Samuel Pérez García.



No hay otra forma de recordarte
Que escribiendo la historia de lo que fuimos.


De cómo fue mi relación con Silvia es lo que les voy a contar.
Ella era una mujer otoñal en un puerto de mar limpio y tranquilo; playero y arenoso como ninguno; chiquito y redondo, donde los viejos habitantes sacaban su sillón de mimbre, y se sentaban a la puerta de sus casas a refrescarse con la brisa de la tarde.
Cuando me enamoré de ella, yo era un muchacho de cabello largo y alocado por la música de rock, de Fratelos y bule bule, pero con una experiencia rudimentaria en lides de amor; en cambio Silvia, a sus años, sabía el temblor que su andar en los hombres provocaba.
La conocí en una calle aireada y silente como eran antes las calles del puerto, no como ahora, llenas de trompetas y de carros echando humo por cualquier lado. –Guapa la señora, -fue la expresión de un amigo cuando ella nos rebasó. Desde esa tarde, Silvia entró a mi vida y la abrió de par en par para dejarme su aroma de flores olorosas. Después supe que vivía en la calle Zamora, pero nunca más volví a verla sola por avenida alguna, salvo la última vez en que rechazó dialogar conmigo por eso que con ella me ocurría.
Desde esa lejana tarde, Silvia me atrajo por su manera de mover las nalgas, que era como una señal para apretarla con las manos; de igual modo sucedía con los jugosos pechos que exhibía ante mirones impunes. Para acá y para allá bamboleaba su cuerpo, y ella sabía que así vibraban las fibras escondidas de quien la viera.
Y a mí, precoz como había sido, me gustaban las mujeres de frente amplio y trasero grande, pues al verlas me provocaban la imaginación y mi hombría crecía sin remilgo alguno. Con el tiempo esa capacidad de imaginar fue decayendo, porque la práctica de tocar un cuerpo me llevó al hastío y encontré que todo es un mecanismo psicológico, que se va acabando del mismo modo como va muriendo el amor por la mujer que alguna vez se quiere. En aquellos tiempos mi experiencia era con las putas, y esas lo único que dejaban eran represiones, pues tampoco permitían lo que quisieras; ellas eran de “apúrate, que la casa pierde”. Así que con mirar a Silvia florecían esas ansias guardadas día tras día.
Ella se me fue metiendo a fuerza de verla por los entreclaros del portón de fierro de su casa; la observaba cuando andaba regando las flores del jardín en las tardes calurosas del puerto, en aquella vieja calle de Zamora, por donde hubo una escuela primaria, a donde íbamos por las niñas de sexto año. Sí, la misma donde Obdulia, después de tanto resistirse a que le llevara los libros, una tarde, sin más preámbulos dijo que sí, y yo contentísimo por su aceptación, había olvidado que la tarde anterior había fajado con una del mismo salón. Al enterarse Obdulia de lo que había hecho me negó la oportunidad de ser su novio, y adiós aceptación. Dejó de hablarme y ni siquiera el saludo contestaba. Fue cuando Silvia apareció.
Ella me gustaba de un modo diferente a las niñas de la escuela. Con éstas era el aprendizaje de Juan juvenil. Con la señora había una sensación distinta, cierta ansiedad oculta, cierto peligro que nacía porque Silvia era casada con un viejo ricachón, mucho más grande que ella, y según el decir de los amigos de aquellos tiempos, ya no paraguas con la carabina. Versión que la propia Silvia desmintió después. Con ella no, pero con la querida sí.
El mecanismo para empezar mi relación con Silvia fueron los preparativos de la fiesta de cumpleaños de una de sus hijas. Ella quería chambelanes para su quinceañera y los reclutó de mis amigos de la calle Zamora, eso me permitió entrar a la casa a mirar los ensayos. Pero no fue fácil establecer con ella un diálogo. Sus ojos no miraban a ningún lado, salvo a los muchachos que ensayaban los pasos de baile. Entonces pensé en buscar un puente entre la señora y yo. Ese puente fue Pilar, su sirvienta. A Pilar le caí bien y pronto entramos en confianza, lo cual me permitió preguntar algunos datos sobre Silvia: qué cuántos años tenía, qué cuándo era su cumpleaños, qué canciones le gustaba y todo aquello que me orientara por dónde abrirle el corazón, cerrado para mí pero abierto para otros de mi edad, según me enteré cuando mi relación con ella se había truncado.
– ¿Te gusta la seño? –me preguntó Pilar una tarde que platicamos sentados junto al portón de la casa. Y yo que ni tanto, que era un simple decir. Pilar era como de treinta años, muy abierta en su trato, con menos recato que la señora. En cada frase suya se mostraba un tono vulgar pero sincero, sin ocultamiento, sin ese doble sentido que a veces tienen las mujeres. Las pláticas con Pilar terminaban siempre con el nombre de Silvia en la boca, al grado que ella se iba con la sonrisa pícara de lo que me pasaba. Ese era mi juego, que ella sirviera de correo pero sin que yo se lo pidiera. Y me funcionó. Una tarde, sin aviso previo y sin haberle dicho que me consiguiera cita, Pilar me informó que la señora me esperaba a las nueve de la noche junto al portón de la casa.
– ¿Qué deseas saber de mí, Milingo? – me preguntó Silvia frente al enrejado. Vestía una bata roja, que adrede o sin querer, dejaba traslucir las ubres por las que yo sufría. Con una mano en la cintura y con la otra sosteniendo un cigarro que fumaba, Silvia me mantenía la mirada fija. En la penumbra, porque en aquellos tiempos, era escasa la luz en las calles, distinguía la blancura de su piel y el brillo de sus ojos negros. Miraba sus labios gruesos e imaginaba la sabrosura de sus besos. Cuando bajaba la vista me encontraba con sus pechos, y la suponía feliz cuando los hombres se los chuleaban.
–Lo que quieras saber de mí, pregúntamelo, Milingo –acotó con naturalidad, como si me abriera su puerta interior para fisgonear lo que había adentro. Esa forma suya de tratarme, me dio ánimos para una charla, que no llegaba fácil por la timidez que hoy todavía exhibo cuando estoy frente a una mujer bonita.
La calle estaba solitaria, calurosa. En aquella época Roberto Carlos era el cantor de moda y tenía una canción que se titulaba “Señora”, y que a mí personalmente me gustaba. De repente la canción se dejó oír de algún radio cercano y me sirvió mucho para la charla.
Sí, usted bien sabe/Que aquí es su lugar/Que sin usted consigo apenas entender/Que su ausencia hace a la noche prolongar/Si, hay tantas cosas que le tengo que contar /Cuando se calme el deseo y la pasión/Preciso de Usted para vivir…
– ¿Le gusta? –pregunté para salir de la presión que imponía su mirada.
–Es bonita –dijo- y soltó una bocanada de humo, haciendo alarde de una seguridad que la transfiguraba, y a mí me impedía articular algún pretexto sobre el acercamiento propuesto: entrar a su corazón y arrasarlo para ser solamente su único muchacho.
–Lo es… más usted –me atreví en un lance tan natural que pasado los años vuelve a sorprenderme cada vez que lo recuerdo. Porque en esa relación yo no fui el conquistador sino el conquistado. Pues aún no sabía que en este tipo de relación humana, es la mujer quien profiere la última palabra, y la dice cuándo ha decidido: esto es lo que quiero, entonces los hombres caemos en la cuenta de doblegarlas, sin embargo son ellas quienes imponen su criterio, hasta en la relación sexual: los que se hincan son los hombres, mientras que las mujeres nos esperan de frente y acostadas. Si bien después cambian los papeles, al inicio son ellas las de la voz cantante.
En respuesta Silvia me clavó la mirada. Pensé lo peor, pero no fue así. En lugar de eso, su voz se volvió dulce cuando dijo:
– ¿Gustas un trago? –fue lo que me preguntó en aquella noche de agigantada soledad, porteña y calurosa como ninguna. Recuerdo que musité un bueno, de tan leve que pareció un susurro de viento; nervioso frente a su boca de labios carnosos y rojos, brillando en la pálida luz de un foco. Enseguida dio la media vuelta, y fue cuando mis ojos se solazaron con su andar provocativo y las curvas que dejaba traslucir sobre la bata. Si algo sabía Silvia, era mover su cuerpo al gusto de quien lo mirara, porque ni para negarlo, conocía cuáles eran sus mejores atributos.
–Sígueme, -ordenó.
Atrás de la casa había un cuartito donde ingresamos. Había una cama y una silla colocada junto a la pared. Silvia se sentó en el borde de la cama, mientras que yo me coloque en la silla, ubicado frente a ella. Luego llamó a Pilar y le ordenó servir dos tragos. La plática –improvisada- versó sobre mis ocupaciones de estudiante en el tercero de preparatoria; nada importante como esos pechos que me absorbían la atención y la memoria. Ahora sus ojos no me interesaban, sino ese busto prisionero que reclamaba salir de su cárcel de tela. Estaban tan a la mano que no sabía qué hacer. Pero era más mi timidez que el arrojo, lo que me embargaba. Y Sudaba. Y mientras la mujer parecía sonreír en sus adentros por haber pescado bueno, a mí me daba la sensación de aparecer y desaparecer siempre en el mismo lugar, girando en vueltas incesantes como un tiovivo imparable. El silencio era el único reino posible ante la parálisis de la lengua y el corazón. Sus ojos sobre mí, sus labios brillantes en la tenue luz de ese cuarto de una sola cama. No sé cuando, pero estiré una mano, que en lugar de avanzar hacia sus pechos se desvío hacia una mejilla. Temblaba y sentía que el corazón me palpitaba atrabancado. Al contacto, sentí la tersura de su piel. No hubo pregunta alguna, ni queja; era como si me diera ánimo para atreverme a más que esa tímida caricia, aprendida en los bailes de la terraza de la ganadera de la calle Juárez y Carranza, cuando lo regenteaba el viejo chino Siu, quien alternaba su vida con restaurantes y periodismo. Los muchachos de aquellos años setenta, íbamos todos los sábados a la tocada o a bailar con la rocola y cuando no, volteábamos al Club de Leones hasta que todo se derrumbó con el paso de los años y nos fuimos haciendo hombres y separándonos para hacer vida aparte, cada uno en su pedazo personal y sin más nexo que lo reunido en una crónica ya difusa del viejo Puerto México.
Sucedió entonces que ella detuvo mi mano y se la llevó a uno de sus pechos. La metió entre la bata. Y me sonrió como para decirme, “No tengas miedo, Milingo”. Fue cuando la besé y conocí la frescura de su boca. Dueño de la situación sentí la redondez de los senos enormes al salirse del sostén. Eran dos melones blancos, rosados y tibios, rendidos ante mis dedos nerviosos y ante mi boca con lumbre. En eso estaba cuando Pilar tocó la puerta para ofrecernos los tragos preparados. Y se retiró.
Tomamos la bebida, mirándonos solamente. Intercalando a veces retazos de historias de cada quien. También un beso aquí y otro allá. Al terminar la primera copa, pidió otra para cada quien. Tal vez haya sido el licor o la confianza que me dio, que empecé a sentirme bien, dispuesto a meterme no solamente en su cuerpo sino en su corazón, porque Silvia, aparte de las putas que a veces frecuentaba, se convertía a partir de esa noche en mi primera victoria amorosa, crónica que fue anotada en la libreta de mis conquistas que después se acumularon, pero es esta, ahora cuando los años ya pasaron, la que todavía recuerdo con todos sus detalles.
–Espera –me dijo al retirarme las manos. Y se fue dejándome en el cuarto. En tanto Pilar regresó con las copas y me miraba pícaramente como si ya supiera desde mucho antes lo que seguía. Cuando Silvia regresó me condujo a su recamara. Entonces regresamos al abrazo y a la respiración profunda y agitada. Esa noche estrené a Silvia en la única posición que apenas conocía: la horizontal, y para comprobar eso que otros me habían contado saboreé sus otros labios, que me supieron a camarón mareño con dos o tres pelos pegados a mi lengua, mientras ella, acalorada, suspiraba tal vez por ese marido que se le había ido con la sirvienta, o quizá buscaba ese amor perdido en mis ojos encendidos de muchacho. Gallo como era en aquellos tiempos, Silvia me hizo repetir dos veces el mismo papel de amante nocturno en esa noche y otras que resultaron inolvidables. Después de la primera vino el conocimiento de su historia personal. Fue cuando supe lo que pasó entre ella y el marido. Ahora guardaban las apariencias de un matrimonio bien avenido. Entrar a su intimidad me hizo creer que entre ella y yo había algo más que la pasión natural de una mujer otoñal y un muchacho de dieciocho años. Imaginé una relación amorosa en cuyo centro estábamos los dos. Así fue como la señora se me fue metiendo por el cuerpo y en todo el pensamiento. Enamorado como estaba, no pude guardar la discreción que ella reclamaba. Ahora le hablaba por teléfono e iba más asiduamente a su casa, y cuando no la podía ver, me conformaba con mirar la luz prendida de su cuarto. Pero si no había nada de eso, entonces la desesperación me crecía con tal fuerza, y no me calmaba hasta no verla. Fue cuando esa canción de Roberto Carlos se convirtió en parte de mi vida.
El frío entro en el cuarto que fue suyo y mío/ por la ventana abierta donde yo miré/ en la espera inútil más usted no apareció/ usted ya me olvidó / y yo no veo como hacerle a usted hoy recordar/ las tantas veces que le oí decir/ que yo era todo para usted…
Un día le dije:
–Te voy a traer serenata y te voy a cantar la canción de Roberto Carlos.
–No te atrevas –me detuvo terminante. Pero no estaba ya en condiciones de oír sus quejas ni de parar mi corazón desbocado, y una noche, después de unas cervezas, fui con dos amigos que sabían tocar y cantar y llevé la serenata. Le cantaron /Usted es la culpable/ de todos mis quebrantos/ de todas mis angustias/ Usted llenó mi vida/ de dulces inquietudes/ de los “Tres diamantes” y “Señora”, la canción de Roberto Carlos, pero para despistar, a las hijas también le cantaron esa de Joan Manuel Serrat que decía Ese con quien sueña su hija/ ese ladrón que os desvalija de su amor /soy yo señora. Por eso al otro día las hijas pregonaron que la serenata había sido para ellas, aunque no sabían a quien en especial ni quién había sido el autor. Pero aunque Silvia sí lo sabía, su reacción fue desconcertante, pues comenzó a manifestar indiferencia ante mis reclamos. Cuando llegaba a los ensayos acompañando a mis amigos, me eludía observando los pasos de baile de los chambelanes con sus parejas. Cuando mis ojos la encontraban, ella volteaba a ver para otro lado. Usaba el teléfono, pero Pilar respondía con la consigna de que la señora no estaba. Entonces comencé a desesperarme, a mirar aridez donde había vergel, a sentir en la carne una herida profunda de amor temprano que no sabía cómo resolver. En aquellos tiempos sentía que ese sufrimiento amoroso era muy mío y era tan único que nadie me podía ayudar, salvo que Silvia abriera las puertas cerradas de su corazón. Pero lo cerró a ladrillo y cemento, que ya nunca volví a platicar con ella, pese a mis esperas furtivas desde la esquina de la casa. Cuando la divisaba en el portón, iba a su encuentro, pero cuando ella se daba cuenta se metía. Me esquivaba a propósito. Así había sido hasta que una tarde la encontré sola fisgoneando en un aparador del centro.
– ¿Puedo hablar contigo? –le dije con una voz apenas audible, débil, nerviosa. Ella se chupó los labios. Me miró.
– ¿Dónde?
Enfrente de donde la había encontrado estaba El Volare. Un restaurante de la tercera calle de Juárez, ubicado en la segunda planta de un edificio. Así que subimos a tomarnos un café. Ahí en la terraza del restaurant, frente a una taza de capuchino supe la verdad, que en ese entonces la sentí como un filoso puñal abriéndome en canal.
– ¡Sábelo, Milingo, no te quiero, nunca te quise!
Fue lo que me dijo, después de mi declaración de amor. Sentí tan duras sus palabras que hasta un sabor amargo en la boca me causó. De pronto me sentí habitante de un inhóspito paraje. Solo, triste y abandonado. Recuerdo que esa vez Clayderman tocaba Balada para Adelina, cuando ella –sin importar cuán herido me sentía por su desprecio-, se paró y me dejó con la mirada puesta en los paseantes y mirones de aparadores, que esa tarde llenaban las aceras de la calle. Ahí me quedé mucho rato tratando de entender qué era lo que había pasado entre Silvia y yo. Cuando ella cruzaba la calle miré el río de gente que con pasos rápidos o lentos iba y venía, también imaginé que en las caras amorfas de esos transeúntes se pintaba todo el color de mi tristeza.
Metido en esa crisis amorosa un día me encontré a Pilar que iba al cine, y se me ocurrió acompañarla. Entramos al cine Puerto. Sin saber lo que sobrevendría, nos sentamos en una fila de la segunda planta, bastante atrás. Lógicamente –herido como andaba y solitario- no vi la película teniéndola tan a la mano. Pero ahí no había más gusto que el matar la soledad a palos y no un aposento de la delicia y el remanso que Silvia era capaz de darme. Tan destruido andaba que no veía quien me la hizo sino quien me la pagaba. La sorpresa vino en el intermedio. Silvia estaba en la fila de adelante acompañada de un muchacho desconocido. Hubiera querido hacerme invisible, pero mi ruego no funcionó. Ella volteó y nos encontramos frente a frente. Cuando Silvia nos vio clavó en ambos una mirada fulminante, que luego pasó a la indiferencia: se rió con su acompañante y lo abrazó más.
Al salir del cine no hubo más que concluir lo que durante la película habíamos empezado. Y nos fuimos a un hotelito de la calle Malpica. Ahí, tristón y desganado, le hice el amor a Pilar, pero fue una acción más por salirle al paso que por deseo. Ni ella ni yo imaginamos la verdadera reacción que devino al siguiente día. Cuando Pilar se presentó a trabajar, Silvia la corrió sin más concesión que el tiempo justo para guardar su ropa y salir de la casa. Eso me contó ella al siguiente domingo que nos encontramos en el parque de aquella ciudad pequeña, redonda y arenosa que era Puerto México.
También me dijo algo que me marcó para siempre en ese andar con las mujeres:
–Quien sabe qué número fuiste en su lista personal, Milingo –comentó esa noche cuando el amor se me develó frustrante, porque sin saber sufría lo que antes le había hecho a otras muchachas que me habían considerado el amor de su vida, y yo, creído, les había negado la oportunidad. Silvia se acostaba con el muchacho que le gustara, ese era su vicio desde que el marido la había abandonado por una sirvienta. Esta historia del gusto personal de Silvia se corría en aquella vieja camada de amigos de la Zamora, pero no lo creía porque cuando lo supe ya estaba prendido por su corazón, y como se sabe, “corazón enamorado, pendejo corazón”.
–Es el gusto de ella, dice que así se venga del marido. –me contaba Pilar y a mí en cada palabra suya algo se me iba rompiendo en pedacitos, sin posibilidad alguna de recomponerse algún día.
– ¿A poco creíste que tú eras el único?
Cada palabra, cada frase llevaba el dardo afilado que laceraba con la cruda realidad, que en aquellos años no avizoraba porque no tenía experiencia ni malicia. Lo que me llegaba parecía limpio, bueno, sincero a morir, pero no era así. Entonces el modo como sucede va cambiando el pensar y el sentimiento, lo va moldeando para pagar después con la misma moneda, pero no a la que nos hiere sino a la que vendrá. Era cruel lo escuchado que no acertaba a decir nada. Simplemente pensaba en la herida fresca por el arañazo de ese amor primero con una señora otoñal y la cifra que fui en sus noches de soledad: el tercero, el noveno, el enésimo, el número nunca supe cuál fue. Ni tampoco si fue su cuerpo o el amor de su corazón lo que más me gustó. Eso no lo supe nunca, pero de lo que sí me enteré después es que mi relación con ella había sido tan fuerte que nunca se me fue de la memoria, y cuando recuerdo esos hechos tengo la impresión de haber ocurrido ayer y no cuando tenía dieciocho eneros cumplidos y era un muchacho de cabello largo y Puerto México tenía unas cuantas calles, dos cines, un parque con su quiosco, una Iglesia y una escuela secundaria y preparatoria, no como ahora tan lleno de carros y gente desconocida, asaltos y muertes horrendas que ya no sé cuál es la vida que me espera.
Después de ese mal episodio de mi vida me fui a Jalapa a continuar mis estudios. Pasados los años regresé de nuevo. Puerto México ya era una ciudad moderna y la calle Zamora estaba pavimentada. La casa seguía en el mismo lugar pero Silvia ya no estaba. Fue una amiga mía, que sin querer resultó pariente de ella, la que me contó otra parte de la historia personal de Silvia: Había muerto de cáncer de pecho y se había distinguido por ese gusto exclusivo por los muchachos.
–Hubo uno que por haberse enamorado de él, hasta en su muerte lo recordó –dijo mi amiga. Le pregunté el nombre, pero no pronunció el mío. Otro había ocupado el lugar al cual aspiré. Sin embargo, oír eso de Silvia me abrió las puertas del recuerdo y me motivó a escribir la historia de mi amor por ella, cuando apenas era un muchacho imberbe, cabello largo y reventonero, enamorado de mujeres como Silvia, ahí en la esquina de Zamora y Bravo en aquel lejano Puerto México, redondo y playero, lleno de dunas y nopales, chiquito y querendón como ahora, pero mejor, tal vez ahora otras Silvias ya nacieron y otros muchachos mejores repitan esta mis ma historia.



jueves, 31 de diciembre de 2009


DE DUENDES Y CHANEQUES EN ACAYUCAN

Germán Rodríguez Filigrana.
(1933-2009)

En 1890 era un niño, pero ya cuando adulto, fue muy conocido don Jacinto Fonseca, quien nos contaba que en su época infantil, jugaba con Pánfilo Vergara y otros vecinos suyos en lo que hoy es la calle cinco de mayo, en esa parte donde dicha calle formaba esquina con Moctezuma.
En ese lugar jugaban al encantado. Eran varios amiguitos que corrían a lo largo y ancho de las calles, ya que había muy pocas casas. Esto era normal todos los días. Como a las siete de la noche llegaban dos niños desnudos que pedían jugar, y desde luego, eran aceptados de inmediato. Así transcurrían las horas, lo raro es que los conocidos por más que corriéramos no se dejaban agarrar, a “esos niños desnudos jamás podíamos agarrarlos”, decía don Jacinto. Y aún más: “cuando ya íbamos a terminar el juego, bien entrada la noche, casi se dejaban agarrar, pero a punto de hacerlo, los niños desaparecían como por encanto.
Esto lo platicó varias veces don Jacinto a su sobrino don Eligio Fonseca Vázquez – y mi tío decía que estos niños eran chaneques – me contó.
Don Eligio me seguía platicando, que cuando estuvo en la escuela “Guadalupe Victoria”, en la época cuando Acayucan todavía era cantonal, por el año de 1915, se corrió el rumor en todo el pueblo de que en el legendario Temoyo, tradicional lugares de manantiales dentro de lo que hoy es la ciudad de Acayucan, aparecían chaneques y chanecas.
–Así se decía y se afirmaba con insistencia. Hasta que un día invité a varios niños a ver si veíamos o oíamos algo, y nos fuimos a Temoyo. Ahí había una casita abandonada, era un jacal en donde nos dijeron que estos misteriosos personajes aparecían; en el camino de la escuela a ese sitio de leyendas, el grupo de niños íbamos echando relajo, pero ya cuando estábamos frente a la casita encantada, todos guardamos silencio, las niñas de otra escuela que se nos unieron para esta aventura, no querían entrar, pero todos armándonos de valor penetramos lenta y sigilosamente, eran como a las dos de la tarde de ese día. Ahí estábamos todos en silencio; habían pasado como cinco minutos por lo que yo pensé que todo era mentira lo que se decía de la casa, pero de pronto –Zas, Zas, Zas, nos empezaron a llover los “molcatazos”, que provenían de arriba de un tapanco que había en el jacalito. Y todos dijimos “patas pa cuando son”, salimos huyendo despavoridos, jurando no volver a Temoyo a desafiar a los chaneques.
Así me lo contó don Eligio, y por si usted no lo sabe, mi estimado lector, un molcatazo es un golpe dado con un molcate o sea, con una pequeña mazorca, según el lenguaje de la región.
Los Chaneques son personajes de la mitología olmeca y se creía que eran seres muy pequeños, protectores de las milpas y otros sembradíos. Al parecer son los mismos que el pueblo en los últimos años ha llamado duendes.
En Acayucan se ha hablado mucho de los chaneques en su versión femenina o sea de las chanecas que cuidan los montes y “encantaban” sobre todo a los hombres a quienes hacían perder los caminos rumbo a las milpas o en su retorno al pueblo.
Volviendo con los míticos chaneques en nuestra ciudad también se ha hablado mucho de los duendes desde la década de los veinte para acá, como seres pequeños que cuidan las casas abandonadas donde habitan y juegan en los patios de las mismas. Algunas personas dicen que hasta en las casas donde hay familias han escuchado extraños ruidos, risas infantiles y se los atribuyen los duendes.
Así platicando en estos días de diciembre de 1996 con el popular Raúl Matus me dijo lo siguiente:
“Cuando yo era niño jugaba mucho en el patio de la casa de doña Rudecinda Salomón, que estaba ubicada donde hoy está la casa de huéspedes San José, en la calle Guerrero, ahí entraba yo a robarme las frutas, ya que había muchas naranjas, guayas, limón dulce y jicacos, chicozapotes y otras. Un día penetré hasta el fondo del patio y me dirigí hasta donde estaba el palo de mango chongolongo, pero de pronto vi a unos niños desnudos que andaban jugando debajo del árbol y uno de ellos estaba saboreando un mango bien maduro, yo me escondí detrás de unas matas de plátano pa’que no me vieran, pero como demoraban mucho, dije chinguen a su madre, aunque estén ahí yo voy a comer mangos maduros, y pa’su mecha, cuando llegué debajo del palo de mango chongolongo, no había nadie, pensé que los chingaos chamacos se habían encaramado al árbol, me fijé arriba de todas las ramas y brazos del mango y nada, no estaban y “huye conejo” vine a parar a mi casa y mi mamá me roció un buche de agua pa’que se me quitara el susto. Y me dijo: ¡ya ves, eso te pasa por andar robando mangos¡ Te asustaron los duendes, así finalizó su relato del famoso “manos de oro”, Raúl Matus Cordero.
Algunas personas dicen que los chaneques o duendes son pequeños, alegres y risueños, que inclusive, se confunden con los niños cuando juegan sobre todo en comunidades rurales. En la ciudad se ha dicho que habitan en casas abandonadas



EN MEMORIA DE GERMAN RODRIGUEZ FILIGRANA.


Samuel Pérez García.

La muerte llega tan imprevistamente que a todos coge con las manos en la masa. El 29 de diciembre de este año llegó al domicilio de Germán Rodríguez Filigrana y se lo llevó entre cuentos, decires, poemas y rescate cultural de la Historia de Acayucan.
Don Germán Rodríguez fue un activo promotor de la cultura, de la escritura literaria y del rescate de la memoria histórica de la ciudad de Acayucan. Fundó un grupo denominado Historia, Conciencia y Movimiento, cuyo propósito, entre otros, era rescatar la historia de su pueblo, y eso lo condujo a fundar en el papel y en los hechos, la Casa de Cultura de Acayucan, que, durante muchos años trabajó en la Casa del Comisariado Ejidal, aunque también realizaba sus actos en la segunda planta del Palacio Municipal.
Cuando todavía no existían oficialmente Casas de Cultura en el Estado de Veracruz, Acayucan contaba con la suya, aunque no físicamente, sino un movimiento de promoción de la cultura mediante el cual, la ciudadanía sabía de bailables, crónica histórica, huapango y encuentros poéticos memorables, como aquellos que Germán Rodríguez y otros entusiastas llevaron a cabo en 1987 y 1991, así como otros menores realizado a favor de la poesía.
La anécdota que sale a colación en esta perseverancia de don Germán es que cuando había que apoyar con la cena o los refrescos a los visitantes que venían a actuar o iba el ballet de la Casa de la Cultura de Acayucan a alguna ciudad de la región, era él quien sufragaba de su bolsillo lo necesario para que el evento se llevara a cabo. Lo daba todo por la cultura, aun cuando los políticos del ayuntamiento le negaran su apoyo. Así se movía Germán, tocaba aquí y allá, recibía lo que podía, y cuando no le daban lo que faltaba, sacaba la cartera y sufragaba el gasto necesario.
Durante muchos años las oficinas de la casa de cultura estuvo ubicada en su consultorio de Radiología, ubicado en la calle Guerrero casi esquina con Moctezuma. Ahí lo conocí en 1985, cuando impartí unas clases de poesía en esa Casa a un grupo de aspirantes a poetas, que luego se autonombró SOMBRAS DE LUZ, y en el cual participaron entusiastamente Rubén de Leo Martínez, Francisco García Hernández, María Elena Baruch, Alberto Velazco, Pedro Suriano y otros que ya no recuerdo. Los tres primeros, a su manera, han conseguido algunos reconocimientos por su dedicación al ejercicio de la escritura literaria. Lo lograron por un factor que es necesario destacar: en primer lugar, que haya habido un centro y un hombre que se diera a la tarea de difundir la creación literaria, y ese centro y ese hombre fue Germán Rodríguez Filigrana, quien le ponía empeño a su tarea como si en ello se le fuera la vida. Sin ese eje aglutinador que en materia de cultura expresó en sus buenos tiempos Germán Rodríguez Filigrana, ellos no hubieran nacido literariamente, o por lo menos, hubieran tardado mucho más de lo que imaginaban. El edificio de la Casa de Cultura que hoy existe en Acayucan esconde una historia que debía rescatarse y que ahora señalo: sin la labor de Germán, y otros que lo acompañaron, a veces de frente, a veces de soslayo, no existiría en Acayucan ninguna Casa de Cultura. Germán la representaba y la promovía sin buscar más allá que colocar al frente dos palabras: Cultura y Acayucan.
Y es que una ciudad sin cultura, es una ciudad en harapos. Y en aquellos tiempos de la década de los setenta y todo lo que va de los ochenta y noventa, todo lo que tenía que ver con la cultura lo expresaba Germán Rodríguez Filigrana. Justo sería reconocer también las ideas de Eva Ochoa, Romeo Bejar, Eva Vela, Modesto Peña Jara, Artemio Cruz y otros tantos que, de algún modo, hicieron su parte por amor a la cultura de su tierra natal, cultura que todavía no se vende ni se compra, se sigue mendigando frente al poder político, cuya forma de mirar el mundo es estrecha, de soslayo y hasta de fuchi. Sea hombre o mujer, pariente lejano o consanguíneo, en esos que llegan al palacio la cultura no les entra ni con calzador, por esa razón mantuvieron en los últimos años en el olvido a don Germán, hasta que la muerte acudió en su auxilio para su eterno descanso, y ahora los gobiernos municipales podrán pelearse la titularidad de la cultura sin la sombra del radiólogo.
Quisiera recordar esta anécdota que viví con él cuando se publicó mi libro Oluta: Memoria y Recuerdo. Después de la presentación de la obra, que se había dado el 23 de junio de 1989 en Oluta, Germán nos invitó a cenar a mí y a Francisco García, el minipoeta como le decíamos en ese entonces, cenamos unos tacos en La Parrilla que hubo donde hoy es el Hotel del Parque. De ahí lógicamente, continuamos la velada literaria en el famoso tugurio de La Quinta. Cuando llegamos, como era día de entresemana, no había clientela. Pedimos una botella de Don Pedro, pero al calor de las copas y la soledad que nos embargaba, incité a que llamáramos a un güera que estaba sentada en la barra. La mujer vino en el acto y la senté a mi lado. Pero no era una prostituta cualquiera: para empezar era de cabellos rubios, piel blanca, alta, y cara agradable. Cuando llegó a la mesa lo primero que dijo es que me conocía. Supuse que a lo mejor me había visto en alguna cantina de esas que hubo en el barrio uno de Oluta, pero no. Se puso a recordar y me dijo que había visto mi cara en un libro que vendían en un expendio de revista que había en la calle Victoria, por el palacio municipal. En efecto, se trataba del libro que acabábamos de presentar esa noche, que ella había hojeado y que luego dio muestras de tener un conocimiento literario sin igual que nos llevó a terminar recordando a Mario Benedetti, también recientemente fallecido. Por poseer esas cualidades culturales, toda vez que se dijo antropóloga y chihuahueña a quien se le había acabado el dinero y era la razón por la cual estaba ahí, a mí se me olvidó que el propósito de haberla traído a la mesa no era para charlar de literatura, sino para otros menesteres propios del lugar. Pero por meternos al rollo literario, el avieso motivo quedó relegado y las horas se pasaron hablando más de literatura que de la corporeidad y sus pasiones. Al concluir la botella decidimos emigrar de La Quinta y prometí volver y no darle tantas vueltas al asunto. Pero en la siguiente semana me llegó la notificación de mi amigo Mario Romero, quien me ofrecía un trabajo hasta Lázaro Cárdenas, en Michoacán, y allá tuve que irme dejando sólo a Ivonne Blachete, que así dijo llamarse la güera de La Quinta. Regresé a los seis meses y al llegar mi primera visita fue ir al tugurio, pero ahí mi informante, me dijo que la güera que buscaba, un ranchero se la había llevado a vivir con él.
Ahora, después de muchos años, es bueno recordar las historias que se construyen con los amigos. Y esta es una parte de la que viví con Germán Rodríguez Filigrana, cuando él era Radiólogo y promotor cultural en una ciudad donde solamente había yermo y arena; soledad e incomprensión; habladurías y política rascuache, propia de un pueblo ranchero y caciquil como ha sido Acayucan, adonde a Germán le tocó la suerte de vivir y porfiar por la cultura. Los que aún quedamos en esa tarea lo despedimos con el honor y el respeto que se merece un hombre perseverante y claridoso, como él lo fue. Descanse en paz.