jueves, 23 de junio de 2011

De Orlando Guillén a Sonia García.

 
Orlando Guillén 


Ayer presenté en la librería Documenta de Barcelona Tiempal Libro de pinturas (Ediciones El Viaje y C&F ediciones, Guadalajara, México, 2010). Me acompañaron los poetas Enric Casasses y Bruno Montané, catalán y chileno en ese orden, y la periodista mexicana Sonia García García.
Pues bien: en honor a su oficio, como no podía ser menos, Sonia me envió, para preparar su intervención, este correo electrónico punzantemente cargado de interrogantes:

He estado leyendo tu libro y para la presentación me gustaría que me respondieras algunas «preguntitas».
Primero, por qué escribiste estos poemas y para qué. Ya sé que la poesía no tiene un fin, pero creo que es una forma de descargar emociones.
No es una poesía agradable, desde luego; qué quieres decir con ella.
¿Por qué la mezcla de tipografías diferentes? ¿Quizá es lo que da nombre al libro de pinturas?
Mezclas y construyes nuevas palabras, rememoras canciones de la infancia..., ¿por qué?
He tenido que recurrir al diccionario, inclusive para la definición de Tiempal. ¿Qué buscas provocar en el lector?
Pienso que eso me ayudará a presentar este nuevo volumen.

Mis respuestas fueron las siguientes y las comparto hoy con los lectores de poesía, si bien advierto que no son exhaustivas y los alientos de Quetzalcóatl y Tezcatlipoca quedan al espejo humeante de la lectura de cada quién:

Lo primero: no se trata de «poemas». Tiempal no es una colección de poemas reunidos a partir de lo temático o lo cronológico o lo estilístico en busca de identidad o unidad que formen libro.

No niego que otros escriban así, incluso con mejor fortuna que yo, pero no es mi caso. Tiempal es un solo poema, un canto. Nada nuevo bajo el soy. La vida es un solo poema. Esto es una constante en mi escritura desde Versario pirata, que es un libro de mi juventud. Es el desarrollo espiritual de un asunto que ahonda una visión de vida, muerte, amor y mundo a lo largo del tiempo cósmico y en y del tiempo humano.

Tampoco es «por qué escribí este poema» la cuestión sino por qué escribo, que es tanto como preguntar por qué nací o por qué estoy vivo. Escribo poesía porque nací para el canto. A escribir bien o mejor, se aprende. A cantar no. Naces con el estigma puesto. Que lo desarrolles o no ya es otro cantar.

Cantar de gesta.

Entendámonos: todo mundo en condiciones normales puede correr. Los atletas aprenden técnicas instrumentales. Pero no todo mundo ni todos los atletas rompen la barrera de los 10 segundos en los 100 metros planos. Hay sin embargo quienes andan muy cerca de eso de manera natural y si se entrenan conoceremos sus alcances. Así la poesía. Todo mundo en condiciones normales puede cantar. Aprenda técnicas o no, no todo mundo será Caruso. Hay quienes sin embargo, como Llanito en los patios de mi infancia en Acayucan, si hubiera conocido técnicas quién sabe a dónde hubiera llegado... Es misterio y maravilla.

Decir que nací o que estoy vivo por la unión espermovular patermaterno es descripción de superficie, y superficie es territorio de lo obvio. No explica por qué nací o estoy vivo sino consigna mis maletas en el tren de la vida y de la muerte. Pero Grullo es físico, «científico». Su asunto es exterior y descriptivo de masas y volúmenes. La ciencia de lo físico se agota en sí misma en cuanto omite o niega o ignora que masas y volúmenes, dimensiones y tiempo son seres vivos dados y no simples presencias o apariencias. Vinimos de lo Oscuro como especie y las cosas del Todo cósmico y puntual al que engrosamos ya estaban ahí. La poesía es inmersión, altura y expansión de lo que existe en lo que existe y permanente respuesta humana al reto del misterio. Dios también es una respuesta, pero una respuesta por absoluto al misterio concreto del Origen. Por eso es verdad de fe, optativa por tanto y paralítica de la inteligencia.

Porque no sólo el Origen es misterio, yo prefiero la respuesta que es muchas respuestas de la poesía en la medida de lo humano. Se escribe para el misterio, del misterio, por y para, de y en el misterio para darle y darnos sentido y son nuestros instrumentos el amor, la belleza, la verdad, el sueño, la vida y la muerte y las huellas puras y terribles del espíritu. Si algo somos, somos poesía.


No. Mi poesía no es «agradable». Ni «desagradable» tampoco. Lo uno y lo otro no son categorías estéticas. Escrita con las sangres del pensamiento y del sentimiento y con grandes cuajos de realidad que de la realidad arranco viviendo y que aíslo para integrarme, desintegrarme y reintegrarme a ella, mi poesía es bella y real contundente, no realista (que eso es etiqueta de los «críticos» y ellos sabrán lo que quieren decir con ella). La poesía no es ese grado de lo terrible que todavía podemos soportar que Rilke asignaba a la belleza sino aquel que no podemos soportar sin transformarnos. El poeta lo soporta. La poesía invita a los demás a soportarlo. En realidad, cuando estamos frente a la poesía verdadera, la poesía es terrible e insoportable como la realidad misma y la belleza única.


Estructuralmente, Tiempal es un libro escrito en espiral y por razón concéntrica su movimiento es remolino. A ello obedece no sólo su dispersión tipográfica sino su ir y venir convergente de la imagen, de modo que principio y fin son un solo movimiento en el tiempo y una sola metáfora. La realidad sucede en el tiempo y el tiempo en la realidad.


Gracias, Sonia, por enviarme a la academia. Yo creía que la palabra me la inventaba sin antecedentes de ese tipo. Pero no. El diccionario RAE (que dista mucho de serlo completo si atendemos a su hoy difunto gran látigo de sus miserias Nikito Nipongo, a cuya memoria me complace rendir homenaje), recoge una de las dos acepciones que mi título Tiempal impone: aquella que se refiere a un largo período; la otra, la que sí me es propia, es el sentido de lo relativo al tiempo. De ambas cosas trata Tiempal a partir de la concepción del tiempo naua preazteca asentado en Aztlán, según el cual surgen o nacen simultáneos el tiempo y la luz. La realidad, el tiempo y la luz originarios, el paso de la vida, la muerte y otras yerbas de amor y de sueño en el mito como realidad y en la realidad como mito son el asunto y el canto de mi propio paso individual y colectivo por la actualidad incesante de la historia, que es día aunque nos la quieran hacer noche los cretinos. En Tiempal, finalmente, el amor y yo somos simultáneos y de la mujer mi día.

Y en cuanto toca al subtítulo Libro de pinturas, te diré que no sólo significa materialmente los códices de nuestra herencia mexica sino la identificación de la realidad como libro de pinturas de los dioses en la gran poesía naua clásica. Es la naturaleza trágica de lo que implica este verso, que cito de memoria: Sólo estamos pintados en tu libro de pinturas. Es decir: somos ilusión de paso en el libro del cosmos, en el libro de pinturas que es la realidad; desapareceremos, seremos borrados al gusto de los dioses.


Mi poesía no busca provocar nada en el lector. Mi poesía es. Un hecho simple de poesía esencial como una cucaracha o como una rosa o como un hijo. En todo caso, provoca lo que provoca todo aquello que es. Y sí, descarga emociones, pero también sensaciones y toda palabra que venga de la boca de la bestia o de los belfos de los caballos sin boca.


Jugar con las palabras es eso: re-crearlas, cargarlas de nuevos sentidos de vida de su peso primigenio. Yo escribo siempre en el Acayucan abstracto y sentimental que revierte Utopía mi lugar de nacimiento le dije a pregunta expresa a José Luis Ortega, otro amigo periodista, veracruzano como tú o como yo. O sea, para ser precisos: yo escribo siempre desde mi infancia y su ropaje en canción es música de mi idioma natural. Nada más natural para una niñez de espíritu que jugar al juego de pelota. Pelota de sangre, luz, fuego y tiempo.


[B. 17/6/2011]      







miércoles, 13 de abril de 2011

Lucía Deblock

ALGO ME DICE TU SILENCIO.

Samuel Pérez García
Universidad Pedagógica Nacional


Muchas mujeres miden la soledad que las circunda frente al otro, que puede ser su amante, esposo, o amiga; tal vez la puta que a cambio de dinero, le hace a Flavio recordar cómo era la Fabiana cuando niña. Lo anterior, viene al caso por los ocho cuentos que integran Algo me dice tu silencio de Lucìa Deblock, donde la autora se muestra como una escritora lista para realizar grandes obras literarias,  pues tiene imaginación y  habilidad para decir las cosas que quiere expresar, mediante la voz de sus personajes.
La obra no trata de defender una posición política, tan de moda en estos años, en que las mujeres reclaman igualdad con los hombres, hasta para lavar los platos de la cocina. A Lucía no parece interesarle eso. Ella se entrega a la escritura, e inventa historias de mujeres solas, que muerden el lienzo de la soledad y se aferran como el náufrago a su madero; pero contrario al náufrago, que tiene la esperanza de que un barco lo rescate, Lucía no tiene esa esperanza, ella sabe que por encima de lo que diga o escriba, nadie vendrá en su ayuda, salvo la propia escritura, a través de la cual se entrega y construye con ello la otra vida que no tuvo, o que a lo mejor vivió tan intensamente, que fue necesario escribirlo para que ella se sintiera desahogada de tantas espinas internas.
“Si alguien sabe de la orfandad, esa soy yo, que no tuve padres”, fue lo que la autora confesó en su participación durante la presentación de este libro, que tiene la virtud de sorprender a quien lo lee. Sorpresa en dos sentidos. El primero porque no creía que la autora tuviera esa pulcritud para tejer historias en que los personajes centrales, son mujeres que sufren en la cotidianidad de vivir; el segundo, porque al presentarlas frente a un público, que de narración sabía e lo que el marino sabe de pintura, no había más que desearle lo mejor a quien –sin saber lo que le espera- viene a Coatzacoalcos a presentar un libro, donde sólo encuentra un reducido público, que asisten más movidos por la amistad o por “el que dirán si no voy”, que a degustar de un texto que, a todas luces, bien se mereció el aplauso imaginario de otros escritores, a quien, aunque no estuvieron presente, supongo les hubiera gustado escuchar y leer a doña Lucía.
Los ocho cuentos que la escritora nos presenta, sin embargo, no siguen la lógica tradicional de planteamiento, desarrollo y desenlace inesperado, por lo menos en este último punto. Los cuentos de Deblock buscan describir el estado silente de sus personajes, la condición de abandono y sufrimiento de las mujeres, que habitan esas ocho historias. Desde el personaje de “Anoche” hasta la Matilda de “Amarillo estelar”, Lucía Deblock no presenta otro rasgo de sus personajes femeninos: la pasional Sabina, dispuesta a sufrir por Emiliano, a cambio de las migajas de ternura que éste podía brindarle. Se dice: “Sabina estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para ayudarlo a completar la blandengue erección”; pero también su odio: “ahora, sencillamente, sentía por él un profundo desprecio”. Pero también a una Fabiana, cuyo perfil es una muestra más del dolor y la soledad existencial: “a la distancia, él la contemplaba huyendo del dolor que le arrancó la infancia de los ojos. “Él se mantuvo a la orilla de su dolor, se paseó cerca, cuidó su angustia con silencios, vigiló sus primeros sueños hasta que recuperaron la docilidad nocturna…”
De los ocho, el cuento que más me interesó por la atmósfera que circunda la historia, fue “La reconstrucción del amor”. Una historia que oscila entre ternura y erotismo, entre pasión y conmiseración por la suerte de Fabiana o por los recuerdos que hostigan a Flavio en su relación con ella, cuando era la “pequeña huérfana que cargaba ya con una profunda conciencia de la muerte” y él, apenas tenía veinte años. Y contra quienes pudieran pensar, que el cuento persigue una reclamo a la pederastia, decimos que más que eso, lo que pretende la autora es recrear esa relación íntima entre un Flavio adolescente y una Fabiana infantil, y por eso, expuesta a la suerte de su destino, en donde ella será principio y final de lo que Flavio deberá hacer después para recordarla. Por eso  se auxilia de la puta, quien debe ponerse el camisón rosado que Fabiana usaba, bañarse y salir del baño con la misma pregunta que Fabiana le había hecho alguna vez: -¿Y mi abuelita Mima?, porque él, desde esa ocasión se propuso hacer suya a esa niña, que sin saberlo, le producía los más inquietantes sentimientos: pasión y ternura, conmiseración y amor, todo al mismo tiempo en las entrañas de su cuerpo. Por eso, a los cincuenta, esa relación sigue vigente en la memoria como un suceso que le exige repetir la historia una y otra vez. Y para lograrlo llama a Lola, la puta que le ayuda a reconstruir esa fantasíam donde revive el recuerdo de lo que pasó.
Un buen libro de Lucía. Ojalá que tenga muchos lectores inteligentes que sepan valorar su tarea de escribir.



viernes, 1 de abril de 2011

Charla en torno al libro Éramos muchachos.

         LITERATURA Y SEXUALIDAD.


Samuel Pérez García


Esta charla podemos titularla Literatura y sexualidad. A propósito de éramos muchachos. Debe ser así porque el libro que tengo en mis manos tiene como eje central la sexualidad juvenil, es decir, la de aquellos años mozos cuando no se sabe nada o se sabe muy poco de lo que pasa alrededor del sexo de cada quien.

En estas historias se aprende que en la vida del joven el sexo permea su acontecer. Sin sexo la vida no es. Por eso es mejor saber que ignorar. Lo que al NEN le pasó, lo que el Nen aprendió por boca del Charrascas, lo que el NEN vivió en manos de sus novias o de las putas le enseñaron, es de lo que trata este libro.

En él se cuentan historias reales dentro de la obra, imaginarias en la vida del autor. O no tan imaginarias como pudieran concebirse. Pero lo cierto es, que a través de ellas, los jóvenes podrán reflexionar su experiencia, y los adultos pensar en eso que el tiempo ya se llevó.

No es el libro consejos de moral sexual ni trata de cómo se usa el condón. Pero sí toca de que si el sexo es algo importante en la vida de cada quien, justo es pensarlo, analizarlo, para luego actuar con mejor luz, que la oscuridad que ciertas prédicas religiosas nos inculcan.

Entremos entonces en materia. El libro contiene doce historias de juventud, narradas en la ciudad de Puerto México, lo que hoy es Coatzacoalcos, allá por los años sesenta, cuando todavía no era una ciudad compleja, y Tuxtla a lo mejor era apenas una ciudad chiquita, con un río más limpio que el de ahora.
Si Puerto México tenía su Marlin Bar, cada ciudad del mundo tenía lugares como esos, donde los jóvenes acudían para perder el tiempo en brazos de alguna mujer, que a cambio de unos pesos, estaba dispuesta a quitarnos un rato la carga de la soledad. Tal vez ahora esas casas ya no tiene ni caso recordarlas, porque ahora los jóvenes pueden coger un celular y pedir un servicio a hotel o domicilio, pero antes no había eso, y los de aquellos tiempos, teníamos que esperar a que dieran las once de la noche para admirar a las mujeres que bailaban en la hora de variedad. Hoy, se puede entrar a un Web con cabina privada para visitar un sitio porno, donde solazar la vista con las mejores partes de las mujeres. Pero tales sitios, en lugar de enseñar aturden y desilusionan, porque en lugar de conocer la realidad, el joven de hoy se esconde de ésta, y virtualiza su relación con la sexualidad. Hasta donde esto motiva, positiva o negativamente, es lo que los investigadores tendrán que explicarnos un día. Para nosotros, la experiencia fue de otro modo. Vivir la sexualidad era primero oír la experiencia de los más grandes, y luego acudir con esos endebles conocimientos a nuestra propia suerte. De esto trata el libro: de narrar la experiencia sexual del NEN y aprender de esa experiencia particular para revivir o recrear las propias.

Este libro, sin embargo, como ya dije, no es enfocar la cuestión sexual desde una prédica moral. Con él persigo otra meta: pensar la vida desde el problema de la sexualidad, imaginar que lo que le ocurrió al personaje central, le puede ocurrir al lector más despistado o el más inteligente, y entonces, aguas hay que echarnos para no embrocarnos a lo menso. Pero tampoco este llamado debe ser una traba, crear un temor implícito en el joven, sino más bien que la sexualidad cuando le toque vivirla al que sigue, sea en la vida de cada quien, un acontecimiento que haya que celebrar y no que lamentar. Voy, pues, a leer algunos pasajes de este libro. Paren orejas, aviven la imaginación, inventen y gocen este libro, que fue hecho para que los jóvenes piensen que la vida tiene secretos y la tarea es encontrarlos para saber vivir.


Tuxtla Gutiérrez, Chis 30 de noviembre del año 2006.




miércoles, 30 de marzo de 2011

RESEÑA

El segundo círculo del infierno[1].
Carlos Alemán[2].(+)





Con la atractiva perversidad de lo oculto de pronto revelado, la pregunta que subyace bajos las interrogaciones del niño y el amante; porque “…la sua passione predominante é la giovinne principiante…” ahí están los espionajes infantiles, las situaciones con un amplio espectro de significados, y el elemento fundamental, la iniciación por el cuento y la palabra que se vuelve mágica, a causa de su requisito excitante, ahí tenemos el nacimiento de Venus; Adso se encuentra con la muchacha hermosa y terrible como un ejército dispuesto para combatir, donde ni Gulliver ni Bocaccio ni Scherezada se ahorran detalles; asistimos a los cuentos droláticos ante grabados de Utamaro y el Nen, personaje de Éramos muchachos, es conducido por la voz del Charrascas a la alegre ronda de las prostitutas.

Los juegos, el suspiro, la sorpresa, suceden en este libro, que es carrusel orgiástico del beso robado y la carta del amante, de Eros y Psiquis, de infantiles diversiones en el mundo feliz y sus columpios, donde el elemento lúdico se desplaza de las compañeras, como sujetos activos, para transformarse en campo de exploraciones corporales, deliciosas en hallazgos, que conducen a fijaciones y recuerdos sin final; las no tocadas caderas jamás se olvidan, si Petrarca hubiese tenido a Laura no la habría cantado, el negado placer se multiplica, Apolo a Dafne persigue, porque ella se niega; las escondidas, el nerviosismo, las caricias, tan no se olvidan que todavía generan resultados literarios palpables, ese es uno, de todos los encuentros del libro Éramos muchachos.

Pero sin duda, instante tan memorable, es en el cual se funden ángeles de carne a demonios de sentimiento, punto en el que creo estamos todos de acuerdo; si no, que se lo pregunten a Bety, personaje eje del texto, o a Venus en compañía de Marte, o seduciendo a Adonis en su torrente de impresiones imborrables y música. Entonces,  se redimen las búsquedas de errantes holandeses, de camareras y jóvenes que mueren de vida, de novias comprometidas  a casarse por motivos ajenos a su voluntad, y de hombres tristes.

Llegamos a la estación del pervertido y sus niñas con música del Gurrelieder, se presentan Balthus y sus modelos, Lot y sus hijas asoman al Ostrakon de la bailarina con los huevos rotos de la Celestina, es la pareja que bebe, Humbert Humbert con el cántaro en pedazos hasta los excesos que provocan la repulsión, Eneas y Ulises no escaparían, si Dido y Calipso no insistieran tanto en atraparlos.

Y ni que decir del Gallo, personaje del cuento titulado La del estribo, con el triunfo de Baco, ahí escuchamos al primero y segundo movimiento del otoño, Turiddu brinda en esta carrera del laberinto y la realización del goce, triunfa sobre todo freno, siendo que la mayor parte de los actos incestuosos y de los delitos homosexuales se cometen bajo la acción del alcohol.

Digno contrapunto, de todo este conjunto narrativo realizado por Samuel Pérez García lo constituye el capítulo dedicado a la Peri, aquella de un partido carmíneo; ella es la Salomé que danza ante Herodes, es la triunfante Judith, la Mussetta segura de su sensualidad y poder, es la italiana en Argel, la Dalila tremenda, Carmen, Mesalina, Filis, la Julieta de Sade, la flagelada y la bacante, en la que existe ese “componente homosexual” tan pronunciado que exige la necesidad de someter, con el miedo –que es la secreta fantasía- de ser sometido y que termina en el sueño y el sofá con la ópera de Charles Gounod referida a una célebre poetisa griega.

Y el pozo narrativo sigue manando, ahora se encamina a Ese sábado de sol intenso, donde todas las obligaciones provocan reacciones contrarias, Emma Bovary se abraza al amante y la mandrágora es sostenida por Lady Chaterley, mientras Joyce hace de Penélope seguidora de la corte del amor, la regenta visita el templo con la procreación a cuestas, escuchando la hora española de Francesca da Rimini, los resultados llevan siempre inevitablemente al placer, que es reverso de la tragedia en este espejo literario del deseo bajo los olmos.

Después desfilan, evocadoramente, frente a nosotros en el cuento de La última oportunidad Violetta Valéry, Thais, la Magdalena con su tarro de perfume, el embarque para la isla de Citera del sátiro y la ninfa, Naná, Olimpia o Paulina Bonaparte, ellas nos llevan a la orgía sin final, de esos jardines del amor hechos con delicias y conciertos campestres, de la casa disoluta, del vas de Mephisto a todos los brindis y las bacanales.

Finito al fin, el texto concluye con la historia de la juventud en una narrativa que da título al libro, Éramos muchachos, en una amalgama de situaciones donde lo mismo tenemos a Tarquino y Lucrecia que a Narciso, igual a Scarpia que al duque de Mantua, vamos al Paradiso con Antinoo, tenemos a la campesina, a Laurencia y al comendador, con su canto al cuerpo eléctrico y ese péndulo de los sentimientos que oscila de un extremo a otro en el que no hay amor sin odio, porque todo amor exagerado puede llevar al odio extremado si es empujado al límite, para caer en la culpa y en la obsesión.

He aquí, entonces, este trabajo literario palpitante y lleno de situaciones de vida que se narran a flor de sangre y a fuerza de memoria bajo fuego; su signo mayor, sin duda, es esa propensión total a la ausencia de las moralinas anémicas; hay palabras de fuerza y sudor, de sangre y lágrimas. Es un documento para disfrutarse y revivir instantes, cuando no para proyectarlos en esa deliciosa disolución de límites, esto es, saltar las vallas, ser libres, pecar de incontinencia, lo que se paga en el segundo círculo del infierno, al que en espíritu este texto pertenece.


[1] Palabras leídas durante la presentación del libro Éramos muchachos, celebrado el 30 de mayo del 2006, en la Casa de Cultura de Coatzacoalcos.
[2] El autor murió el 19 de agosto del 2010.

martes, 29 de marzo de 2011

REVELACIONES

Una estrella más de Samuel Pérez

Margarito Escudero Luis.



Contar historias no es una tarea fácil. Todos los individuos traen sobre sí, una historia que se va almacenando con el paso de lo años, pero ahí se quedará, si no encuentra las palabras adecuadas y la forma exacta, para que los demás se interesen en lo que tenga que decir.
Así es. La forma como se cuenta una historia es determinante.
Quienes se dedican a contar historias, siempre observan a las personas que escucharán o leerán el relato, así se puede dirigir a adultos, niños, grupos, mujeres; en fin, para cada sector debe haber una forma de contarla.
Por eso no me sorprende, que Samuel Pérez García ponga ante el público un nuevo libro. Lo sorprendente, es que ahora se dirige a un público especial.
Samuel Pérez ha escrito muchos libros, porque para eso nació, solo, con el apoyo de unos cuantos amigos, va imprimiendo y presentando su obra.
Ha escrito desde novelas, cuento, poesía y hasta textos académicos; ahora, irrumpe en la realización de cuentos para niños.
Así es. La nueva edición de Samuel Pérez se titula SI UN DÍA LAS ESTRELLAS SE APAGARAN, donde nos ofrece nueve cuentos dedicados a los niños, o eso es lo que pretende el escritor, pero al leer cada uno de ellos, me parece que Samuel hurga entre la mente infantil, intenta sacar su propio niño, y obtiene estos textos, que son cuentos de niños para que lean los adultos.
Es enfrentarse con las difíciles preguntas, que hacen los niños a los padres, es la postura de un padre enseñando a sus hijos.
¿Por qué brillan las estrellas?, pregunta la niña y, como buen padre, se sale por la tangente respondiendo: -Dios así los dispuso-
Pero la niña ya trae una respuesta de la escuela, más real, más científica.
Ese es el encuentro de los padres con los hijos pequeños, preguntas y más preguntas, que más vale conocer la respuesta o te apabullan.
Y es que, en el mundo de los niños, las cosas no son igual como las vemos los adultos. Aquella niña que cuestiona al papá, sobre qué pasaría si se apagaran las estrellas, no se refería a las estrellas del cielo, no. Para eso tiene la respuesta del maestro.
Ella se refiere a las estrellas que ve en los ojos del padre, quien, molesto le dice que lo deje leer su diario.
Es un llamado de atención muy claro, para que no dejemos a nuestros niños con la palabra en la boca.
Y ese es sólo el primer texto de este nuevo libro de Samuel Pérez, una hermosa presentación en color con una sorpresa adicional.
Siria Yared
Cada cuento, de SI UN DÍA LAS ESTRELLAS SE APAGARAN, viene con una ilustración realizada por una niña de diez años de edad. Se trata de Siria Yared Pérez Matus, hija de Samuel, que se incorpora al mundo donde se mueve su padre. Nena que en los últimos días, se le ha visto acompañando al adusto escritor, por las calles de Coatzacoalcos y en los cafés que frecuenta.
Siria es protagonista de alguno de los cuentos; es sin duda la musa inspiradora de este libro, es la luz que fuerza al escritor a volver la vista al mundo de los niños.
El profesor, la mascota, las hormigas, las estrellas, los abuelos; todo ese mundo que nos rodea todos los días y que, muchas veces, pasamos sin ver, pero que los niños llevan más presente que nadie, pues observan meticulosamente el mundo, que a cada rato están descubriendo.
SI UN DÍA LAS ESTRELLAS SE APAGARAN, se presentará al público, el próximo 30 de marzo, en la Casa de la Cultura de Coatzacoalcos, seguramente dejará un grato sabor de boca entre quienes se den la oportunidad de leerlo y conocer a la pequeña Siria Yared.
Ahí, el lector podrá enterarse del contenido completo del libro, y comparar las apreciaciones que aquí se hacen y elabora las propias.
Y es que varios textos son tan profundos que merecen un análisis especial, como el cuento titulado “De Perros, Iguanas y Culebras”, donde hay castigos divinos y una remembranza de algún lugar del Istmo Oaxaqueño, así como menciones a los guisos, que pueden hacerse con las iguanas, el cuidado necesario para cazarlas y el respeto a los animales, pues “el Señor se puede molestar por andar cazando a sus animalitos”.
 Y es a través de los animales, como Samuel aprovecha para ir contando estas historias, que terminan con una enseñanza, como deben ser los cuentos. Enseñanza, que puede ser interpretada de diferentes ángulos y que, seguramente los niños sabrán aplicarla y llevar el mensaje a los adultos.
Samuel Pérez García es, quizá, el escritor del sur de Veracruz que más ha publicado, con impresiones finas y con mucho esfuerzo.
Y ha intentado incursionar en todas las facetas de la escritura con mucho éxito. Ya es tiempo de un reconocimiento.
Comentarios: mexmel@gmail.com

miércoles, 23 de marzo de 2011

Elizabeth Taylor

PARA ELIZABETH TAYLOR, IN MEMORIAM

EL SUEÑO DE AMBROSIO RUMBAL.

Samuel Pérez García


1

Obligado por la alarma del despertador, el hombre todavía con sueño, abrió los ojos. Al lado, miró dormida a su esposa Mariana.

–Levántate –ordenó.

–Tengo mucho sueño, dijo ella.

Mientras él se desperezaba un poco, Mariana volvió a dormirse y empezó a soñarse en un parque de laureles frondosos. Se sentó bajo uno de esos árboles, y se dispuso a leer el libro de cuentos, que traía en su bolsa. Así iniciaba su relato.



2

La primera vez que Ambrosio Rumbal fue al cine lo hizo un domingo que exhibían Cleopatra, una película donde la actriz principal era Elizabeth Taylor, de quien Ambrosio Rumbal se quedó para siempre prendido, a tal grado de decir a viva voz, que mujer como ella no había otra en el mundo. Contaba que le hubiera gustado ser Marco Antonio o Julio César, para tener de amante a Cleopatra, es decir, a Elizabeth Taylor. Sería bonito dormir al lado de esa mujer de ojos color violeta y pobladas cejas –decía en voz alta, al concluir de contar la película que fuera.

Ambrosio Rumbal nunca olvidó el nombre de Cleopatra, y contaba la cinta como si estuviera leyendo el libreto. Sus descripciones eran tan exactas, que quien lo escuchaba no oía, sino miraba. Ambrosio Rumbal vio y gozó todas las películas de la actriz norteamericana, por lo menos todas aquellas exhibidas en el cine Auditorio, cuando todavía existía.

Esa habilidad nata, que para contar tenía Ambrosio Rumbal, hizo que todos los muchachos y los niños del barrio lo escucharan atentos, al narrar la trama de cada cinta. Ya de adulto, sin trabajo de por medio, Ambrosio Rumbal se iba a las cantinas y empezaba a narrar sus películas, a cambio recibía de los borrachos unas monedas. Las contaba como si la estuviera viendo en la pantalla, y hasta suspiraba de vez en vez, por la única mujer con quien declaraba que le hubiera gustado acostarse en aquellos sesenta del siglo pasado.

De cómo se hizo cinéfilo, es algo que Ambrosio Rumbal cuenta sin tantas vueltas, como lo hace con las películas. Tenía catorce años, cuando fue por primera vez al cine con un amigo de aquella infancia. No entraron por la taquilla, sino por la parte de atrás, pues por ese lado, el viejo cine tenía una puerta de salida y que, muchas veces, por descuido quedaba solamente emparejada. Cuando ingresaron a la sala, la película ya había comenzado.

En la completa oscuridad del recinto, Ambrosio Rumbal mira por vez primera los ojos felinos, color violeta, de la mujer sentada en el trono. Dos esclavos negros, la soplan con unos abanicos enormes. Todo en ella es belleza. Sus ojos grandes, su boca roja, bien delineada, la voz melódica que le nace cuando ordena. La cámara enfoca ahora una batalla. Sobre una colina hay un ejército, que baja en tropel, donde otros esperan con los arcos tensados. Ambrosio Rumbal supone que la guerra es por la mujer guapa, que abanican los esclavos negros.

En el cine, la vida ocurre como en silencio, en la completa oscuridad, desde donde Ambrosio Rumbal imagina que la mujer que está en la bañera, con dos esclavas frotándole la blanca espalda, sería el tipo de mujer con la cual a él le gustaría acostarse, un día en su vida. Mira los labios carnosos, el perfil bien labrado de la cara, las cejas espejas, negrísimas sobre el color violeta de los ojos. Nadie como ella –piensa Ambrosio Rumbal- mientras se deja llevar por las imágenes, donde el fornido general se bate a muerte, sin perder equilibrio y control del caballo. Un mandoble aquí. Otro allá, así se va quitando de encima a sus enemigos.

La cinta sigue corriendo. Ambrosio Rumbal se entera de que la guapa mujer se llama Cleopatra, y que es reina de Egipto. Ella se adorna la cabeza con una corona, que tiene incrustaciones de diamantes. Una túnica amarilla, larga, fileteada de oro, cubre su cuerpo. Mientras Ambrosio Rumbal la disfruta con arrobo, un mensajero entra al aposento, le entrega a la mujer un mensaje. Ante el escrito, la luz magenta de sus ojos pierde brillo, se agrisan. Casi grita que no puede ser posible, que Marco Antonio haya muerto, es decir, el general que hace rato, Ambrosio Rumbal veía pelear bravamente.

Sus ojos denotan un profundo desconsuelo Pide que la dejen sola y se tira sobre la cama. Mientras lo hace, un ejército se repliega y huye; otro atiza la persecución. Ondea la bandera romana.

En Palacio, Cleopatra llora. Ordena a una de sus esclavas.

–Trae la cesta –indica.

La muchacha obedece. Le lleva una cesta, de donde asoma una culebra que chasquea la lengua. Cleopatra se acuesta, por entre la túnica amarilla, deja asomar una pierna blanca. Los ojos de Ambrosio Rumbal ven a la culebra deslizarse por la cama. Sube por una pierna, recorre el cuerpo inerme de la mujer. Ahora, saca la lengua frente al rostro lloroso, triste de Cleopatra. En tanto, el general hace una entrada triunfal en la ciudad. Los vítores del pueblo congregado, saludan a Marco Antonio. Frente al palacio se apea del caballo. Sube aprisa los peldaños de los amplios escalones de piedra labrada. Abre la puerta. Una mujer, sobre la cama, parece dormir. Una culebra en fuga, es lo que la cámara registra.

–“Que mala suerte de hombre”, -pensó en aquella ocasión Ambrosio Rumbal, cuando miraba al General arrodillado, lloroso, junto al cuerpo inerme de Cleopatra. Desde esa vez, él se imaginó que por esa mujer bien valía una guerra, y todas las suertes que el destino impusiera, que por esa, sí valía la pena todo sacrificio, con el fin de tener un cuerpo como ese, hecho a la medida de sus manos grandes, unos pechos suaves y tibios hechos para su boca de lumbre, un par de ojos violetas para toda la ternura de su alma.

Así fue como desde ese domingo de infancia, Ambrosio Rumbal empezó a crearse otro sueño: la de acostarse con la actriz de ojos violetas y cuerpo sensual. La de repetirse todos los días de su vida, que su sueño de siempre, sería acostarse, un día, con esa artista llamada Elizabeth Taylor.



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Cuando concluyó de leer el cuento, Mariana se quedó pensando en Ambrosio Rumbal y su deseo por la actriz. Ella también había tenido una obsesión similar, pero había sido con Rock Hudson, de quien se había prendido, desde que lo viera actuar en Gigante. Pero se ubicó en la realidad y se casó. Pero con Ambrosio Rumbal, no había sido así. Él –pese a los años- seguía con ese sueño de acostarse alguna vez con Elizabeth Taylor. Y lo decía con tanta devoción, que Mariana se había convencido, que ese hombre, en verdad, amaba a la actriz. Pensó la hora. Le quedaban escasos minutos para levantarse y dejar la cama. Cuando casi abría los ojos, entreveró que Ambrosio Rumbal estaba a su lado, y le decía si le contaba reflejos en tus ojos dorados o la gata en el tejado de zinc. Pero no. Había sido una visión, producto del cuento leído en el sueño. El que estaba ahí era su marido, que se había vuelto a dormir.



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–Un coyotito más –dijo el hombre y se acomodó sobre la almohada. En cuestión de segundos, un profundo sueño lo envolvió. Y empezó a soñar que estaba en la mesa de una cantina, conviviendo con otros parroquianos, y que entre sorbo y sorbo de cerveza, contaba una película de Elizabeth Taylor, en cuya historia hay una escena, donde ella le muestra los senos redondos, tibios, blancos y firmes, pero no es Richard Burton el actor principal, sino él mismo, es decir, Ambrosio Rumbal, arriba de una Mariana que, confundida por el sueño, piensa, que no es su marido quien le empuja el falo ardiente, sino Rock Hudson, de quien dicen que es maricón, pero que a ella no le interesa, si lo puede sentir, aunque sea por una sola ocasión.